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NMúsica Clásica
por Roberto Neuburger»n
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Cómo hacer una temporada de ópera
sin sucumbir en el intento, II
Música y teatro musical
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El Inglés de los Güesos.
Drama de Benito Lynch (versión de Arturo Cerretani y Marcos Bronenberg)
con música de Felipe Boero (1938) (Estreno)
Director de orquesta: José María Ulla
Director de escena: Horacio Pigozzi
Intérpretes: Arnaldo André (Mr. James Gray), Graciela Oddone (Balbina), Carlos Sampedro (Santos Telmo)
Teatro Argentino (La Plata), 9-6-02


Una sorpresa. Recuerdo con poco agrado la representación, ya pasada hace tantos años, de "El Matrero", ese curioso conglomerado ítalofolklórico insostenible, con insufribles ranchitos de cartapesta y gauchos con espuelas que se esforzaban (en vano) en alcanzar el do sobreagudo. De modo que emprendí al viaje a La Plata cargado de oscuros prejuicios casi inamovibles...
Y al llegar, el buen tino de Daniel Suárez Marzal se ocupó de deshacer cada uno de ellos.
Primero: la obra parece ser mucho más interesante que la mencionada ópera. Se trata de música incidental, ya casi sin el lastre del folklorismo híbrido ingenuo (o, si aparece, no es de modo evidente ni irritante), y con el saldo a favor de una inspiración no desdeñable y buena progresión dramática. El texto, desde luego, sufre el correr de los años, pero los rasgos de violencia que no dejan de retornar hacen que se sostenga y encuentre su justificación al emparentarse -después de todo- con nuestro presente.
En segundo lugar, la puesta en escena. Hubiese sido desastroso volver a ver el ranchito y la Pampa pintarrajeada en decorados corpóreos (o no). Pero Pigozzi evitó lo que fácilmente podría haber sido una catástrofe y puso inteligencia en su lugar. Des-folklorizó, des-turistizó, se alejó resueltamente del estereotipo for export y realizó un entorno de abstracción austera, mucho más agreste que cualquier convencionalismo. Consigue así una lectura que multiplica las significaciones, exigencia mínima para un decir contemporáneo.
Y, por último, el acierto en la elección de los intérpretes. André, muy lejos de la exterioridad de la telenovela, personifica un Inglés sobrio y distanciado, que aún posee reservas para momentos álgidos. Graciela Oddone jamás da un paso en falso y se siente cómoda tanto cuando canta como cuando no lo hace. Y Sampedro, si bien tiene sus dificultades con su aria (tesitura demasiado exigente) se desenvuelve de modo excelente el resto de la obra (la dificultad mayor es que Balbina y Santos sólo tienen tres momentos musicales que, por su dificultad musical, no podrían ser resueltos por actores, pero todo el resto de su trabajo es sin canto). El resto se mueve en un discreto localismo que podría bien ser actual, sin tintas cargadas ni hipérboles emotivas. Con ese marco, el intermedio de danzas puede brillar sin caer en un telurismo trasnochado.

Las Bodas de Figaro
Opera en dos actos de Lorenzo da Ponte
(según la comedia de Beaumarchais) y Wolfgang Amadé Mozart.
Director de orquesta: Jorge Carciófolo
Director de escena: Alberto Félix Alberto
Intérpretes:
Luis Gaeta (Conde), Ana Ibarra (Condesa). Eliana Bayón (Susanna). Gustavo Gibert (Figaro), Adriana Mastrángelo (Cherubino)
Teatro Colón, 16-6-02
La temporada del Colón sigue siendo inquietante. La puesta en escena de Alberto Félix Alberto se halla tan cargada de ambigüedades que no sólo se presta a controversia sino que podría llegar hasta la escisión psíquica... por asociar con uno de los últimos apuntes, publicados póstumamente, de Freud. De modo que, lo quiera o acepte uno o no, ha logrado incrementar los planos de interpretación de una ópera cuya frecuencia amenaza con convertirla en uno de esos monstruos sagrados que nadie puede tocar. Alberto, sin embargo, sabe mantener cierta cobertura de convenciones con las que evita la ruptura desembozada, pero que se revelan como una superficie más en el conjunto.
Asimismo hay una simetría de los recursos en la sumatoria de cuadros: así, los impares presentan un espacio despojado, a la manera de cajas chinas que van abriendo o cerrándose, con escasos elementos corpóreos (sillas, un colchón enrollado) y que alternan con la desmesura de los cuadros pares: la habitación de la Condesa se halla cubierta por murales de Ricardo Cinalli, con sus figuras desnudas descomunales y de carnes abultadas (las de Rubens , en comparación, parecen anoréxicas) pero la decadencia las ha descascarado. Y en el último las figuras adquieren status tridimensional, como esculturas rodeadas por ejércitos de conejitos de jardín, un exceso de kitsch que deja a Roberto Oswald a la altura de principiante. En similar vena, cada vez que aparecen campesinos lo hacen arrastrando enormes chanchos, burros y vacas. Pero se trata, no olvidemos, de una comedia de intrigas entre aristócratas y burgueses; para señalar que el tiempo de los primeros se está agotando, Alberto inunda los finales de los cuadros I y IV con cohortes revolucionarias en acción bélica, acompañados de gordas prostitutas en enaguas. Susanna indica su status de objeto erótico exhibiendo un enorme corazón rojo en las asentaderas, y su ecuanimidad se traduce en una peluca negra en torre, a la Marge Simpson. Pero todos, en general, reiteran el exceso en cada peluca particular, más colorida y exagerada que la del otro.
El efecto es acrecentado por la dirección musical de Carciófolo, que extrema la vivacidad de los tiempos, al punto que (al menos en la primer función) algunos cantantes apenas podían seguirlo jadeando. Lo que no les impedía, en modo alguno, mantener el estilo y la intención interpretativa. Es un hecho histórico comprobado una y otra vez, que las Bodas requieren un equipo ajustado y de frecuentación habitual, antes que un conjunto de importados que se encuentran quince días antes del estreno, por más enciclopédicos que sean sus curricula. Y, sin duda alguna, dicho orden de cosas volvió a afirmarse esta vez: la única extranjera contratada no lograba integrarse al aceitado ensamble restante. En suma: un Figaro musicalmente interesante y escénicamente complejo y cuestionador, al que, por cierto, no será fácil habituarse.

