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Berlín
es una ciudad enorme, con edificación ancha y espaciosa;
las calles parecen extremadamente largas, los espacios interminables,
y la amplitud de las líneas se hace eco en una amabilidad
generalizada y clima distendido. Lejos del apretujamiento
y malhumor de los subterráneos parisinos, la 'U-Bahn'
y la 'S-Bahn' facilitan el desplazamiento por la urbe con
trenes absolutamente silenciosos, amplios (que jamás
vimos llenos, ni siquiera en horas-pico) de interior lujoso,
y -por supuesto- hiper-puntuales. En los andenes, un cartel
electrónico indica los minutos restantes para los próximos
dos trenes; en las estaciones con correspondencias, se halla
indicado asimismo el de los demás. Basta sacar un abono
por siete días, que uno marca en el primer viaje, para
no preocuparse más, durante ese lapso, del boleto.
En toda nuestra estadía jamás se nos requirió
que lo mostrásemos.
La ciudad tiene más de 170 museos (se están
haciendo esfuerzos ingentes para unificar las colecciones
que antes se hallaban separadas por el muro) y no hay manzana
en que no haya una grúa en un terreno en el que se
está construyendo. Las colecciones muestran un orden
humano y luminoso (por ejemplo, la espectacular Sammlung Berggruen
-tres pisos con obras de Picasso y dos con obras de Paul Klee-
que es una maravilla recorrer, en contraste con el caótico
Muso Picasso de Paris). Algunos edificios han sido reconstruidos
piedra por piedra, en su exterior e interior (por ejemplo,
el Domo de Berlín -y esto incluye los mosaicos, las
estatuas, el órgano- o el palacio de Charlottenburg,
con sus salas rococó). En otro, como la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche,
se ha preferido dejar las ruinas del edificio central y la
torre como testimonio, dedicar el interior a un museo de la
memoria, y añadir un campanario y una iglesia octogonal
en un estilo que contrasta. Por cierto, en esta última
asistimos a un ensayo de una cantata de Bach, lo que nos dio
oportunidad de ponernos en contacto anticipado con el inalcanzable
nivel musical alemán: cantantes e instrumentistas jóvenes,
pero de acabado estilo y refinamiento interpretativo. Y nuevos
sitios recuperan el pasado que algunos querrían no
recordar, como el Museo Judío del celebrado arquitecto
David Liebeskind.
1.
Orquesta Filarmónica de Berlín.
Director: Claudio Abbado.
Coros: Coro de Estocolmo, Coro de la Radio Sueca, Coro de
Niños de Tölz,
Solistas: Thomas Quasthoff, Karita Mattila, Rainer Trost,
Kurt Moll, Lisa
Larsson, Rachel Harnisch, Lioba Braun, Albert Dohmen, Elena
Zhadkova,
Patrick Henschens.
Programa: R. Schumann, Escenas del 'Fausto' de Goethe.
Auditorio de la Filarmónica de Berlín
La primer
velada nos llevó a los edificios de Hans Scharoun,
cuyo dorado exterior propone un parentesco imaginario con
el laminado barroco. A uno y otro lado del centro (la Philarmonie)
se hallan la sala de conciertos de cámara, y el notable
Museo de Instrumentos musicales (en el que, los sábados
a mediodía, se lleva a cabo una demostración
de uno de los pocos órganos de cine mudo existentes
en el mundo, que posee un sinnúmero de efectos para
acompañar todo tipo de acciones cinematográficas.
Por supuesto, el advenimiento del cine sonoro convirtió
en obsoleta la refinada artesanía). Asimismo aquí
es notable la amabilidad con que uno es recibido o conducido
hasta su localidad.
Por dentro, las diagonales que rodean sin conflicto la orquesta
(en tiempos de von Karajan, los berlineses habían pergeñado
el desdeñoso mote de 'Zirkus Karajani') permiten visión
y audición perfectas desde cualquier sitio, y ofrecen
un aspecto moderno pero de intensa calidez (en contraposición,
por ejemplo, a la frialdad en blanco y negro de la Bastille
parisina) que ya tiene un aire clásico pese a la polémica
que generara en su momento.
