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Turandot,
ópera de Giàcomo Puccini (final de Franco Alfano)
con libreto de Adami-Simoni.
Director de orquesta: Stefan Lano.
Director de escena: reposición, por Elisabeth Bachman,
de la puesta de Lofti Mansouri.
Escenografía de David Hockney, con vestuario de Ian
Falconer (producción de la Ópera de San Francisco/Chicago).
Intérpretes: Cynthia Makris, Martin Thompson, Norah
Ansellem, Erwin Schrott.
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| No pude
ver las representaciones anteriores de Turandot en el viejo
Teatro Argentino (1973), incendiado durante la dictadura militar.
Calculo que el actual Teatro, con medios técnicos más
avanzados, ofrece mayores posibilidades para una 'grand'opéra'.
Pero también su trampa, la fascinación que puede
perder las ideas por el camino dorado del 'gran espectáculo'.
Es lo
que tal vez ha sucedido, en cierta medida. La producción
norteamericana alquilada al Teatro de San Francisco, a medida
de su culinario público, cuenta con el atractivo visual
indudable de los diseños de Hockney, que traducen las
imágenes conocidas de puestas anteriores a un lenguaje
que nos es más cercano, con un refinado - y a la vez
estridente - sentido del color y de las formas. Sin embargo,
dicha traducción mantiene el espacio, los desplazamientos,
los gestos tradicionales: la dirección escénica
no corta, no incide en el texto, no lo abre, no muestra su
reverso, no intenta caminos no transitados ni pretende mostrar
cuál sería la actualidad o la proyección
de la fábula de Gozzi. Sin espesor, las figuras de
la leyenda permanecen acartonadas, cuando no las salva algún
aislado desempeño actoral individual inteligente, destinado
a quedarse allí, sin diferenciación ni desarrollo.
Hay indiscutible belleza de imágenes, pero no hay conceptos.
En ese sentido, el esfuerzo tiene algo de vano; el público
conservador soportará sin irritarse el colorido exótico,
y se dedicará a fijarse cómo cantó fulano
o mengana, sin necesidad de pensar o hacerse preguntas.
Los espíritus
se dividen en el caso de Cynthia Makris. A mí me parece
que su timbre metálico (Monjeau en 'Clarín'
llega a calificarlo, tal vez injustamente, de "gangoso")
es, precisamente, muy apropiado para la "Princesa de
Hielo", y prefiero, de todos modos, una voz interpretativamente
expresiva y con musicalidad inteligente antes que una voz
"bella" (además, por una vez, no es una Turandot
hiper-obesa, sino una atractiva mujer capaz de justificar
lógicamente los afanes amorosos de Calaf). En cambio,
no hay discusión en cuanto a la dirección del
siempre excelente Stefan Lano: la orquesta reluce, chisporrotea,
se vuelve protagonista sin quitar a las voces lo suyo, sin
falso romanticismo ni rallentandi melosos. Con sonido brillante
y preciso, con pasión medida y controlada, pero pasión
al fin.
Conclusión:
la programación del Teatro Argentino es inteligente
y atractiva, pero no se dirige a fomentar un público
diferente, alternativo, para la ópera. De todos modos,
lo que hace, lo hace con brillo y apasionamiento, ¡cualidades
más que suficientes para emprender la peregrinación
a La Plata!
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