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Música
Clásica |
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Roberto Neuburger |
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2001 (parte I). |
| elmurocultural
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| ¡Bienvenido
Renán! |
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Lady
Macbeth del distrito de Mtsensk. Ópera de Dmitri Shostakovich
con libreto del mismo y Alexander Preys, sobre la novela de
Nicolai Leskov.
Director de orquesta: Mstislav Rostropovich
Director escénico: Sergio Renán
Intérpretes: Svetlana Dobronravova (Katerina Ismailova),
Christopher Ventris (Sergei), Valeri Gilmanov (Boris Timofyeyevich),
Ioiry Komov (Zinovy Borisovich), Lyutsina Kazachenko (Sonyetka)
Fyodor Kutznetsov (Pope) Svilen Raitchev (Sargento de Policía),
Farit Khussainov (Un viejo convicto).
Teatro Colón, 1-4-01
De una
sola vez: si hay alguien que abre el Teatro Colón al
entorno social y artístico, es Sergio Renán.
Por cierto, no de manera estridente o disruptiva, pero firme.
Si bien hubo antecedentes anteriores de experiencias "multimedia"
(la magistral "Mahagonny" de Jaime Kogan) nunca
el recurso técnico había tenido tal protagonismo.
Y sin embargo, el mismo no en tra en colisión con la
teatralidad o musicalidad de la obra de Shostakovich, sino
que comenta, ilustra o rodea. De hecho, un pie se mantiene
arraigado en el ámbito tradicional: Renán no
secciona, abre o incide en el texto, en la direccionalidad
lineal del libreto, en la fijación temporal: mantiene
sus fechas y puntos de referencia. Es el espacio que ha cambiado,
y los puntos de identificación. Así, Rostropovich
(con toda la historia de su relación estrecha con el
compositor y su obra) representa a Shostakovich mismo, conduciendo
la obra desde el centro del escenario, rodeado por la orquesta
que se vuelve visible (y que, obligada a ensayar más
de lo habitual, transmite como muy pocas veces en su historia).
Desde allí irradian los ejes de la acción dramática,
acercándose más de una vez a un concerto scenico,
muy acorde con el interés en la "ópera
meditativa" que muestran los músicos de la posmodernidad.
En el foso orquestal, tan sólo enormes monitores que
permitirán a los cantantes el contacto visual con el
director.
Las proyecciones en el fondo del escenario aparecen como glosas,
escolios del suceder; algunas palabras o intenciones son subrayadas,
otras atenuadas al desplazarse la cámara sobre otros
personajes. Las imágenes pueden revelar aspectos que
no alcanzan a decirse (los fantasmas eróticos de la
protagonista), reforzar insistentemente los que ya se enuncia
(la aparición del espectro de su suegro cruel), o fijarse
en detalles inmóviles (ventanas, campos) que se acercan
y distancian a la vez del expresionismo pictórico
soviético de los veinte. A veces añaden una
perspectiva agregada, como cuando Katerina, sola, entre paredes
carcelarias, anhela el alivio de su cuerpo deseante: los muros
grises desaparecen al irrumpir Sergei. La aparición
del coro de bronces (¡14 trompetas, 14 tubas!) por encima
y alrededor de la orquesta, o a los costados de la platea,
aún cuando descargan sus crescendi circenses de feroz
ironía, no deja de ser abrumadora. Los cantantes (Svetlana
Dobronravova, Christopher Ventris, Valery Gilmanov) - y, no
olvidemos, el coro en el estupendo cuadro final - se pliegan
con entrega total al propósito de ambos directores,
alcanzando puntos de impacto musical, dramático y emocional
a los que rara vez se asiste.
Un momento histórico, un acontecimiento pleno.
Paréntesis:
nadie se ofusque si insertamos dos minúsculas objeciones.
Una: entre las excelentes notas de programa de Julio Palacio,
el olvido, un poco injusto, de la anterior representación
de 1968. Las convenciones de aquellos años hicieron
que se diera la versión censurada tras la purga stalinista,
y en italiano (con Jarmila Rudolfova, Ivo Zidek y Ottakar
Kraus, dirigidos por Vaclav Smetacek). Pero no es motivo suficiente
como para censurar su memoria: recuerdo que, aunque la dirección
escénica era tradicional, ¡de ningún modo
era mala! Dos: tal vez por la proveniencia de otros teatros
(el Real de Madrid, el San Carlo de Nápoles) la puesta
en escena de Renán parece pensada solamente para platea
y palcos: a partir de las galerías más altas,
se ve cada vez menos.
Los que compraron entradas en galería y paraíso
no han de estar muy felices.
Volvamos al presente: como decía la propaganda: caro,
pero el mejor (Se rumorea que la producción costó
un millón y medio, lo que - por cierto - puede parecer
algo dispendioso, en especial en un país del que se
dice que acaso tenga alguna u otra urgencia económica.
