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Música Clásica
por Roberto Neuburger
Temporada 2001 (parte II).
elmurocultural
El acontecimiento-Ligeti

Aventuras y nuevas aventuras: Ligeti en los '60. Obras de György Ligeti Poema sinfónico para 100 metrónomos, Aventuras, Articulación, Nuevas Aventuras, Continuum (primeras audiciones en Argentina).
Director musical: Gerardo Gandini
Director de escena: Marcelo Lombardero
Intérpretes: Kathryn Power, Marta Cullerés, Marcelo Lombardero, Luis Rocco, Fernando Chiapero, Angel Frette, Lourdes Cútolo, Silvia Lester, Jorge Pérez Tedesco, Javier Dragún
Centro de Experimentación del Teatro Colón, 22-6-01

Fecha histórica para la actividad musical de Buenos Aires, al igual que hace varios años, cuando Gandini dirigió el Concierto para 13 instrumentos de Ligeti en el Instituto Goethe. La extremada dificultad de las partituras de 'Aventuras' y 'Nuevas Aventuras' hacen que la mera idea de programarlas tenga algo de temerario (tengo que decir que, cuando ví el título anunciado por el Colón me asusté). Pero tres meses de ensayo dieron sus frutos, sin duda alguna. Una performance aceitada y llena de humor; el que las piezas tienen per se y el pergeñado por Marcelo Lombardero, quien "abrió" las dos obras para tres cantantes y siete instrumentistas (la primera dura unos quince minutos, la segunda once) y permitió que los vocalistas saliesen de su lugar, para deambular, seducir con mimos diversos al director, dedicarse a actividades cotidianas (limarse las uñas, pintarse los labios), caminar arengando al público con megáfonos, y otras tantas excursiones (las indicaciones originales limitan a los tres a un solo lugar, sin desplazarse). La entrega y pericia técnica de los intérpretes de esta versión local es tan espectacular que puede ponerse bien a la altura de la original (dirigida por Maderna y cantada por Gertie Charlent, Marie-Therèse Cahn y William Pearson).
El "Preludio", que Gandini ya había incluído en un concierto hace años, es realizado en una versión tercermundista, ya que el número de metrónomos se reduce a 26 (la verdad, debe ser difícil juntar tal cantidad en una época en que se prefieren los electrónicos). Aunque con el sencillo truco de colocar un espejo detrás de los mismos, se logra al menos que sean 52. Algo es algo. Durante la audición - a oscuras - de la obra electroacústica "Articulación", Lombardero se deja seducir por la tecnología y por poco cae en una tinellización discutible: un video-camarógrafo con equipo infrarrojo filma al público sin ser advertido por éste, y el resultado es proyectado en una pantalla durante la ejecución de "Continuum para clave solo". El reality show del público cayendo en letargos, adormecimientos y somnolencias varias estimuladas por el apagón total aporta el agregado de un humor impuesto, pero el mismo le cobra un impuesto al humor agregado a la densa pieza para clave de Ligeti, que casi se pierde por completo, olvidada tras las risas.

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¿Sicilia o Avellaneda?

Alzira. Ópera de Giuseppe Verdi con libreto de S. Cammarano (estreno en Argentina)
Director de orquesta: Roberto Luvini
Director de escena: Fernanda Ramondo
Intérpretes: Irene Burt, Gerardo Marandino, Leonardo López Linares
Teatro Roma de Avellaneda (Provincia de Buenos Aires), 16-6-01

El Teatro Roma de Avellaneda es encantador. Una pequeña y acogedora sala "a la italiana"... bueno, esto es absolutamente literal. A juzgar por el repertorio y por la función a la que asistí, uno podría creer que está en alguna región del remoto sur peninsular y mediterráneo, más que cruzando la General Paz. La novedad a conocer, una ópera del "periodo di galera" de Verdi, que éste mismo juzgaba "un poco brutta", sucumbe bajo fanfarrias marciales de los metales. Y la escena, del más conmovedor realismo ingenuo, se acompaña de gestos ampulosos de cantantes que se paran como estacas en el borde del escenario, abriendo el pecho y los brazos como para volar. ¡Con tal de que uno no se lo tome muy en serio, la diversión está absolutamente garantizada!
Una palabra acerca de los dos cantantes varones protagonistas. Es evidente que poseen voces de gran volumen (o bien la acústica del teatro es espléndida) y de muy buen fraseo. Pero si se detienen e inmovilizan en el repertorio itálico romántico, es poco probable que evolucionen, tanto en el terreno escénico como en el musical. Por cierto, sería una verdadera pena.

