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Música Clásica
por Roberto Neuburger
Sul cominciare, sul finire.
Sul cominciare, sul finire, Coreografía de Diana Theocharidis sobre ideas de Italo Calvino, música de Beethoven y Martín Matalón.
Intérpretes: Soledad Alfaro, Alejandro Dambrosio, Cecilia Gómez, Leonardo Haedo, Sonia Nocera, Gabriela Núñez (bailarines); Pablo Rutkus (artista de circo) Haydée Schvartz, Martín Pavlovsky, Nicolás di Lorenzo, Leandro Mulatero (pianistas)
Teatro Colón (Centro de Experimentación), 18-11-2000
 
Dos pianistas atacan una versión a cuatro manos de la Gran Fuga de Beethoven mientras que un grupo de bailarines exasperados se mueven, se arreglan pelo, dientes y labios. Pronto, de todas partes surgen expresiones de agotamiento: un no aguanto más se traslada de boca en boca. Los papeles se intercambian, desafiando las convenciones: los pianistas -a los que su tarea produce náuseas- bailan y hablan, los bailarines cantan o se acercan al piano. Los intentos de acercamiento entre unos y otros se interrumpen, tropiezan, fracasan. El reverso de la escena sale a la luz como confidencia o confesión: la honorable sala dedicada a las musas se usa, cuando no hay público, para placeres poco dignos. Tampoco la pianista, indudable conductora de la secuencia musical, es capaz de terminarla: sale elegantemente vestida, escoltada por dos bailarines que se la disputan.

Una segunda parte, más oscura, presenta a un lanzador de cuchillos acosando a una bailarina que se le interpone una y otra vez. Lo hará luego nuevamente, desde las alturas de un trapecio. Oscuras, mecánicas, se mueven todas en un ritual incierto. El artista de circo desaparece fumando tranquilamente sobre la cuerda floja.

En el mismo sitio (según uno de los pianistas, diseñado por el arquitecto Gandini) se han visto experiencias que presentan la cotidianeidad de la violencia de modo más convincente que la segunda parte del espectáculo de Diana Theocharidis (por ejemplo, la labor del Periférico de Objetos). Tampoco contribuye al mismo la reducción de presupuesto que determina que la música de Matalón se escuche en cinta grabada. Los mayores aciertos, sin embargo, se hallan en el humor de la primera parte. Además del compromiso de los bailarines y acróbatas, ésta se sostiene por el excelente y versátil desempeño de Martín Pavlovsky, que encuentra terreno muy apropiado para sus múltiples talentos.
 
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