Pero antes de que ese monto vaya a parar a los bolsillos de
Cavallo, el FMI y compañía, o quede inmovilizado
en el escritorio de algún burócrata, prefiero
una buena función de ópera).
Los anuncios para la presente temporada contienen, asimismo,
títulos muy auspiciosos. En la sala grande, la primera
realización de "Orfeo" de Monteverdi con
instrumentos de época y el retorno de "La Carrera
del Libertino" de Stravinsky. Y en el "Colón
underground", una de las obras más complejas en
la historia del teatro cantado: "Aventuras y Nuevas Aventuras"
de Ligeti. En un mismo programa, "El Pobre Marinero"
de Milhaud, y "Varieté" de Mauricio Kagel.
Y hacia fin de año, la significativa y necesaria asociación,
en el mismo concierto, de los "Kindertotenlieder"
de Mahler (con Luciano Garay) y "Il canto sospeso"
(El canto interrumpido) sobre textos de prisioneros en campos
de concentración, de Luigi Nono.
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| NEUBURGER |
| ¡"Juventus
Lyrica" por caminos indiscutiblemente maravillosos: tetas
imperdibles! |
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"Les
Mamelles de Tirésias" (Las Tetas de Tiresias),
ópera de Francis Poulenc sobre el drama surrealista
de Guillaume Apollinaire
Directora de orquesta: Susana Frangi
Director de escena: Willy Landín
Intérpretes: Marcelo Lombardero, Marcela Sotelano,
Leonardo Estévez, Sebastián Sorarrain, Iván
Gancedo, Gabriel Centeno, Mario De Salvo Teatro Avenida, 27-5-2001
Un acierto,
un acierto redondo. Primero, por la información usada
con inteligencia, al elegir la obra. No se hizo antes en Buenos
Aires, pese a ser uno de los momentos más inspirados
de la creación teatral y lírica francesa de
su época (la primera redacción del "drama"
es de 1903, y la versión operística, de 1947).
La idea, por lo tanto, es excelente: transitar un repertorio
no conocido aún aquí... y hacerlo en forma brillante.
En primer lugar, porque la delirante puesta en escena de Willy
Landín no pierde de vista en ningún momento
el espíritu surrealista pero lo actualiza en un "comic
strip" desopilante (es posible reconocer - feliz coherencia
- elementos de su trabajo anterior en "Un sueño
olvidado" de Fernando Aure, basado en la historieta "Boogie
el Aceitoso" de Fontanarrosa). Gags y guiños al
espectador se suceden ininterrumpidamente, pero sin ningún
exceso o barroquismo: Landín sabe congeniar sorpresa
y rigor, haciendo que elementos simples produzcan desarrollos
ricos.
En segundo lugar, porque el aspecto musical ha sido cuidado
al detalle. La orquesta bajo la dirección de Susana
Frangi - otra impactante muestra de coherencia: una obra que
acumula ruidosas declaraciones feministas, dirigida por una
mujer - suena maravillosamente, descubriendo el lirismo de
Poulenc en pleno. Y el "casting" muestra la misma
pertinencia. Marcelo Lombardero como 'Director" es un
verdadero lujo: no sólo por su notable presencia escénica,
sino por su fraseo y dicción dignas de un CD. Marcela
Sotelano sortea con brillantez las espinosas dificultades
de su papel (escrito originalmente para la sublime Denise
Duval) consiguiendo momentos a la vez bellísimos y
desopilantes. Otro tanto consiguen Estévez, Centeno,
De Salvo y Gancedo, mientras que habrá que seguir de
cerca el talento de Sorarrain, que ya había llamado
la atención con su excelente "Gato" en 'L'enfant
et les Sortilèges".
El comienzo, con el encorvado tramoyista que ilumina el retrato
del programa con una débil linterna, pone una nota
melancólica sobre la que aparece el mefistofélico
y circense Director del Prólogo. Luego, el cataclismo
de la risa: Teresa como peluquera entre Barbies, cambiando
de sexo (a Tiresias) a toda velocidad. Pero sin necesidad
de soltar al vuelo sus mentadas tetas, ya que la pantalla
del fondo nos muestra otras mucho más famosas para
nosotros: ¡las de Isabel Sarli, en un bello montaje
de fragmentos de sus películas! Uno de los hallazgos
más felices es la bala "en cámara lenta"
que parte del revólver de uno de los duelistas y -
durante todo el gran conjunto con coro, "Monsieur Presto
n'a rien gagné" - ¡avanza hasta terminar
en la boca del otro!
