|
|
|
|
|
Música
Clásica |
 |
| por
Roberto Neuburger |
|
| Los
videos de Peter Sellars |
| elmurocultural
|
| Hace todo
como si sucediera en Estados Unidos y ahora.
¿Un
mistificador? ¿Un sensacionalista ultrasimplificador,
un ingenuo incoercible? ¿Una mera traslación
temporoespacial, que no toca el fondo del asunto ni modifica
la relación con el espectador, dejándola en
un nivel culinario? ¿Un enamorado de la cultura norteamericana,
que pretende su expansión imperialista en terrenos
tradicionales y sacrosantos en los que jamás debería
penetrar?
¿O
bien alguien que nos acerca el habitualmente sacrosanto terreno
de la ópera, aunque con tanto acercamiento se le va
la mano y nos lo estrella en las narices?
Todo esto,
y más aún, aunque sería difícil
decir si es más acá o más allá...
|
| |
|

Dawn
Upshaw como Theodora |
En
Julio César en Egipto, el Presidente de EEUU va
a Medio Oriente para una conferencia de paz. Se hospeda
en el Sheraton, a medio construir por una parte, medio
destruido por ataques terroristas por otra. En el Coro
de Introducción (Viva, viva, il nostro Alcide)
participa también su agente de prensa y seguridad,
quien canta a través de su walkie-talkie. Su discurso
de presentación (el aria Presti omai l'Egizia Terra)
es enunciado con una bella voz de contratenor (la parte
original fue escrita para el castrato Senesino). Junto
a la piscina, Cleopatra (la camaleónica Susan Larson,
con su inefable vis comica), luciendo trencitas afro-rastas
de adornos dorados, le canta a su hermano punk, el malvado
Tolomeo (el contratenor Drew Minter), el aria Non disperar,
chi sa (no te desesperes, quien sabe, si no tienes reino,
tendrás amor en compensación). Pero su hermano,
enfundado en su camperón negro, no la escucha ya
que tiene puestos los auriculares de su walkman, mientras
toma una lata |
|
|
de gaseosa.
Sesto (la muy versátil Lorraine Hunt), el hijo de la
destronada reina Cornelia (la más que robusta mezzosoprano
Mary Westbrook-Geha, de quien extrañamente están
enamorados Tolomeo, su comandante Achilla y el agente de seguridad
de Julio César) jura vengarse de Tolomeo, quien ha
asesinado a su padre Pompeyo, desplegando interminables y
desesperados rituales, que siguen literalmente los textos
o la música de sus arias: así, si en Cara speme,
questo core già comincia a lusinghar Haendel parodia
su propia Brockes-Passion (que se refiere, en el original,
a las gotas de sangre de Cristo), Sesto se corta las venas
de su antebrazo para ver fluir la sangre anticipando la que
desea obtener del odiado regicida. Y en L'aspe offeso mai
riposa se veleno pria non spande extrae el veneno de una serpiente
y lo coloca en un vaso que beberá luego. Durante el
aria de bravura con corno obbligato, Va tacito e nascosto
quando avido è di preda l'astutto cacciator Julio César
se sienta a la mesa de negociaciones con Tolomeo-Yasser Arafat,
y lo pone fuera de sus casillas arrojando sobre la mesa vasos
y marcadores de colores. Cleopatra seduce a César cantando
V'adoro, pupille (acompañada por una orquesta de señoritas)
mientras baja con un guinche de grúa metamorfoseado
en dorada media luna egipcia.
Para exhibir su corazón, que señala en el aria
Belle dee di questo core, voi portate il ciel in volto, Tolomeo
no tiene dificultades, ya que sólo usa un slip y una
toallita al zambullirse en la pileta del Sheraton.
|
| |
|
| Cleopatra
saluda a su flota, que pone a disposición de César
para asegurar su victoria. Se trata de dos acorazados
con hileras de bombitas de luz. De uno de ellos extrae
una bolsa repleta de dólares - mientras canta el
aria triunfal La Tempesta - y del otro, una bolsa de Ayuda
a los Contras (que oculta de inmediato, avergonzada).
