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Música Clásica
por Roberto Neuburger
El riesgo país sube, y la creatividad explota,
estalla, desborda.
elmurocultural
Continúa el ciclo de Música Contemporánea.

El hombre que fue jueves. Concierto anónimo
Intérpretes: Pablo La Porta, Elisabeth Ridolfi, Manuel de Olaso, Enrique Schnebelli, Marcela Magin, Patricia Da Dalt, Guillermo Sánchez, Sergio Rivas, Martín Ferrés, Mónica Cosachov, Martín Devoto. Director: Santiago Santero
Teatro San Martín, 6-11-01

Eliminar el nombre propio no impide el efecto de otros significantes. Pero es cierto que la posición subjetiva puede modificarse significativamente...
Siete obras, encargadas a siete compositores de modo anónimo, son tocadas una a continuación de la otra. ¿Acertijo para los que necesitan apropiarse de una identidad, u oportunidad para que adquieran pregnancia los modos diversos de bordear, con una estuctura musical, un Real sonoro? Para nombrarlas, sólo nos resta la serie numérica que condujo la exposición. En retrospectiva, las insistencias rítmicas de la primer obra tuvieron la humildad de la sencillez, la segunda un puntillismo seco, la tercera aún mayor austeridad contrapuntística, la cuarta la excursión a terrenos sonoros más ambiciosos, la quinta la discursividad, dispersión y extensión arrogantes o hasta irritantes, con la sexta una vez más la concentración de recursos, y la sensualidad de las cuerdas graves (extendidas con recursos electroacústicos) en la última. El 20 se darán a conocer los autores: hasta entonces, suspenso.

"El Ciclo del San Martín reveló el enigma del concierto anónimo del 6 de noviembre. Las siete obras fueron: I. Malavés, de Carlos Mastropietro (1958); II. De venir, de Ezequiel Menalled (1981); III. A dúo, de Francisco Kröpfl (1931); IV. Quién me diese alas como de paloma, de Patricia Martínez (1973); V. Trame II, de Martín Matalón (1958); VI. La naturaleza de las cosas, de Mariano Etkin (1943); VII. Warnes, de Nicolás Varchausky (1973)" (Clarín, 17-11-01)

NEUBURGER
La imaginación al poder: Diana Teocharidis.

Castor & Pollux, ópera de Jean Philippe Rameau
Director musical: Marcelo Birman
Directora de escena: Diana Teocharidis
Intérpretes: Bárbara Kusa, Ana Moraitis, Pablo Pollitzer, Norberto Marcos, Clodomiro Forn y Puig y la "Compañía de las Luces":
Coro del Colegio Nacional de Buenos Aires y Ensamble de instrumentos antiguos.
Planetario de la Ciudad "Galileo Galilei", 4-12-01

¡Qué maravilla! Ya la sola idea de representar una ópera en el interior del Planetario es impagable. Pero además, hacerla con inteligencia creativa (y, como se verá líneas abajo, Diana T. ¡vaya si la tiene!) y exquisitez musical (ambas, desde luego, se potencian mutuamente) dan un resultado espectacular.
Así, mientras el "lugar oficial" de la ópera ignore el barroco o el clasicismo temprano (o lo admita a dosis homeopáticas) los "lugares alternativos" no están nada, pero nada mal...
La puesta en escena explota al milímetro (pero sin desbordes) tanto la extraña acústica (hay efectos de rebote del sonido que sorprenden) como los recursos técnicos del lugar. Todo el espacio es aprovechado: el coro - de una precisión que muchos coros pueden envidiar -, sin mirar al director, actuando en grupos separados distribuidos en diferentes lugares, etc. (a propósito: en mi opinión, la Profe de Francés les puede dar el año aprobado, la dicción es excelente). La semiesfera con sus estrellas, y asimismo proyecciones que la convierten en una cúpula, en el infierno o los Campos Elíseos - sin olvidar los subtítulos con la traducción. Y un grupo de cantantes excepcionales, comprometidos hasta la médula (en especial Norberto Marcos, que el año pasado había tenido una intervención breve con el mismo conjunto en el "Burgués" de Molière/Lully, ahora, con un rol importante, se revela como un intérprete de recursos excepcionales). ¿Hay alguien que pida más?
¡Todos al Planetario! Ésta no hay que perdérsela.

NEUBURGER
Humille, Diana, humille.

