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| Pasión irregular |
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Pasión
según San Juan, BWV 245 de J. S. Bach:
Director: Mario Videla
Camerata Bariloche (Fernando Hasaj, 1er violín)
Grupo de Canto Coral (Néstor Andrenacci, dir.)
Gerd Türk (Evangelista), Marcos Fink (Jesús), María Bisso,
s.; Bernarda Fink, a.; Makoto Sakurada, t.; Víctor Torres, b.
Teatro Colón, 05-07-02
Cuestión
difícil y controvertida: definir el criterio de la interpretación.
Muy lejos ha quedado el romanticismo mendelssohniano -que culminara en los
desbordes fastuosos a la Karajan- tras el creciente peso de la práctica
historicista (que, en las obras corales de Bach, tiene aún un subcapítulo:
¿se asigna las arias de soprano y contralto a niños varones
-mulier tacet in eclessiam- o a divas adultas?). Para no hablar de la magnitud
de las fuerzas corales: ¿se convoca a una multitud, o se sigue a
Joshua Rifkin y se economiza hasta las últimas consecuencias -cuatro
y nada más, para ser exactos...). Generalmente se opta por el prudente
y justo medio aristotélico (la solución Rilling) que usa instrumentos
modernos pero limita el número de estos y del coro, con cantantes
adultos sin discusión. El oyente decidirá si el resultado
llega o no a Roma...
En la ocasión, la versión, decididamente, sigue a Rilling,
con añadidos algo pintorescos. El coro no es pequeño, pero
tampoco grandilocuente. Es curioso hallar en contigüidad un cello moderno
de amplio vibrato con una viola da gamba que carece de éste, y flautas
de metal al lado de una teorba. Aún más evidente es el caso
de los solistas, con un Evangelista de estilo absolutamente perfecto, que
logra un extraordinario dramatismo simplemente por su intensidad y no por
su volumen, un Jesús de excelente dicción y presencia, una
contralto con coloraturas clarísimas, un bajo de buena línea
vocal aunque algo pálido, con una soprano y un tenor con poca conciencia
de estilo y/o en una noche poco feliz. |
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| Relaciones
peligrosas |
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La
Fanciulla del West, ópera en tres actos de Giacomo Puccini, con libreto
de Civinini/Zangarini según el drama de Belasco
Director de orquesta: Mario Perusso
Director de escena: Marcelo Lombardero
Intérpretes: Daniel Muñoz (Johnson/Ramírez), Olga Romanko
(Minnie), Luis Gaeta (Jack Rance, el sheriff), Luciano Garay (Sonora)
Teatro Colón, 03-08-02
En tiempos
de vacas flacas, era arriesgado programar una ópera italiana verista,
muy atada a cierta tradición estática -que sólo una
propuesta verdaderamente exhaustiva, sin compromiso con las convenciones,
puede movilizar- y que requiere intérpretes de condiciones vocales
y escénicas de alto calibre.
La inteligencia de Lombardero (hubiese sido más razonable verlo en
el papel del sheriff) no le alcanzó esta vez para desprenderse de
los marcos habituales y transitados; el añadido de aperturas y cierres
de escena con proyecciones a la manera de un film no disimulan el contexto
plenamente tradicional, que conserva sin mucho cuidado del detalle. Precisamente
este último aspecto presenta el carácter más irritante:
la falta absoluta de entrega de los cantantes. La diva inmaculada sólo
le ofrece al tenor -que acaba de aullar (literalmente) un bacio, un bacio
solo - una miserable, casta y muy amarreta mejilla. ¿Temor al contagio,
quizás? ¿O hay que reconocer que la estaca de madera (no muy
sexy que digamos, con sus kilos de más) que le pide ese don inalcanzable
no se merece otra cosa?
Al lado de los lavados protagonistas, Luciano Garay fue el único
que ofreció una actuación comprometida. Pero ay, se trata
de un papel menor. ¿Cuándo le darán algo acorde con
su talento? |
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| La furia
del talento amenaza desde el underground |
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Xenakis-Perséfone.
Espectáculo con obras para percusión de Iannis Xenakis: Okho
(1989), para tres tambores africanos, y Persephassa (1969) para seis percusionistas,
esta última con coreografía de Alejandro Cervera
Intérpretes: Paralelo 33 (Pablo La Porta, director) y bailarines
(Paula Rodríguez, Miguel Ángel Elías, Marina Giancaspro,
Leonardo Haedo)
CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), 09-08-02
Es
frecuente que los eventos del subsuelo del Colón alcancen logros
mayores que los de la sala grande. Es el caso de este impactante espectáculo,
cuyos cuarenta y cinco veloces minutos condensan una fuerza arrolladora,
aplastante, imparable. La coreografía de Cervera presenta recursos
sencillos y despojados pero altamente eficaces, dando forma, una vez más,
a un axioma: sólo cuando el sustrato musical es de jerarquía,
puede la danza tener carácter más allá del virtuosismo
o la acrobacia. Los bailarines logran un ritual comprometido y apasionante,
a la par de los percusionistas, que despliegan en Persephassa -tras la introducción
con Okho, casi tranquila y lírica al ser apreciada retroactivamente-
una espectacular y calibrada furia salvaje, conmovedora, implacable. |
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