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Nadies es perfebto.

Stiffelio, ópera de Giuseppe Verdi con libreto de Francesco Maria Piave
(Estreno sudamericano)
Director de orquesta: Javier Logioia Orbe
Director de escena: Elijah Moshinsky (reposición de Tim Coleman)
Intérpretes: David Maxwell Anderson, Maria Spacagna, Vladimir Chernov, Stefano Palatchi, Juan Carlos Vasallo.
Teatro Argentino de La Plata, 23-6-01

Un tropezón no es caída, dicen. Amo el Teatro Argentino de La Plata, pero aún en medio de la felicidad que la belleza del lugar produce uno no puede evitar menear la cabeza. Por de pronto, los homenajes obligatorios del Año Verdiano tienen algo de dudoso: en algunos casos, la exhumación de óperas olvidadas hace evidente que algo de tal olvido se halla justificado. "Stiffelio", sin embargo, tiene su costado interesante y algo de inspiración que se sostiene; no es tan obvia o estridente como "Alzira" (que pudimos conocer hace poco en Avellaneda...), y la atmósfera cerrada en la que el asesinato y el adulterio son resueltos mediante el olvido o la indiferencia, envuelven alguna circunscripta sorpresa. Y la vivacidad de un Logioia, que ataca un simple y elemental 4/4 con tanto serio entusiasmo y vehemencia como si estuviera dirigiendo la Novena de Mahler. Dos grandes obstáculos se interpusieron, sin embargo: la elección de una puesta en escena alquilada del Covent Garden, y el miscast de los dos protagonistas. Con respecto a la primera, es evidente que no puede esperarse del Cuartel General del Ultraconservadurismo británico ninguna revolución, artística ni de cualquier naturaleza. Hubiese sido preferible, sin duda, y si era necesario alquilar una puesta inglesa, recurrir a la ENO (English National Opera), sede de intentos mucho más imaginativos e inteligentes. Con razón señaló Monjeau en "Clarín", que más que una puesta en escena se trataba de un mobiliario, elegante y estético, pero nada más que eso. Y si las partes vocales son crueles, no puede esperarse que las canten los muebles...

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Decepción rutinaria, aunque exótica.

Orquesta Filarmónica de Nueva York, dirigida por Kurt Masur.
Solistas: Christopher Lamb, Dame Felicity Lott
Programa: Concierto para percusión acuática (Tan Dun), Don Juan, Cuatro últimas canciones, Las alegres travesuras de Till Eulenspiegel (Richard Strauss).
Teatro Colón, 27-6-01

En una pared del Teatro Colón hay una placa con la frase de Erich Kleiber, "La rutina y la inprovisación son los enemigos del arte". Con el correr de los tiempos, habría que poner al management como tercer término. Luego de tener al frente a uno de los más colosales músicos de la actualidad (Pierre Boulez), nombrar como Director General a alguien que queda confinado en el pasatismo de la Gran Tradición Romántica Alemana, como Kurt Masur, más que un anacronismo, es descender unos cuantos escalones. Con la módica ganancia de algunos aplausos y la satisfacción de los sponsors.
Para salvar las apariencias, ¿qué mejor que encargar una obra a un exitoso compositor vivo (en más de un sentido) Preferentemente, que no emplee un discurso potencialmente rechazable por los suscriptores o benefactores. Ciertamente, los efectos visuales y sonoros de los instrumentos de percusión sumergidos en torres acuáticas blancas, con su reflejo en la cúpula del Colón al encenderse gradualmente las luces a partir de un apagón total, no carecen de atractivo. El Water Percussion Concert es exótico, decorativo, impresionista, folklorista y efectista. Pero mejor es no preguntar por la sustancia musical. Pensar que una orquesta americana, con su maquinaria impresionante y casi perfecta, podría presentar el lirismo descarnado de un Varèse, las construcciones emocionales complejas de un Ives...
La soprano inglesa Felicity Lott mantiene intacto su decir sublime, su fraseo sutil, su compenetración intensa pero refinada del Strauss otoñal.
Pero el resto del paseo turístico por el postwagnerianismo de Masur, sin un contexto que lo explique o justifique más allá de la aprobación de un dolarizado auditorio, tienen bastante de rutina decepcionante. Monjeau lo resumió en pocas y exactas palabras: una orquesta apática.