El pobre Marinero, ópera de Darius Milhaud con libreto de Jean Cocteau
Director de orquesta: Gerardo Gandini
Director de escena: David Amitín
Intérpretes: Graciela Oddone, Carlos Bengolea, Gustavo Gibert, Juan Barrile
Variété, doce piezas para conjunto instrumental de Mauricio Kagel
Director de orquesta: Gerardo Gandini
Director de escena: Diana Teocharidis
Intérpretes: Lucas Martelli (Hombre Araña), Adrián Guerra (Mago), Andrea Bonelli (Guía), Lucas Álvarez, Sebastián Paoli, Leonardo Vastalegna (Break-dancers), Gastón Pasini (y 18 patinadores más) Lourdes Arteaga (bailarina) Soledad Alfaro (sirena en la pecera) Martín Pavlovsky (valetto escandalizado). Y muchos, muchísimos más.
Teatro Colón, 9 y 11-12-01

Un programa que reune dos obras incompatibles, de estéticas diametralmente opuestas.

El comienzo no podría ser más dark. La terrible historia policial de una Penélope asesina que cava su propia tragedia es llevada a la escena por David Amitín con una austeridad por demás elocuente. Una proyección del Zodíaco, el destino previamente fijado de modo implacable y con la más perfecta crueldad, se alía al refinamiento expresivo de un grupo instrumental excepcional, e intérpretes escénicos de una convicción apabullante - bueno, ¿qué otra cosa puede esperarse de Graciela Oddone, ese regalo absoluto que el Colón nos da muy de vez en cuando, como que no nos lo merecemos? (Y también de Bengolea, Gibert y Barrile).

Pero tras el intervalo se prenden las luces y estalla un fenómeno totalmente inesperado, que seguramente habrá hecho historia. ¡Qué fortuna haber estado presente! (yo estuve, no me la contaron. Y - añado - fui las dos únicas veces que se hizo).

En mi 'Ranking de la temporada" ganaba cómodamente "La carrera del Libertino", puesta en escena de Alfredo Arias, tal vaz lo más cercano al teatro musical que es posible lograr en el Colón. Fue un verdadero y fuerte as de bastos, riguroso, lúcido, inteligente.
Pero resultó que Diana Teocharidis (¡qué peligrosas son algunas mujeres!) a último momento y a los postres cantó "quiero retruco". Y en la mano tenía el ancho de espadas.

La música para 'Variété" es melancólica, triste, lejana, jamás incisiva, jamás insistente (pese a una rítmica complicada, con cambios de métrica a cada compás). En su momento, hace veinticinco años, y en Europa, las piezas como acompañamiento de números de vodevil podrían haber subrayado la decadencia y desesperanza suicidas de ese momento y lugar.
Pero en esta parte del mundo, y hoy, la realización desmiente abiertamente - con total justicia - el camino hacia la oscuridad, dejando la sólida tarea de la imperturbable orquesta a nivel de pretexto. Aquí la apuesta se jugó por la fuerza de la resistencia, de la desfachatez combativa, del vamos todavía.
Anotemos que el exhausto presupuesto municipal puso en jaque todo el emprendimiento: hasta minutos antes de la primer función no se habían firmado los contratos de todo el grupo, que había ensayado intensamente afrontando la incertidumbre.
Un bastión de la tradición (representado por ese antipatiquísimo "valetto" de librea, encarnado por el excelente Martín Pavlovsky) es tomado al asalto por un ejército de entrañables y maravillosos "okupas" (según la metáfora de Abel Gilbert en "Página/12").

