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Música Clásica
por Roberto Neuburger
Edipo en La Plata
"El Mandarín Maravilloso", pantomima de Béla Bartók y Melchior Lengyel;
"Edipo Rey", ópera-oratorio de Igor Stravinsky, Jean Cocteau y Jean Danielou
Intérpretes: Stefan Lano (director de orquesta) Roberto Galván (coreógrafo)
Pedro Pablo García Caffi (director de escena) Javier Abeledo (Mandarín), Leticia Latrónico (Prostituta) Udo Holdorf (Edipo), Florence Quivar (Yocasta), Stephen Owen (Creonte, Mensajero) Gui Gallardo (Narrador)
Teatro Argentino de La Plata, 2-12-2000
 
Recuerdo aún con frescura los tiempos de la infancia en que mis padres emprendían la peregrinación dominguera al Teatro Argentino de La Plata, ya para ver "La Flauta Mágica" o "Haensel y Gretel". La belleza de la función correspondía al bellísimo teatro "a la italiana", ottocentesco. El sueño tuvo un abrupto final con el incendio de 1979, y la decisión muy militar del gobierno militar, de remover lo remanente hasta los cimientos, cuando había muchos que sostenían la posibilidad de una reconstrucción. El proyecto militar y faraónico de un teatro nuevo sólo se completó en fecha reciente: un monstruo de cemento en su exterior, cuya apariencia de Prisión Estatal de Máxima Seguridad se adecua a la perfección con la estética militar. Por dentro, sin embargo, es un cuento de Las Mil y Una Noches (tal vez más adecuado, como señaló Monjeau, para un país petrolero que para uno en crisis): un lujo espectacular, una sala bellísima y con capacidad para 2.200 personas (menos 300: parece que el proyecto militar no fue sometido a pericias, por lo que el número mencionado corresponde a butacas desde las que el escenario no es visible). Y una acústica maravillosa. Si la programación continúa siendo tan inteligente como la del presente año, es evidente que su proyección amplía nuestro horizonte cultural de manera excelente.¿Qué hemos hecho nosotros para merecer esto?)

Por de pronto, la sola idea de hacer que Stefan Lano dirija ópera es una excelente muestra de inteligencia. En la historia de la música en Argentina, rara vez se ha dado el caso de un director que siempre, cualquiera sea la orquesta que dirija, le imprime un sonido que nada tiene que envidiarle a las mejores del mundo.
Para la época de Béla Bartók, la música de ballet hace tiempo que había dejado de ser un pretexto insustancial y descartable. Por otra parte, el genio húngaro no podía producir otra cosa que obras maestras. Los compases iniciales de "El Mandarín Maravilloso" son un emblema del "modernismo" con su motor incesante que lo acerca a las ideas del "futurismo" evocador de las máquinas, pero lo transmuta en esencia musical propiamente dicha. La escena del asesinato del Mandarín presenta una fuga cuyo tema, en el más agresivo estilo "allegro barbaro", conserva toda su fuerza sorpresiva y feroz.

"El Mandarín Maravilloso", también evoca, en su paso por Argentina, a otro gobierno militar (anterior): la brillante coreografía de Oscar Araiz, de 1970, presentada en el Colón, fue inmediatamente retirada de cartel por obscena.

La que se realiza en La Plata, de Roberto Galván, realiza sutiles variaciones con respecto a la trama original de Melchyor Lengyel (que Aráiz seguía estrictamente) potenciando ciertos aspectos de violencia y espectacularidad (el Mandarín aparece en un Cadillac amarillo, las prostitutas mascan chicle) e incluye, en el final, un grupo de elegantes invitados que avanzan en cámara lenta hasta acercarse, gélidos y sin conmoverse, al Mandarín que yace en el piso.

Galván contó, además, con un Mandarín (Javier Abeledo) con toda la sensualidad y el hieratismo, y una bellísima escenografía de Edgar de Santo (con alguna reminiscencia, otra vez transmutada con el "glitter" de los noventas, de la austeridad de un Isamu Noguchi). ¡Y, sobre todo, con la orquesta del Teatro Argentino dirigida por Lano!

Para "Edipo Rey" de Stravinsky, el director de escena Pedro Pablo García Caffi se atuvo tal vez demasiado estrictamente al hierático esquema original de Jean Cocteau (pero sin las máscaras). Ha habido intentos, en los últimos tiempos, de "abrir" la obra, como la extraordinariamente original puesta japonesa de Julie Taymor (tal vez irrepetible). Sin embargo, la alegría de volver a ver la obra (desde 1964 no se daba en Buenos Aires en versión escénica) y el contínuo movimiento de la música (el ecelente coro, y nuevamente la orquesta) alejan cualquier peligro de estatismo. La obra tiene maravillosos "guiños" referidos a la historia musical: el aria inicial de Edipo es una reverencia a Haendel, el recitativo y aria de Yocasta, con su "cabaletta" que empalma con el dúo con Edipo, son alusiones claras a Verdi, y el relato del Mensajero una evidente parodia de Mussorgsky.

No todos los solistas tuvieron un desempeño parejo: Udo Holdorf es un típico "Charaktertenor" alemán, muy alejado de la sutileza de un Pears o un Simoneau, por lo que los pasajes de coloratura aparecieron invariablemente borroneados. En cambio, impresionó muy bien el barítono Stephen Owen, quien sobrevivió heroicamente a la orquestación con requinto y flautín (parece que los extremos agudos en las maderas coinciden en sus formantes con los de la voz humana, por lo que pueden "cubrir" a colosos: un posible error -o índice de sadismo- stravinskiano).

Conclusión 1: ¡nuevamente, se puede emprender el viaje iniciático a La Plata! (además, ¡el Teatro pone a disposición una flota especial de ómnibus que lleva y trae cómodamente a los melómanos proteños!)
Conclusión 2 (ya lo dije antes, y lo digo otra vez): ¡Lano no te vayas, Lano volvé!
 
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