Por las visitas que nos hicieran los músicos, conocemos
ya su legendaria perfección sonora; no lo fue menos
la del coro y los solistas. Entre ellos, ese increíble
símbolo de una sociedad más integradora y de
menos fronteras que es Thomas Quasthoff, y Karita Mattila
(también conocida por nosotros, por su labor en la
legendaria producción de 'Simon Boccanegra' en el Colón),
y el espléndido tenor Rainer Trost.
2.
Deutsche Oper
Heinrich Marscher: 'Hans Heiling', ópera en tres actos
con libreto de Eduard Devrient (1832)
Dirección musical: Olaf Henzold
Dirección escénica: Philipp Himmelmann
Escenogafía: Johannes Leiecker
Vestuario: Jorge Jara
Intérpretes: Ute Walther, Wolfgang Schöne, Claudia
Barainsky, Kaja Borris, Clemens Bieber
Es una
pena que Marschner no sea conocido fuera de Alemania. En efecto,
este creador dramático-musical tiene una inspiración
y originalidad sorprendentes. Alguien podrá objetarle
haber llegado al borde de un territorio nuevo en el que no
se aventuró a entrar (y que otros, en especial Wagner,
penetraron). Pero en este caso las supuestas insuficiencias,
¿no contribuyen al encanto? Jamás cae, por ejemplo,
en la desmesura (precio que hubo de pagar don Ricardo) y mantiene,
junto al élan dramático, cierta elegancia mendelssohniana
que nunca pierde su equilibrio.
La inteligente puesta en escena de Himmelmann fue -para este
cronista- un anuncio de los derroteros del teatro musical
alemán, del que veríamos tres muestras más
antes de nuestra partida. No se admite una rutina de reposición
sin imaginación, y cada puesta en escena debe proponer
la actividad reflexiva del espectador. Los medios técnicos
del gran teatro berlinés hacen el resto; un foso orquestal
amplio y profundo brinda un colchón musical sobre el
que las voces (muy grandes, hay que reconocerlo) planean sin
esfuerzo. El escenario es levadizo, lo que permite graficar
la división entre el 'reino de los espíritus
de la tierra' y el 'mundo superior' de modo notable.
Al comienzo, un ejército de orfebres -cada uno en un
sitial propio- pule piedras mientras que el edípico
protagonista intenta en vano de escapar de su encierro falomaternal.
'Pobre madre sin hijo' es su despedida: al compadecerse de
su progenitora, carente de nominación paterna en que
sustentarse, puede anticiparse que su intento será
un fiasco. Una torre luminosa en el fondo de la escena sirve
de nexo conductor entre los niveles, y la tierra -en un toque
topológico 'a la Magritte'- es un interior-exterior,
con paneles de paisaje (una reseña mencionaba a Breughel
el viejo, pero es indudable la referencia al paisajismo romántico
alemán, que puede verse en todo su esplendor en la
recientemente abierta 'Alte Nationalgalerie' de la Isla de
los Museos) que alternan con puertas neoclásicas. De
convicción plena el desempeño de todo el elenco,
en especial del protagonista, Wolfgang Schöne.
3.
Staatsoper unter den Linden (Ópera del Estado "bajo
los tilos")
Joseph Haydn: Il mondo della Luna
Dirección musical: Renée Jacobs
Academia de Música Antigua de Berlin
Dirección escénica: Karoline Gruber
Escenografía y vestuario: Franz-Philipp-Schlössmann
Intérpretes: Kobie van Regensburg (Eclittico); Patricia
Risley (Ernesto); Enzo
Capuano (Buonafede); Elisabeth Scholl (Clarice); Iride Martínez
(Flaminia);
Silvia Tro Santa Fe (Lisetta); Scott Weir (Cecco).