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Y Ud. ¿qué prefiere?

Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Juan Pablo Izquierdo
Solista: Ricardo Sciamarella
Programa: Adagio in Memoriam para cuerdas (Francisco Kröpfl), Concierto para violoncello (Lutoslawski) Sinfonía No. 7 (Beethoven)
Teatro Colón, 2-7-01

El talento de un director puede verse ya en la selección de obras de un programa. El de Juan Pablo Izquierdo desborda en interés, profundidad y musicalidad. El lamento intenso y conmovedor, en el que Kröpfl hace cantar a las cuerdas de modo desgarrador, se continúa en la magnífica afirmación de la libertad, contra toda dictadura, de Lutoslawski (estupendo el pibe-cellista Ricardo Sciamarella).
Con la sinfonía de Beethoven tenía una idea preconcebida. Suponía que iba a ser una rutina más. Los hechos me tiraron el prejuicio al quinto subsuelo.
Muy rara vez, si es que hubo alguna, escuché la Séptima con un impulso tan arrollador. Ya la introducción desparramaba energía. Alguno se quejará de que al Allegretto le pudo haber faltado lirismo reflexivo, pero le sobraba coherencia con la notable concepción general que tiene Izquierdo de la obra (y que, por supuesto, abrocha retroactivamente las dos obras del comienzo).
Y sin un segundo de demora, atacó los dos tiempos finales, imparable, adrenalina pura. Demoledor.
¡Si 'Divididos' es la aplanadora del rocanrol, Izquierdo y los muchachos de la OFBA son la aplanadora de la música sinfónica!
No es lo habitual ni - tal vez - lo que deba hacerse, pero no puedo evitar la comparación (y afirmo de antemano que no hay ningún nacionalismo trasnochado). El miércoles anterior había presenciado el concierto de la Filarmónica de Nueva York. Ésta tiene un sonido per-fec-to, exacto, prolijito, lavado, planchado y almidonado, cremoso, pastoso, empalagoso. Y vacío. El programa: pavaditas divertidas y agradabilísimas. Y vacías. La OFBA tiene un sonido crudo, áspero, desprolijo, papel-de-lija, despulido, espantoso, malo. Y maravilloso, lleno de vida. El programa: desde el primer compás hasta el último, hondo, aplastante, pura verdad musical.

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La Carrera del Libertino (The Rake's Progress)
 

Opera en tres actos de Wystan Hugh Auden y Chester Kallman, música de Igor Stravinsky.
Director de orquesta: Stefan Lano
Director de escena: Alfredo Arias
Intérpretes: Paul Groves, Samuel Ramey, Deborah York, Victoria Livengood, Eduardo Ayas, Alejandra Malvino.

"No ceder a la pasión ni a la razón - los dos tiranos que gobiernan a los hombres - es lo que debes hacer para probar que eres libre", es la propuesta de Nick Shadow para convencer a Tom de que se case con la monstruosa Baba. Ya que el protagonista se halla alienado en el argumento del perverso desde el inicio, no es casual que Alfredo Arias haga comenzar su narrativa en el manicomio. La historia tendrá su doble fondo, en el que los recuerdos de Tom, con ligeras variaciones, distorsiones, anticipaciones o desvíos, a la par de una esteticización o embellecimiento infalible que los "blanquea" (¿o descolora?).
Así, los intérpretes operan como piezas de un ajedrez sutil hasta en sus detalles, amoldándose a la refinada concepción general: Paul Groves, aún en los momentos de entrega y controlado desenfreno, mantiene su línea, fraseo y estilo impecables, mientras que Samuel Ramey no deja de acompañarlo como un perfecto caballero, elegante y medido. Deborah York debe conformarse con quedar confinada en un retrato hueco - grácil y delicada autómata - cuya coloratura (con la experiencia en la así llamada "música antigua" en su haber) debe tener carácter instrumental y cristalino, a la par que no se admite el vibrato. Sólo a Victoria Livengood y Eduardo Ayas - en este último, la agilidad no es obstáculo para la luminosidad belcantística - se les concede un espacio de humor sorpresivo (que, por cierto, aprovechan muy bien) dentro del ajustado mecanismo, que Stefan Lano conduce con el brio y la brillantez acordes. Y los toques de music-hall de Alejandro Cervera se integran a la perfección en un conjunto cuya claridad radiante desmiente la bellaquería de Nick: "Despertar es morir". Espléndido teatro musical, que sólo retiene de la ópera del abuelo la cáscara, para reelaborarla a través de un distanciamiento desmistificador, en paralelo con la paródica plétora referencial stravinskiana. Duro de roer para el abonado tradicional que, sin elementos para tramitar la propuesta, y acostumbrado a buscar el sopor hipnótico de la reiteración reconfortante, se hunde, irritado, en un desconcierto sin fin.