La tercer bolsa es de Cocaína: otra vez procura
esconderla con gestos de apuro. Al terminar su aria, sale,
pero regresa a buscar la bolsa de dólares que ha
dejado olvidada. |

Peter
Sellars/ Las bodas de Fígaro, Acto III
(escena de los dobles esponsales) |
|
Don Giovanni
le hace a su criado Leporello, quien - disgustado por la inconducta
de su patrón - se resiste a seguir sirviéndolo,
una oferta que no puede rechazar. En lugar de la tradicional
bolsita de dinero, le ofrece cocaína de buena calidad,
y la comparten sentados en una vereda del Bronx, mientras alternan
sus recitativi secchi con fortepiano y cello (los mellizos Eugene
y Herbert Perry dan un sentido inédito a las escenas
de intercambio de vestimenta e identidad). Donna Anna (Dominique
Labelle) se sacude en el suelo con las coloraturas de su Non
più dir, habiéndose antes inyectado heroína.
Don Ottavio (Carroll Freeman), policía de Nueva York,
pide a los paramédicos Deh, allontanate questo oggetto
di orrore para que éstos retiren, embolsado en una camilla
que introducen en la correspondiente ambulancia, el cuerpo del
Commendatore (James Patterson) (Giovanni lo acaba de matar de
un balazo). Durante la gran festa en casa de Giovanni, éste
hace un strip para refrendar el himno Viva la libertà.
El toque étnico se halla subrayado, ya que Masetto (Elmore
James) es afroamericano y Zerlina (Ai Lan Zhu) , china. Elvira
(Lorraine Hunt) cambia su mini por túnicas de revival,
biblia en mano, para lograr el arrepentimiento del dissoluto;
es inútil, y es menester toda la grey poniendo en escena
un infierno artificial para lograr su espanto y desaparición.
El bel concerto que organiza Leporello para divertir a su señor
en el momento en que già la mensa è preparata
consiste en cassettes que alterna como buen dee-jay. De más
está decir que il piatto saporito no es otra cosa que
un Big Mac, y a la voz de viva il buon vino Giovanni alza un
vaso doble con tapa y sorbete provisto del mismo logo.
Para sus Bodas, Figaro (el notable bajo-barítono Sanford
Sylvan) recibe del Conde de Almaviva (James Maddalena) un lavadero-depósito
que comunica con su elegante penthouse-suite del piso 52 de
la Torre Trump en Manhattan (la Obertura nos pasea por Downtown
New York, cubierta de nieve y adornada para Navidad). Cherubino
(otra vez la inefable Susan Larson) con uniforme y parafernalia
de jugador de hockey, no tiene gran dificultad en esconderse,
apretado entre los sillones y la cama plegadiza. Basilio (Frank
Kelley) filma el casamiento en video, y Barbarina (Lynn Torgove)
transforma el "fandango" en pasos de una sensual lambada.
Così fan tutte aporta una novedad: el subtitulado, que
agrega un sub-texto no menos informativo, ya que no se trata
de una traducción literal, sino que pululan en él
los guiños a otros tantos íconos americanos. Así,
esempio misero d'amor funesto se transforma en "soy un
miserable ejemplo de atracción fatal". Y cuando
los amantes imaginan qué harán con los cento zecchini
de la apuesta con Alfonso (por supuesto, se trata de "cien
verdes" - hundred bucks), si Ferrando propone una bella
serenata far io voglio alla mia Dea el subtitulado nos lo convierte,
secamente, en "Alquilaré una banda". Y e in
onor di Citerea un convito vogl'io far de Guglielmo resulta
"la llevaré a cenar afuera en el Shangri-La".