Festival Stravinsky: Pulcinella, La Historia del Soldado, Mavra.
Director de orquesta: Emiliano Greizerstein
Director de Escena: Horacio Pigozzi
Coreografía(Pulcinella): Miguel Ángel y Cecilia Elías
Intérpretes: Graciela Oddone, Susanna Moncayo, Mariana Rewerski, Carlos Ullán, Armando Noguera, Nahuel di Pierro, Vanesa Mautner; Andrea Bonelli (narradora), Alejandro Urdapilleta (Diablo), Daniel Hendler (Soldado).
Teatro Avenida (Juventus Lyrica), 17-6-2002

Un acierto más de Juventus Lyrica y del Wonder Boy Emiliano Greizerstein. A la excelente Mavra del año pasado (aunque esta vez a Noguera lo han privado de su striptease, lo que no impide comprobar que le vendrían bien unos abs en el gimnasio; mientras tanto, su línea vocal es cada vez más perfecta) hay que sumar un chispeante Pulcinella, en el que los cantantes (¿qué puede agregarse ya acerca de las insuperables Graciela Oddone y Susanna Moncayo? Y Ullán y di Pierro, por cierto, hacen muy buena tarea) se integran en escena con los bailarines, y hasta deben realizar alguno que otro step de kickboxing. Y una ascética versión de La Historia del Soldado, en la que Andrea Bonelli despliega su seducción rodeando cada frase de un silencio sugestivo, Urdapilleta caracteriza al Diablo con una violencia muy contenida pero claramente perceptible (y que explota finalmente en los Couplets) mientras que a Hendler se le va un poco la mano con el distanciamiento (hasta su slacker de 25 Watts tenía un poco más de carne). En lo musical, la orquesta es excelente en la ópera y el ballet, mientras que en el conjunto de Soldado aparece el eterno talón de Aquiles de la obra: la parte de corneta a pistón, imposible tal vez de escuchar limpiamente. Lo que no disminuye el encanto de la obra, que se mantiene incólume a través de los años y en cada nueva versión (los memoriosos, ¿recuerdan la del di Tella, con Ariel Bianco y Marcos Mundstock?).

Hildegard (Mujeres) Texto de Elena Vinelli, música de Marta Lambertini.
Director musical: Marcelo Delgado
Dirección de escena: Pina Benedetto
Intérpretes: Susanna Moncayo (Hildegard), Kathryn Power (Richardis), Norberto Marcos (Volmar), Carlos Sampedro, Juan Barrile (Monjes), Ana María Moraitis (Fanny), Jacinta Lanusse (Alma), Clodomiro Forn y Puig (Diabolus), Cecilia Jakubowicz (Clara).
CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), 28-6-02

Obra concisa e intensa, Mujeres es un lamento femenino acerca del silenciamiento de la música producida por ellas, a cargo del siniestro y hegemónico universo masculino. ¿Retorno de lo reprimido, luego de tan sólo ocho siglos? Pina Benedetto lo presenta en un austero espacio invertido (el auditorio del CETC tiene, esta vez, las gradas donde habitualmente se halla la escena, y los cantantes se desplazan donde antes entraba el público) en el que las interesantes texturas que propone Lambertini planean con una tensión que no cede. Las voces resuenan con proyección inquietante, en especial la de Susanna Moncayo; los ascendentes Forn y Puig y Marcos son mucho más que una promesa, junto a los ya experimentados Sampedro y Barrile; las restantes mujeres, Power, Jakubowitz, Lanusse, Moraitis, agregan sugestión y excelente línea). La muy ajustada e intensa dirección de Marcelo Delgado sostiene maravillosamente el decurso, más meditativo que activo, de la tranquila pero insistente (y poética) protesta femenina.
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