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Música Clásica
por Roberto Neuburger
Crónicas Europeas I
elmurocultural
Con estas líneas comienza una serie de informes acerca de eventos de la actividad musical y operística a las este cronista tuvo la buena fortuna de poder asistir en febrero y marzo del convulsionado 2002. Por supuesto, maravillándose ante el caudal que se destina, en los países visitados, a las expresiones culturales (¿no era similar la situación local hace algunos meses, en los que se soñaba con nadar en la abundancia primermundista?). Pero como no todo se mide en dólares (o euros), subrayemos que en nuestra última entrega (en ocasión de comentar la versión porteña de 'Varieté', de Kagel) anotábamos el triunfo de la imaginación sobre el presupuesto, en días en que la crisis comenzaba a mostrar apenas el borde de sus uñitas.
NEUBURGER
Capítulo alemán.

Berlín es una ciudad enorme, con edificación ancha y espaciosa; las calles parecen extremadamente largas, los espacios interminables, y la amplitud de las líneas se hace eco en una amabilidad generalizada y clima distendido. Lejos del apretujamiento y malhumor de los subterráneos parisinos, la 'U-Bahn' y la 'S-Bahn' facilitan el desplazamiento por la urbe con trenes absolutamente silenciosos, amplios (que jamás vimos llenos, ni siquiera en horas-pico) de interior lujoso, y -por supuesto- hiper-puntuales. En los andenes, un cartel electrónico indica los minutos restantes para los próximos dos trenes; en las estaciones con correspondencias, se halla indicado asimismo el de los demás. Basta sacar un abono por siete días, que uno marca en el primer viaje, para no preocuparse más, durante ese lapso, del boleto. En toda nuestra estadía jamás se nos requirió que lo mostrásemos.
La ciudad tiene más de 170 museos (se están haciendo esfuerzos ingentes para unificar las colecciones que antes se hallaban separadas por el muro) y no hay manzana en que no haya una grúa en un terreno en el que se está construyendo. Las colecciones muestran un orden humano y luminoso (por ejemplo, la espectacular Sammlung Berggruen -tres pisos con obras de Picasso y dos con obras de Paul Klee- que es una maravilla recorrer, en contraste con el caótico Muso Picasso de Paris). Algunos edificios han sido reconstruidos piedra por piedra, en su exterior e interior (por ejemplo, el Domo de Berlín -y esto incluye los mosaicos, las estatuas, el órgano- o el palacio de Charlottenburg, con sus salas rococó). En otro, como la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, se ha preferido dejar las ruinas del edificio central y la torre como testimonio, dedicar el interior a un museo de la memoria, y añadir un campanario y una iglesia octogonal en un estilo que contrasta. Por cierto, en esta última asistimos a un ensayo de una cantata de Bach, lo que nos dio oportunidad de ponernos en contacto anticipado con el inalcanzable nivel musical alemán: cantantes e instrumentistas jóvenes, pero de acabado estilo y refinamiento interpretativo. Y nuevos sitios recuperan el pasado que algunos querrían no recordar, como el Museo Judío del celebrado arquitecto David Liebeskind.

1. Orquesta Filarmónica de Berlín.
Director: Claudio Abbado.
Coros: Coro de Estocolmo, Coro de la Radio Sueca, Coro de Niños de Tölz,
Solistas: Thomas Quasthoff, Karita Mattila, Rainer Trost, Kurt Moll, Lisa
Larsson, Rachel Harnisch, Lioba Braun, Albert Dohmen, Elena Zhadkova,
Patrick Henschens.
Programa: R. Schumann, Escenas del 'Fausto' de Goethe.
Auditorio de la Filarmónica de Berlín