La camarera del bar Despina's (Sue Ellen Kuzma), quien usa un
práctico exprimidor de plástico para su escurridor,
al acudir como médico disfrazado para socorrer a los
amantes que han ingerido veneno, aparece con la figura de Shirley
McLaine. Y la pietra mesmerica, el ferro con que tiene la man
fornita, es un eficaz reanimador electrónico rotulado
"Duro de matar" (Die Hard). Y como notaio Beccavivi,
se presenta provisto de una computadora con la que imprimirá
el contratto nuziale. Los miembros del coro que alaba la bella
vita militar son, indudablemente, republicanos de derecha (llevan
carteles "amamos a nuestra bandera, es una gran bandera,
quemen el Senado", etc.). Alfonso, a todas luces, ha tenido
algo que ver con Despina, y eso lo induce a apostar por la infidelidad
de las mujeres. Pero donde hubo fuego, cenizas quedan; sin embargo,
es necesario que a los arrumacos añada algo del dinero
de la registradora de Despina's, para convencer a la esbelta
camarera. Guglielmo entona su Donne mie, la fatte a tanti con
un micrófono entre el público y juega con las
cámaras y con los camarógrafos. Sin embargo, entre
risas y pasos de comedia slapstick, rostros silenciosos que
denotan una terrible decepción y un descreído
escepticismo aparecen una y otra vez.Para la moraleja aleccionadora
del final (Fortunato è l'uom chi prende...), los personajes
se reunen, como de costumbre, en fila frente a la rampa, pero
al terminar, Fiodiligi queda dando vueltas vertiginosas y desesperadas,
como un autómata.
Por último, la puesta en escena del oratorio Theodora
de Handel, en Glyndenbourne, nos presenta algunos avances y
otros tantos retrocesos. El escenario despojado, la escenografía
abstracta con enormes botellas polícromas de contornos
expresionistas indican un despojamiento y concentración
en lo esencial, no hallables en las puestas anteriores. Hasta
en el sacrificio final, con la ejecución macabra de los
protagonistas (David Daniels y Dawn Upshaw, ambos presentando
una actuación y una perfección expresiva fuera
de serie, al igual que el estupendo tenor Richard Croft, cuyas
riesgosas secuencias de coloratura son impecables), las referencias
tecnológicas (inyección letal, camillas, monitores)
no desbordan hacia una parodia fechada y perecedera, sino que
siguen siendo elementos conductores de una interioridad legítima.
En cambio en el aria inicial de Valens (Frode Olsen), su caracterización
como Presidente de los Estados Unidos se vuelve un cliché
repetitivo, al que los gestos de comicidad (su recuperación
inmediata de un supuesto paro cardíaco, durante el que
es asistido por paramédicos).
Hace algunos días Sellers escenificó en Nueva
York dos cantatas de Bach ("Mi alma se debate en dolor",
y "Tengo suficiente") con una de sus cantantes favoritas,
la notable mezzo Lorraine Hunt. Nuevamente aparece la parafernalia
que rodea una enfermedad terminal (cama de hospital, tubos,
sondas) con el logro de similares picos expresivos desgarradores,
vehiculizados por una intérprete de excepción.
Un escrito, un discurso de Sellars en Australia, lo presenta
quejándose de la inseguridad social, la violencia en
los colegios, el desempleo y el homelesness sujeto a persecución
por parte de la legalidad instituida, todos subproductos de
desecho del florecimiento y poderío económico
estadounidense. Sin embargo, en su homilía no aclara
la relación de su queja con su trabajo escénico,
ni propone elementos para combatir el mal que denuncia.
Si bien, - como proponíamos al principio - en sus declaraciones
Sellars parece permanecer en un más acá, y su
actividad como realizador a veces corre el riesgo de ser una
mera traslación temporal, coherente pero cerrada en sí
misma, es posible que los efectos que puede llegar a tener aquélla
sobre otros creadores le sobrepase en importancia. Habría,
pues, un más allá indirecto, que indudablemente
pesa con fuerza en el activo de Sellars. Y esto es lo que queríamos
decir y demostrar. |
| |
|
|
|
| |
|