Desde luego, el cuadro de mayor despliegue es el de la partenogénesis
masculina de los 40.050 hijos (fantástico el Hijo Periodista
con la mandíbula dibujada como muñeco de ventrílocuo)
pero el final nos depara, asimismo, otro acierto brillante:
mientras que Armando Bo prodiga a la Diosa del Sexo enamorados
abrazos en la pantalla, todo el coro y los solistas (la Cartomántica
con inmensas manos con las que puede abrazar, cómodamente
y a la vez, a su Marido y al Gendarme) hacen gestos dulcísimos
de aviso de TV, y tiran besitos en el aire a los futuros Niñitos.
Para rodar por el suelo de
la risa.
El público no es tonto: entradas agotadas y aplausos
de pie. ¡Otra vez y más, por favor!
Apéndice:
Reincidencias
Volví por más, a la función de despedida
del 2-6. Pude percibir algunos detalles: cuando el Director
proclama que la obra tiene "agregados" que no integran
el tema principal, una bailarina clásica huye despavorida
- en el fondo del escenario - de un asesino exhibicionista
que la persigue con un cuchillo desenvainado. O bien no huye
tanto: en algunos momentos, parece más bien buscarlo...
Luego, ya herida, tiene buenos motivos para bailar la Muerte
del Cisne, y el Director (mientras pide a los espectadores
que hagan
niños) se lleva el cuerpo.
Ví al elenco del estreno: impagables Eliana Bayón
(Teresa/Tiresias) y Armando Noguera (el marido). Hacen pensar
en lo absurdo de más de una contratación de
carísimos cantantes extranjeros, cuando aquí
de sobra podemos hacerlo. ¡Vivan las Tetas!
Ya lo decía Brecht: "Ópera... pero ¿renovaciones?"
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| Los
Cuentos de Hoffmann. |
Ópera
de Jacques Offenbach con libreto de Jules Barbier
Director de orquesta: Jacques Delacôte
Director de escena: Jérôme Savary
Intérpretes: Neil Shicoff, Alain Fondary, Ricardo Cassinelli,
Alicia
Cecotti, Laura Rizzo, Virginia Tola, Adriana Mastrángelo
Teatro Colón, 14-6-01
La clave
la dio Jérôme Savary en una entrevista publicada
en "Página/12": se reserva la libertad de
aprovechar pequeños espacios que aparecen al margen
de la acción establecida por el libreto original de
cada ópera. Es decir: mantiene el decurso tradicional
y esperado, apartando algunos momentos en que aparecen novedades
imprevistas. Se trata, pues, de una yuxtaposición;
el interrogante es, entonces, hasta dónde incide la
misma en la trayectoria heredada - que permanece por inercia
- y si la desarrolla, amplía, merma o hasta anula.
O si se detiene en un mero reformismo - lejos de la austeridad
implacable y hondamente transformadora de un Louis Erlo (en
Lyon, con Kent Nagano). La sospecha se confirma con la elección
de la versión: en vez de optar por la edición
más transparente y despojada de Kaye, se ha conservado
la más reiterada y pesada, o sea la de Guiraud, a la
que solamente se le ha dado un "toquecito" diferente
con el prólogo y epílogo de la edición
Oeser. El precio es la fatiga de todos los cantantes, que
una vez más deben recorrer, con la lengua afuera, los
interminables recitativos - y en particular el extenuante
y apócrifo "Scintille, diamant" del barítono
(que tal vez, sería conveniente y piadoso omitir).
Los agregados casi siempre tienen un obvio parentesco con
otra actividad del director, su "Magic Circus".
Así, la escena tiene un borde inicial de agua, en la
que chapotean varios de sus personajes (pero no muy democráticamente:
Hoffmann no se mete en el agua, como si temiese que un resfrío
le sustrayese la voz...). El cuadro de Olympia se abre con
un ejército de Chaplines jugando con pelotas en forma
de ojos; las muñecas son gigantescas, y la soprano
- antes una niñita caprichosa que un autómata
- las incita a seguirla en sus desplantes. Los elegantes venecianos
son barridos por cabezudos también descomunales, y
el conjunto que los precede hace malabarismos sobre altísimos
zancos. Los espejos que robarán la imagen a Hoffmann
no reflejan la espalda de éste o la de Giulietta, sino
su anverso, como los cuadros de Magritte. Antonia sigue siendo
la virgen-diva intocable, pero canta sus gorjeos románticos
bajo una desmesurada mano que digita las cuerdas de un violín,
igualmente enorme. El Doctor Miracle entra con un coche fúnebre
al que nada le falta, ni un ataúd con esqueleto incluído,
ni otros tantos esqueletos y demonios alados como acompañantes.
En suma: estridencias barrocas y desenfrenos circenses que
no remueven la tradición, formaciónes de compromiso
más o menos calculadas para que el gran aparato operístico
siga en pie...
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