La primer velada nos llevó a los edificios de Hans Scharoun, cuyo dorado exterior propone un parentesco imaginario con el laminado barroco. A uno y otro lado del centro (la Philarmonie) se hallan la sala de conciertos de cámara, y el notable Museo de Instrumentos musicales (en el que, los sábados a mediodía, se lleva a cabo una demostración de uno de los pocos órganos de cine mudo existentes en el mundo, que posee un sinnúmero de efectos para acompañar todo tipo de acciones cinematográficas. Por supuesto, el advenimiento del cine sonoro convirtió en obsoleta la refinada artesanía). Asimismo aquí es notable la amabilidad con que uno es recibido o conducido hasta su localidad.
Por dentro, las diagonales que rodean sin conflicto la orquesta (en tiempos de von Karajan, los berlineses habían pergeñado el desdeñoso mote de 'Zirkus Karajani') permiten visión y audición perfectas desde cualquier sitio, y ofrecen un aspecto moderno pero de intensa calidez (en contraposición, por ejemplo, a la frialdad en blanco y negro de la Bastille parisina) que ya tiene un aire clásico pese a la polémica que generara en su momento.
Por las visitas que nos hicieran los músicos, conocemos ya su legendaria perfección sonora; no lo fue menos la del coro y los solistas. Entre ellos, ese increíble símbolo de una sociedad más integradora y de menos fronteras que es Thomas Quasthoff, y Karita Mattila (también conocida por nosotros, por su labor en la legendaria producción de 'Simon Boccanegra' en el Colón), y el espléndido tenor Rainer Trost.

2. Deutsche Oper
Heinrich Marscher: 'Hans Heiling', ópera en tres actos con libreto de Eduard Devrient (1832)
Dirección musical: Olaf Henzold
Dirección escénica: Philipp Himmelmann
Escenogafía: Johannes Leiecker
Vestuario: Jorge Jara
Intérpretes: Ute Walther, Wolfgang Schöne, Claudia Barainsky, Kaja Borris, Clemens Bieber

Es una pena que Marschner no sea conocido fuera de Alemania. En efecto, este creador dramático-musical tiene una inspiración y originalidad sorprendentes. Alguien podrá objetarle haber llegado al borde de un territorio nuevo en el que no se aventuró a entrar (y que otros, en especial Wagner, penetraron). Pero en este caso las supuestas insuficiencias, ¿no contribuyen al encanto? Jamás cae, por ejemplo, en la desmesura (precio que hubo de pagar don Ricardo) y mantiene, junto al élan dramático, cierta elegancia mendelssohniana que nunca pierde su equilibrio.
La inteligente puesta en escena de Himmelmann fue -para este cronista- un anuncio de los derroteros del teatro musical alemán, del que veríamos tres muestras más antes de nuestra partida. No se admite una rutina de reposición sin imaginación, y cada puesta en escena debe proponer la actividad reflexiva del espectador. Los medios técnicos del gran teatro berlinés hacen el resto; un foso orquestal amplio y profundo brinda un colchón musical sobre el que las voces (muy grandes, hay que reconocerlo) planean sin esfuerzo. El escenario es levadizo, lo que permite graficar la división entre el 'reino de los espíritus de la tierra' y el 'mundo superior' de modo notable.
Al comienzo, un ejército de orfebres -cada uno en un sitial propio- pule piedras mientras que el edípico protagonista intenta en vano de escapar de su encierro falomaternal. 'Pobre madre sin hijo' es su despedida: al compadecerse de su progenitora, carente de nominación paterna en que sustentarse, puede anticiparse que su intento será un fiasco. Una torre luminosa en el fondo de la escena sirve de nexo conductor entre los niveles, y la tierra -en un toque topológico 'a la Magritte'- es un interior-exterior, con paneles de paisaje (una reseña mencionaba a Breughel el viejo, pero es indudable la referencia al paisajismo romántico alemán, que puede verse en todo su esplendor en la recientemente abierta 'Alte Nationalgalerie' de la Isla de los Museos) que alternan con puertas neoclásicas. De convicción plena el desempeño de todo el elenco, en especial del protagonista, Wolfgang Schöne.

3. Staatsoper unter den Linden (Ópera del Estado "bajo los tilos")
Joseph Haydn: Il mondo della Luna
Dirección musical: Renée Jacobs
Academia de Música Antigua de Berlin
Dirección escénica: Karoline Gruber
Escenografía y vestuario: Franz-Philipp-Schlössmann
Intérpretes: Kobie van Regensburg (Eclittico); Patricia Risley (Ernesto); Enzo
Capuano (Buonafede); Elisabeth Scholl (Clarice); Iride Martínez (Flaminia);
Silvia Tro Santa Fe (Lisetta); Scott Weir (Cecco).