Para llegar
a la Staatsoper, tomamos la "U-Bahn" y a poco de
salir de la estación cruzamos la imponente plaza del
Gendarmenmarkt, con los colosales Domos alemán y francés,
que enmarcan con su solemne simetría la enorme Casa
del Teatro. Algunas cuadras más, pasamos junto a la
Universidad Humboldt y la masiva Catedral de Santa Eduviges,
para llegar al bellísimo teatro.
Una sorpresa difícil de anticipar. Siempre pensé
en Haydn como un anodino segundo lugar a la sombra de Mozart,
pese a la inteligente, pero no siempre convincente frase de
Peter Ustinov, "cuando la superficie está tranquila
se puede ver mejor la profundidad". Nunca hubiese imaginado
una inspiración tan notable, a la que la descollante
puesta en escena de Karoline Gruber da un realce verdaderamente
insospechado.
Con la garantía, no de ilusorias "autenticidades",
sino de una musicalidad impecable, en la dirección
de Jacobs (¿recuerda el lector la ya legendaria "Poppea"
en el Colón?), puede suponerse que la chispa inicial
provenga de Sellars, pero el desarrollo creativo es exquisitamente
personal. Tomando a la letra la comedia italiana, los efectos
de distanciamiento de la traslación contemporánea
no hacen sino reforzar la comicidad, sin perder un ápice
de estilo.
De hecho, el probable origen peninsular del protagonista,
el inefable, ingenuo y testarudo Buonafede (Enzo Capuano,
de aspecto casi gemelar a Marcello Mastroianni en "Sostiene
Pereira") le permite morcillear (¡casi un tabú
en la ópera!) a sus anchas, con los efectos más
regocijantes que se pueda imaginar. A veces, un simple monosílabo
("¿no?") insertado genialmente entre un recitativo
y un aria, es suficiente para que uno no pueda evitar rodar
de risa por el piso.
Al levantarse el telón, el coro (cuatro cantantes en
mamelucos azules, gorrito de béisbol al tono y anteojos
3D sentados en un sofá y viendo la TV) ya provee la
atmósfera que hace falta. A Iride Martínez no
le cuesta, aparentemente, bailar como subida al parlante de
una disco (con Elisabeth Scholl y Silvia Tro Santa Fe como
laderas perfectas) mientras sus coloraturas son límpidas
como el cristal. Y a Lisetta le toca cantar su aria mientras
abre un planchador, acaricia amorosamente un pepino antes
de masacrarlo en rodajas con el cuchillo de cocina, para terminar
hachando salvajemente un pollo entero.
El "mundo de la luna" que construye Eclittico para
engañar al achacoso protagonista es una delicia camp:
exóticas palmeras de color verde flúo y un bar
en cuya pared metálica se despliega el pasacalle "benvenuto"
en el momento apropiado, territorio poblado de sonrientes
y amables travestis de portaligas, tacones y bandejitas, a
quienes Eclittico designa como "ninfe e pastore".
¡La imaginación al poder!
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El enorme
edificio prismático, con gigantescos afiches de los
espectáculos próximos, de la Ópera Cómica,
se halla tan sólo a tres (largas) cuadras de la Staatsoper,
sobre la elegantísima avenida "sobre los tilos"
(entre ellas pasaba antes el Muro). Una cuadra antes, el edificio
de la Deutsche Guggenheim alberga exposiciones temporarias.
Pude entrar en la instalación de Bill Viola, "Coming
forth by day": cinco videos en enormes pantallas sobre
cuatro paredes, con escenas que van desde la inmovilidad inmutable
hasta el vértigo engañoso, ya que el resultado
sigue siendo un estatismo que no impide la sobrecarga de significación.
Mucha gente sentada, parada o deambulando en el espacioso
interior oscuro: una interesante experiencia. Afuera, más
allá, la emblemática Puerta de Brandenburgo,
cubierta por una lámina y andamios que indican los
trabajos de restauración en curso.
A la entrada del teatro, una placa evoca la memoria de Walter
Felsenstein, el célebre director escénico que
impulsó un cambio significativo en el teatro musical.
