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Música Clásica
por Roberto Neuburger
La controversia no se halla donde podrķa estar,
pero vale.
elmurocultural

Turandot, ópera de Giàcomo Puccini (final de Franco Alfano) con libreto de Adami-Simoni.
Director de orquesta: Stefan Lano.
Director de escena: reposición, por Elisabeth Bachman, de la puesta de Lofti Mansouri.
Escenografía de David Hockney, con vestuario de Ian Falconer (producción de la Ópera de San Francisco/Chicago).
Intérpretes: Cynthia Makris, Martin Thompson, Norah Ansellem, Erwin Schrott.

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No pude ver las representaciones anteriores de Turandot en el viejo Teatro Argentino (1973), incendiado durante la dictadura militar. Calculo que el actual Teatro, con medios técnicos más avanzados, ofrece mayores posibilidades para una 'grand'opéra'. Pero también su trampa, la fascinación que puede perder las ideas por el camino dorado del 'gran espectáculo'.

Es lo que tal vez ha sucedido, en cierta medida. La producción norteamericana alquilada al Teatro de San Francisco, a medida de su culinario público, cuenta con el atractivo visual indudable de los diseños de Hockney, que traducen las imágenes conocidas de puestas anteriores a un lenguaje que nos es más cercano, con un refinado - y a la vez estridente - sentido del color y de las formas. Sin embargo, dicha traducción mantiene el espacio, los desplazamientos, los gestos tradicionales: la dirección escénica no corta, no incide en el texto, no lo abre, no muestra su reverso, no intenta caminos no transitados ni pretende mostrar cuál sería la actualidad o la proyección de la fábula de Gozzi. Sin espesor, las figuras de la leyenda permanecen acartonadas, cuando no las salva algún aislado desempeño actoral individual inteligente, destinado a quedarse allí, sin diferenciación ni desarrollo. Hay indiscutible belleza de imágenes, pero no hay conceptos. En ese sentido, el esfuerzo tiene algo de vano; el público conservador soportará sin irritarse el colorido exótico, y se dedicará a fijarse cómo cantó fulano o mengana, sin necesidad de pensar o hacerse preguntas.

Los espíritus se dividen en el caso de Cynthia Makris. A mí me parece que su timbre metálico (Monjeau en 'Clarín' llega a calificarlo, tal vez injustamente, de "gangoso") es, precisamente, muy apropiado para la "Princesa de Hielo", y prefiero, de todos modos, una voz interpretativamente expresiva y con musicalidad inteligente antes que una voz "bella" (además, por una vez, no es una Turandot hiper-obesa, sino una atractiva mujer capaz de justificar lógicamente los afanes amorosos de Calaf). En cambio, no hay discusión en cuanto a la dirección del siempre excelente Stefan Lano: la orquesta reluce, chisporrotea, se vuelve protagonista sin quitar a las voces lo suyo, sin falso romanticismo ni rallentandi melosos. Con sonido brillante y preciso, con pasión medida y controlada, pero pasión al fin.

Conclusión: la programación del Teatro Argentino es inteligente y atractiva, pero no se dirige a fomentar un público diferente, alternativo, para la ópera. De todos modos, lo que hace, lo hace con brillo y apasionamiento, ¡cualidades más que suficientes para emprender la peregrinación a La Plata!

 
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2001, El Muro Cultural