Para llegar a la Staatsoper, tomamos la "U-Bahn" y a poco de salir de la estación cruzamos la imponente plaza del Gendarmenmarkt, con los colosales Domos alemán y francés, que enmarcan con su solemne simetría la enorme Casa del Teatro. Algunas cuadras más, pasamos junto a la Universidad Humboldt y la masiva Catedral de Santa Eduviges, para llegar al bellísimo teatro.
Una sorpresa difícil de anticipar. Siempre pensé en Haydn como un anodino segundo lugar a la sombra de Mozart, pese a la inteligente, pero no siempre convincente frase de Peter Ustinov, "cuando la superficie está tranquila se puede ver mejor la profundidad". Nunca hubiese imaginado una inspiración tan notable, a la que la descollante puesta en escena de Karoline Gruber da un realce verdaderamente insospechado.
Con la garantía, no de ilusorias "autenticidades", sino de una musicalidad impecable, en la dirección de Jacobs (¿recuerda el lector la ya legendaria "Poppea" en el Colón?), puede suponerse que la chispa inicial provenga de Sellars, pero el desarrollo creativo es exquisitamente personal. Tomando a la letra la comedia italiana, los efectos de distanciamiento de la traslación contemporánea no hacen sino reforzar la comicidad, sin perder un ápice de estilo.
De hecho, el probable origen peninsular del protagonista, el inefable, ingenuo y testarudo Buonafede (Enzo Capuano, de aspecto casi gemelar a Marcello Mastroianni en "Sostiene Pereira") le permite morcillear (¡casi un tabú en la ópera!) a sus anchas, con los efectos más regocijantes que se pueda imaginar. A veces, un simple monosílabo ("¿no?") insertado genialmente entre un recitativo y un aria, es suficiente para que uno no pueda evitar rodar de risa por el piso.
Al levantarse el telón, el coro (cuatro cantantes en mamelucos azules, gorrito de béisbol al tono y anteojos 3D sentados en un sofá y viendo la TV) ya provee la atmósfera que hace falta. A Iride Martínez no le cuesta, aparentemente, bailar como subida al parlante de una disco (con Elisabeth Scholl y Silvia Tro Santa Fe como laderas perfectas) mientras sus coloraturas son límpidas como el cristal. Y a Lisetta le toca cantar su aria mientras abre un planchador, acaricia amorosamente un pepino antes de masacrarlo en rodajas con el cuchillo de cocina, para terminar hachando salvajemente un pollo entero.
El "mundo de la luna" que construye Eclittico para engañar al achacoso protagonista es una delicia camp: exóticas palmeras de color verde flúo y un bar en cuya pared metálica se despliega el pasacalle "benvenuto" en el momento apropiado, territorio poblado de sonrientes y amables travestis de portaligas, tacones y bandejitas, a quienes Eclittico designa como "ninfe e pastore". ¡La imaginación al poder!

   
4. Komische Oper (Ópera Cómica)

Carl Maria von Weber: Der Freischütz
Director musical: Vladimir Junowski
Dirección escénica: Christof Nel
Escenografía: Julius Kilian
Intérpretes: Markus Eiche (Ottokar); Brigitte Geller (Ännchen); Jaco Huijpen
(Kaspar); Gerhard Siegel (Max)