Por dentro, un bello foyer con una escultura móvil,
y una sala con el característico foso orquestal amplio
y profundo.
Christof Nel desromantiza la fábula ingenua llevándola
a una actualidad en que la angustia inunda de modo masivo
a la pareja central, que no llega a tener ningún contacto
más que con sus propios fantasmas aterradores. La obertura
presenta a Max acosado por espectrales figuras masculinas
con trajes de novia blancos, y la atmósfera inquietante
es reforzada cuando el coro que se burla de él no lo
hace a cara descubierta, sino detrás de escena: sólo
las voces exhiben su sustancia inmaterial. Jaco Hujpen, antes
que un seductor convincente, es un "skinhead" fanático
que agrega su cuota de intolerancia, y el escenario giratorio
presenta un siniestro carnaval de violencia durante la escena
de la fundición de las balas asesinas. La corona fúnebre
que por puntual azar recibe Ágata no es más
que uno entre otros símbolos aterradores. Ni siquiera
el "eremita" logra destilar siquiera una gota de
reaseguramiento; El príncipe Ottokar no es más
que un hábil político, avezado en el arte de
la mentira frente a los medios. Lejos de la "buena forma",
la puesta en escena invade con un presentimiento suspendido
de una atrocidad futura.
5.
Neuköllner Oper
Winfried Radeke (arr.): "Gesualdo", un madrigal
escénico
Dramaturgia de Rudolf Panke
Escenografía y vestuario: Amparo Kuhlmann
Intérpretes: Michael Bielefeldt, Konstanze Gast, Viktor
Küpke, Linda Bettina
Ranch
El diminuto
teatro (se entiende que el calificativo designa una mera cuestión
de espacio, y de ningún modo las aspiraciones artísticas,
que no tienen nada que envidiar a sus hermanas mayores, cuya
descripción antecede) se halla en un suburbio, en la
Avenida Karl Marx (evidentemente, en el ex-lado oriental).
Como no figura en el mapa de mi guía, que se limita
al centro turístico, no sé cómo llegar.
Fácil solución: basta acercarse a alguna de
las columnas blancas en el andén del subterráneo,
presionar el botón 'i', y ya se emite una amable voz
que brinda de inmediato la información solicitada.
Casi oculto en una galería, sin cartel indicador, para
acceder al escenario hay que ascender una larga escalera en
cuyas paredes hay una muestra de arte (pinturas, máscaras,
instalaciones) con temas relacionados con la ópera
que he de ver, y hasta un grueso tomo acerca de la truculenta
vida de Gesualdo, que el visitante puede consultar a sus anchas,
de tener el tiempo suficiente. .. En el camino, un agradable
café y un puente hacia el edificio vecino, donde se
halla la entrada a la sala, en la que caben apenas cien personas.
Ya la idea es notable: combinar una serie de madrigales del
excéntrico príncipe de Venosa para narrar su
vida y aventuras. Cuatro cantantes, presentes desde el comienzo
en el pequeño escenario, alternan roles y trajes, a
la vez que sin obstaculizar su labor escénica, interpretan
la polifonía renacentista con estilo depurado (a veces
con el soporte del clave a cargo del director, quien asimismo
toca piezas breves en dicho instrumento, o en una flauta dulce,
a modo de interludios). Sobre la base de una cámara
negra, los elementos son escasos, pero de fuerte impacto;
la cercanía total con el público produce efectos
por su parte. Una 'jaula' de cuerdas extensibles grafica a
la vez el encierro y los diferentes entornos hostiles, del
protagonista.
Para un latinoamericano acostumbrado a recibir los madrigales
en italiano y con el estatismo concertante, la versión
alemana tiene algo "unheimlich" que, sin duda, contribuye
a la entusiasmante experiencia.
Una simple conclusión es que en Berlin, además
del nivel mde excelencia que no admite rival alguno, el teatro
musical ha alcanzado un punto de absoluta creatividad en el
que lo rutinario o repetitivo jamás podría encontrar
otra cosa que el más justificado de los rechazos.
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