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Attila, drama lírico de Giuseppe Verdi, con libreto de Temistocle Solera

Director de orquesta: Edoardo Müller
Director de escena: Roberto Oswald
Intérpretes: Samuel Ramey, Andrea Gruber, Francisco Casanova, Roberto Servile

Una de cal, una de arena. La elección del repertorio anual es un tema de controversia, y nunca habrá acuerdo universal. Cuando se da a elegir a los divos, sin embargo, los resultados suelen ser decepcionantes. Así tuvimos que soportar una olvidable "Bohème" y una opaca "Norma" sólo para satisfacer las pretensiones de otrora célebres sopranos, ahora a precio de costo. Y Samuel Ramey, por otra parte un artista versátil capaz de interpretar Bartók o Stravinsky, demuestra que si le dan a elegir su gusto no es de los mejores.
No es cuestión de esperar ni música, ni drama, en las obras patrióticas de Verdi, destinadas específicamente a la arenga contra el invasor austríaco más que cualquier otra cosa. Una que sepamos todos y abajo el enemigo, italianos a la lucha, chin pum, de eso se trata.
Sin embargo, con su ingenuidad kitsch apabullante y el apropiado type casting, Roberto Oswald consigue añadir un efecto más: hace que nos revolquemos en el suelo de la risa. En un tiempo, el ya jubilado crítico Armando Rapallo proponía, en "Clarín", que Oswald debía hacer cine. Es posible que haya pensado en una película de la época muda de Cecil B. de Mille. Es lo que se ve en "Attila": centenares de extras-hunos clavando picas en otros tantos extras-vencidos (aunque su puntería no es muy buena, ya que éstos se levantan al terminar la escena para aparecer en la siguiente como monjes, etc.) o corriendo tras otras tantas vírgenes rubias vestidas de blanco (por cierto, no es mal programa, ¿no?), romanos con casco y armadura dorados, lanza en mano y ondeante capa roja (parecidos a los que montan guardia delante del Coliseo para sacarse fotos con los turistas), barquitos arrastrados por el escenario (cuando puntualmente el coro dice: el mar está lleno de barcas) humeando toneladas de gas carbónico, papa y obispos refulgentes de amarillo y blanco, etc. etc. etc. Attila se dirige a la inmensa Odabella llamándola "virgen bella" (¿un severo trastorno óptico o mental? ¿feroz mordacidad? ¿o busca demostrar que la pulsión no es connatural al objeto?)... y luego ¡quiere casarse con ella! (uno se imagina la vida cotidiana conyugal: ¿Esto es lo que me trajiste del súper- digo, de la invasión de Aquilea? ¡No me alcanza ni para media hora!). Sin embargo - oh, desdén femenino - ella le clava la espada en el pecho (lo que, por cierto, es mucho mejor solución) ya que se halla enamorada del aún más pavarottianamente inmenso Foresto (de seguro necesitarán poner en la lista de casamiento una heladera industrial, tamaño Jumbo). La pareja pone en grave peligro al escenario del Colón, que seguramente ya se ha hundido algunos centímetros, con lo que acaso en las próximas funciones los cantantes no puedan ver al director ni éste a ellos. Ojalá el presupuesto de mantenimiento dé como para subirlo otra vez.
Conclusión: la ópera de los abuelos (los decrépitos abonados tradicionales, de parabienes), confinada en sus férreas limitaciones - "naturalismo" ingenuo, cantantes de brazos abiertos fijos en el borde del escenario para entregar sus arias/cabalettas, ausencia completa de relación con un presente reflexivo - no consigue otra cosa que ser su propia caricatura.
Como consuelo, pensemos que en estos tiempos de crisis la risa no viene nada mal.

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2001, El Muro Cultural