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Música Clásica
por Roberto Neuburger
¿Distanciamientos para reflexionar... o para alejarse?
Luigi Dallapiccola: "Il Prigioniero", ópera en un acto
Director de orquesta: Bruno D'Astoli
Director de escena: Marcelo Perusso
Intérpretes: Marcelo Lombardero, Adriana Mastrangelo, Carlos Bengolea

Gerardo Gandini y Alejandro Tantanián, "Liederkreis" (una ópera sobre Schumann)
Director de orquesta: Gerardo Gandini
Director de escena: Rubén Szuchmacher
Intérpretes: Héctor Guedes/Luciano Garay, Graciela Oddone, Haydée Schvartz, Susanna Moncayo, Gustavo Gibert, Virginia Correa Dupuy, Omar Carrión, Eduardo Ayas.
Teatro Colón, 26-12-00 (ensayo general abierto) y 3-12-00
 
Sin duda, fue una idea excelente incluir 'Il Prigioniero" -una obra maestra única, llena de compromiso e inspiración en partes iguales- en el programa del Colón. Y también designar a Marcelo Lombardero, una de las figuras más relevantes que produjo este Teatro en los últimos años, como protagonista. El joven barítono, notable cantante y excepcional actor, escribió una página histórica: como en los tiempos de Matiello, Mastromei o Cossutta, una entrega absoluta se une a una inteligencia interpretativa que rompe todos los moldes. De Matiello a Lombardero, sin embargo, media el cambio que hay - por ejemplo - de un Olivier a un Branagh: no se pierde refinamiento, pero se ha añadido un empuje de vehemencia y garra muy característico de nuestros tiempos. Digamos, un Martín Palermo de la ópera.

Para tal altura en la transmisión, hubiera debido contarse con una puesta en escena corrosiva, que nos acercara la obra y la situara en referencia a nuestro pasado reciente (como hizo el mismo Lombardero - otra muestra de su lucidez - en una entrevista al diario Página12). La historia de un prisionero torturado hasta lo indecible, al que se lo somete aún a la peor de las torturas - la esperanza - y en la que participa un sacerdote de la Jerarquía como principal ejecutor, ¿cómo no nos va a tocar de cerca? Lamentablemente, no fue el caso, y la oportunidad se perdió. El régisseur Marcelo Perusso repitió gestos de la ópera tradicional: innecesarios "figurantes", clásico recurso del director que no cree en las palabras o en la música y necesita "rellenar" un supuesto vacío, con lo que no hace sino volverlo más evidente; proyecciones de cuadros barrocos, que sólo añaden kitsch en forma totalmente gratuita; frailes ancianos que tiemblan apoyados en bastones, etc. Es inútil repetir en nuestros días la autocensura que precisó Dallapiccola en su época, amenazado como estaba por el fascismo italiano: hoy, situar la acción en la España de Felipe II no hace sino adulterar la obra, des-politizarla, cuando la misma pide a gritos una versión politizada y combativa. Más aún, cuando intérpretes de la talla de Lombardero, Mastrángelo o Bengolea se juegan el todo por el todo.

La gran pregunta, acaso errónea, antes de que el telón se alzara sobre la nueva ópera de Gandini, era, por supuesto, si el golpe maestro de "La Ciudad Ausente" volvería a darse. Pero las reglas de juego son otras para "Liederkreis": el músico ha preferido seguir otra dirección en lugar de profundizar la senda ya recorrida.

Es evidente el propósito de no transitar los caminos habituales de la ópera, con su acción y desarrollo con frecuencia lineales. En este contexto, no faltan exponentes del género "meditativo", en el que se prescinde casi por completo de una narrativa, para dar expresión única a la interioridad de los personajes: en épocas recientes, lo han intentado Messiaen o Saariaho. Pero hay antecedentes mucho más lejanos, que tal vez deberían ser, en parte, aleccionadores: en la época de Schubert, las teorías de Ignaz von Mosel prescribían una inactividad o lentitud en la progresión dramática. Y el resultado fue que el músico, que se obstinó en seguir dichas ideas, derrochó música de primera calidad en óperas que pasaron al olvido, y que sólo en manos de cantantes o directores de escena muy excepcionales pueden aspirar a un revival efímero.

Por otra parte, en "Ciudad" no solamente los personajes evolucionaban (por supuesto que de modo ni lineal ni diacrónico) sino que el texto se desarrollaba en direcciones múltiples, que tocaban nuestra historia o cotidianeidad.

En el caso de "Liederkreis", la dirección es centrípeta, y resulta de la convergencia de una larga preocupación personal de Gandini por la figura y la música de Schumann, y de la de Tantanián por las oscuras profundidades del alma alemana (como antes lo demostrara en sus textos para la escena sobre Hölderlin o Kleist). "Mi mundo privado", como tituló su crónica Federico Monjeau. El problema es, entonces, compartir o no dicho planeta.

De un músico como Gandini no cabe esperar sino inteligencia, refinamiento, sensibilidad. El trabajo incesante sobre las notas del "Carnaval" (mi bemol -do-si- la-sol sostenido) retorna en forma cíclica, como indica el título de la obra. El interés musical no decae y las partes vocales (con excepción de la soprano, a veces algo exigida) son plenamente cantables. En "Ciudad", los personajes tenían plena consistencia en su diferenciación individual; en "Liederkreis", asistimos a un único monólogo interior repartido entre varios cantantes, que carecen de trazos distintivos y cuyos nombres no recordaremos. La cuestión abierta es si el producto tiene vida escénica. Pese a la excepcional puesta de Rubén Szuchmacher, de imágenes bellísimas (los árboles encerrados en cajas luminosas) y austeridad que es siempre riqueza (¡hecho tan infrecuente en el Colón!), pese al desempeño heroico de los cantantes (en el ensayo general, el rol protagónico fue cubierto por otro joven supertalento, Luciano Garay, ¿o sea, Riquelme?), a veces hay "vacíos" escénicos inocultables en los que la atención vacila, y el que no está dispuesto a identificarse con la propuesta se queda, lisa y llanamente, afuera. Desde luego, frente a tanta banalidad insoportable que un teatro de ópera suele presentar, "Liederkreis", con sus sostenidos y bemoles, no deja de ser una excelente alternativa.
 
 
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2001, El Muro Cultural