El enorme edificio prismático, con gigantescos afiches de los espectáculos próximos, de la Ópera Cómica, se halla tan sólo a tres (largas) cuadras de la Staatsoper, sobre la elegantísima avenida "sobre los tilos" (entre ellas pasaba antes el Muro). Una cuadra antes, el edificio de la Deutsche Guggenheim alberga exposiciones temporarias. Pude entrar en la instalación de Bill Viola, "Coming forth by day": cinco videos en enormes pantallas sobre cuatro paredes, con escenas que van desde la inmovilidad inmutable hasta el vértigo engañoso, ya que el resultado sigue siendo un estatismo que no impide la sobrecarga de significación. Mucha gente sentada, parada o deambulando en el espacioso interior oscuro: una interesante experiencia. Afuera, más allá, la emblemática Puerta de Brandenburgo, cubierta por una lámina y andamios que indican los trabajos de restauración en curso.
A la entrada del teatro, una placa evoca la memoria de Walter Felsenstein, el célebre director escénico que impulsó un cambio significativo en el teatro musical. Por dentro, un bello foyer con una escultura móvil, y una sala con el característico foso orquestal amplio y profundo.
Christof Nel desromantiza la fábula ingenua llevándola a una actualidad en que la angustia inunda de modo masivo a la pareja central, que no llega a tener ningún contacto más que con sus propios fantasmas aterradores. La obertura presenta a Max acosado por espectrales figuras masculinas con trajes de novia blancos, y la atmósfera inquietante es reforzada cuando el coro que se burla de él no lo hace a cara descubierta, sino detrás de escena: sólo las voces exhiben su sustancia inmaterial. Jaco Hujpen, antes que un seductor convincente, es un "skinhead" fanático que agrega su cuota de intolerancia, y el escenario giratorio presenta un siniestro carnaval de violencia durante la escena de la fundición de las balas asesinas. La corona fúnebre que por puntual azar recibe Ágata no es más que uno entre otros símbolos aterradores. Ni siquiera el "eremita" logra destilar siquiera una gota de reaseguramiento; El príncipe Ottokar no es más que un hábil político, avezado en el arte de la mentira frente a los medios. Lejos de la "buena forma", la puesta en escena invade con un presentimiento suspendido de una atrocidad futura.

5. Neuköllner Oper
Winfried Radeke (arr.): "Gesualdo", un madrigal escénico
Dramaturgia de Rudolf Panke
Escenografía y vestuario: Amparo Kuhlmann
Intérpretes: Michael Bielefeldt, Konstanze Gast, Viktor Küpke, Linda Bettina
Ranch

El diminuto teatro (se entiende que el calificativo designa una mera cuestión de espacio, y de ningún modo las aspiraciones artísticas, que no tienen nada que envidiar a sus hermanas mayores, cuya descripción antecede) se halla en un suburbio, en la Avenida Karl Marx (evidentemente, en el ex-lado oriental). Como no figura en el mapa de mi guía, que se limita al centro turístico, no sé cómo llegar. Fácil solución: basta acercarse a alguna de las columnas blancas en el andén del subterráneo, presionar el botón 'i', y ya se emite una amable voz que brinda de inmediato la información solicitada.
Casi oculto en una galería, sin cartel indicador, para acceder al escenario hay que ascender una larga escalera en cuyas paredes hay una muestra de arte (pinturas, máscaras, instalaciones) con temas relacionados con la ópera que he de ver, y hasta un grueso tomo acerca de la truculenta vida de Gesualdo, que el visitante puede consultar a sus anchas, de tener el tiempo suficiente. .. En el camino, un agradable café y un puente hacia el edificio vecino, donde se halla la entrada a la sala, en la que caben apenas cien personas.
Ya la idea es notable: combinar una serie de madrigales del excéntrico príncipe de Venosa para narrar su vida y aventuras. Cuatro cantantes, presentes desde el comienzo en el pequeño escenario, alternan roles y trajes, a la vez que sin obstaculizar su labor escénica, interpretan la polifonía renacentista con estilo depurado (a veces con el soporte del clave a cargo del director, quien asimismo toca piezas breves en dicho instrumento, o en una flauta dulce, a modo de interludios). Sobre la base de una cámara negra, los elementos son escasos, pero de fuerte impacto; la cercanía total con el público produce efectos por su parte. Una 'jaula' de cuerdas extensibles grafica a la vez el encierro y los diferentes entornos hostiles, del protagonista.
Para un latinoamericano acostumbrado a recibir los madrigales en italiano y con el estatismo concertante, la versión alemana tiene algo "unheimlich" que, sin duda, contribuye a la entusiasmante experiencia.
Una simple conclusión es que en Berlin, además del nivel mde excelencia que no admite rival alguno, el teatro musical ha alcanzado un punto de absoluta creatividad en el que lo rutinario o repetitivo jamás podría encontrar otra cosa que el más justificado de los rechazos.

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2001, El Muro Cultural