El detalle: al abrir el telón el grupo instrumental (en el que se destaca el trompetista virtuoso Fernando Ciancio, aunque todos y cada uno son brillantes), en un andamio arriba y atrás del escenario. A la derecha, la gigantesca estatua de un soldado caído. Un hueco se abre en la araña central de la cúpula; cae una cinta roja, de la que, envuelto en ella, se descuelga un Hombre-Araña. A toda velocidad, rebota sostenido por la cinta, vuelve a ascender, vuela, planea... y finalmente desciende al pasillo central. Recibe los calurosos (o temblorosos) aplausos, y sale corriendo.
En el escenario aparece un mago que saca una paloma de una jaula. La hace volar... y ésta se transforma en una bella muchacha con malla blanca y brazos con plumas. Es interrumpido por dos acróbatas que descienden desde el techo del escenario y hacen desaparecer la estatua.
El mago regresa y corta un diario en muchos pedazos, aunque luego éste mantiene su integridad original. Pero es interrumpido por la visita (en el pasillo central) de un grupo de colegialas de delantal blanco y trencitas, a las que un maestro exige disciplina (¡Quiero ver una sola cabeza!) y una guía explica las características de la sala, la acústica, el peso de la araña, etc. Una de las niñas salta gritando: ¿Se pueden tomar fotos, señorita? Y estalla una algarabía que lleva al maestro y la guía a desviarse para dedicarse, a solas, a otros asuntos. Mientras tanto, las colegialas corren al escenario y realizan toda suerte de espectaculares acrobacias en grupos. Uno de los tramoyistas intenta sacarlas, pero es
arrojado por ellas al foso orquestal. Luego lo intentará el valetto.
El mago y su partenaire insisten: ella entra en una caja a la que él divide, penetra con un serrucho, tubos blancos y cilindros en su interior: no hay duda de que ambas partes están vacías. Sin embargo, la mano de la muchacha aún asoma por un hoyo, sosteniendo un pañuelo rojo. Él vuelve a armar la caja, y ella sale con otro peinado y otra ropa (que cambia varias veces en segundos, detrás del paraguas del mago).
Tres breakdancers entran y despliegan una exhibición de proezas increíbles, cada una más exigente y audaz que la anterior. Pese al contraste con la música, siempre apesadumbrada y nostálgica, los tres se mueven con la destreza que exigiría un violento reggae. Solicitan al valetto que los fotografíe.
Un grupo de dieciocho patinadores, muy atléticos y ágiles, realiza acrobacias. El valetto, mientras exige silencio, sube al andamio para discutir acaloradamente con el director, quejándose de todas esas apariciones incongruentes con el lugar. ¡Esto es el Colón! El 9-11 los acusa de hacer esas cosas por dinero, a lo que el director le insiste que es por amor, y el 11-11 consigue la conmiseración del éste: Lo que pasa es que en este Teatro no hay autoridad. Los patinadores avanzan amenazadoramente deteniéndose en el borde del escenario.
Regresan desde el fondo trayendo una gigantesca caja de bombones, de la que extraen una bailarina con tutú. Ésta realiza un pas de deux con un patinador; la carroza de Apolo desciende desde los cielos, y ambos ascienden en ella.
El valetto descubre una pareja besándose en un palco, y estrangula al varón: Seguí besando ahora. Pero cede ante los encantos de un grupo compacto de bailarinas hula-hula. La solista le exige quitarse el uniforme, mientras los patinadores han regresado para traer, esta vez, una gran pecera vertical iluminada, en la que la sirena se hunde una y otra vez: finalmente, el valetto sumerge, también él, la cabeza.

Una bofetada, bien necesaria, en la cara del esclerosado tradicionalismo.

NEUBURGER
Lo prometido es deuda.

Concierto de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires.
Coro Nacional de Jóvenes, Coro de Niños del Teatro Colón
Director de orquesta: Gerardo Gandini
Director de Coro: Néstor Zadoff
Programa: Ginastera, Variaciones Concertantes; Gandini, Concierto para violín (estreno sudamericano); Salvador Ranieri, Requiem (estreno) Solistas: Haydée Francia, violín; Patricia Gutiérrez, soprano; Susanna Moncayo, mezzosoprano; Carlos Bengolea, tenor; Gustavo Gibert, bajo.
Teatro Colón, 19-11-01

El estreno del Requiem de Ranieri se postergó tantas veces, siempre por conflictos gremiales, que parece mentira que finalmente haya podido realizarse. Para colmo, la fecha coincidía con el concierto final del ciclo de música contemporánea del Teatro San Martín (con obras de Mauricio Kagel). No puedo estar en dos lados al mismo tiempo.
La Filarmónica ha completado un ciclo notable. Cuando el director artístico tiene la inteligencia y la sensibilidad de Gerardo Gandini, se producen transformaciones notables.
El concierto del lunes 19 es una muestra de ello. Me preguntaba por qué Gandini había elegido las "Variaciones" de Ginastera, cuando no es la obra menos frecuentada de este autor. La respuesta llegó, como muestra de la compacta coherencia del programa, con el segundo movimiento del Concierto para violín del propio Gandini: se trata de un homenaje a su maestro, ya que cita la "Variación en forma de moto perpetuo, para violín solo" de la primer obra del programa.
Asimismo, la lectura que hace Gerardo de las "Variaciones" pone más el acento en la sutileza tímbrica y los matices, que en el pulso rítmico del folklorismo imaginario. Con lo que el nexo con las filigranas delicadas - que casi nunca alcanzan el pleno forte - de su Concierto para violín (cuya parte solista asumió brillantemente Haydée Francia) se vuelven más evidentes.
No es el caso del "Requiem" de Ranieri, que pone todo el esfuerzo en el efecto "al fresco" de grandes masas sonoras (lo que incluye efectos como parlato-glissando en el coro). Cierta ingenuidad meridional subsistente a lo largo de los años, sin modificarse ni inmutarse, le permite mantenerse en un expresionismo sincero y vehemente, a expensas de perder espesor y dejar de lado toda estratificación significante. El acierto y el riesgo se acompañan: el impacto poderoso (ya sea de la voz de la madre del compositor, grabada junto con cantos de pájaros, graznidos de cuervos, ventiscas y campanas de pueblo, o del dialecto siciliano, o del lamento de los cantantes) a veces amenaza con perderse en una insistencia enfática. Pero el contraste absoluto con las obras de la primera parte no deja de subrayar el interés inusual y la maravillosa lucidez de este concierto.

NEUBURGER
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2001, El Muro Cultural