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| Bel canto,
o no tanto |
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L'Elisir
d'Amore. Ópera en dos actos, de Gaetano Donizetti con libreto de
Felice Romani.
Director de orquesta: Reinaldo Censabella
Director de escena: Carlos Palacios
Intérpretes: Raúl Giménez (Nemorino), Paula Almerares
(Adina), Gustavo Gibert (Belcore), Luis Gaeta (Dulcamara).
Teatro Colón, 29-09-02
Con
el término bel canto suele asociarse la producción operística
italiana romántica de la primera mitad del siglo XIX. Se elige la
melodía vocal como parámetro excluyente, y todo el ámbito
sonoro se restringe y reduce a la misma; cualquier cosa en torno a ella,
debajo, encima o en cualquier sitio desaparece en un segundo plano o simplemente
no existe. El texto es una excusa intrascendente, la armonía es un
rudimento más que previsible (una secuencia fija de acordes inamovibles),
la orquesta no se diferencia de un instrumentillo acompañante apenas
funcional. Si el Cielo provee al compositor de una melodía que pueda
sostenerse solita, todo bien. Si no, preparen los bostezos.
¿Qué actualidad puede tener un producto de consumo rápido
de casi dos siglos, sin espesor ni dimensión? Como hecho escénico,
después de todo, sólo una concepción que multiplique
los planos y le asigne alguna hondura podría hacer del mismo algo
más que una herrumbrada pieza de museo.
Carlos Palacios intentó rodear la ingenuidad de la propuesta con
reproducciones a escala real de imágenes de Van Gogh. ¿No
es una receta probada para obtener kitsch? Agréguense labradores
y campesinas inmóviles que completen el panorama, y decida el espectador.
Se apostó todo, por lo tanto, al brillo vocal. Hay que reconocer
que no estuvo ausente: Raúl Giménez lo tiene, por cierto,
y no le falta arrojo en su movimiento en el escenario. Luis Gaeta (quien
tiene a su cargo el único momento más o menos interesante
de la ópera, la escena Udite, udite o rusteghi) logra divertirse
y divertir, lo que dadas las circunstancias no es poco. Paula Almerares
tampoco desentona, aunque pueda encontrársela bastante limitada en
su microscópico encasillamiento de Adinas y Norinas
(1). ¿No hay espacio para algo de curiosidad musical -nadie
sería tan cruel para sugerirle que el tiempo ha pasado, el mundo
es otro, etc.- más allá de lo que supone que protege y cuida
su celestial e intocable capital vocal?
(1)
En una entrevista publicada en "Clarín" asegura que ni
por asomo condescendería a intentar "saltos y acrobacias inútiles"
(por el contexto, es evidente que se refiere a la música algo más
nueva). Uno podría preguntar si lo que canta no son, precisamente,
acrobacias y saltos ligeramente inútiles. |
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La
Cenernetola. Ópera en tres actos de Gioacchino Rossini, con libreto
de Jacopo Ferretti.
Director de orquesta: Fernando Álvarez
Director de escena: Norma Aleandro
Intérpretes: Alicia Cecotti (Angelina), Eduardo Ayas (Ramiro), Juan
Rodó (Dandini), Juan Barrile (Don Magnifico), Leonardo López
Linares (Alidoro), Mónica Philibert (Clorinda).
Teatro Argentino (La Plata), 04-10-02
Sin embargo,
en este panorama restringido que con frecuencia se pretende hacer pasar
por único (a veces se tiene la sensación de que en Italia
se ignora el propio pasado musical anterior o posterior al romanticismo
decimonónico, y ni hablar del presente o de épocas recientes),
Rossini aporta una gota de delicada melancolía, algún tenue
destello de herencia mozartiana que, al menos, le da a algunas de sus creaciones
un toque de distanciamiento y sensación de trasfondo que permiten
algún respiro. Hasta contribuyen para que el espíritu cómico
no se vuelva enteramente banal.
Norma Aleandro supo aprovecharlo plenamente con una escenificación
austera, libre de elementos agregados innecesarios, inteligente y cuya severidad
no impidió en absoluto que dos de los intérpretes -Barrile
y Rodó- dieran rienda suelta a sus desenvueltas posibilidades de
diversión escénica. Asimismo los conjuntos fueron resueltos
de modo muy musical. Y había otra novedad, el uso de un fortepiano
de época en lugar del habitual pero anacrónico clave, por
primera vez en estas playas (¡cuántos ejemplares valiosos similares
dormirán en tantos otros museos del país, sin presupuesto
para su restauración!). También es inhabitual la inclusión
del aria de Clorinda, (Ah, disperata!) -frecuentemente suprimida- muy bien
expuesta por Mónica Philibert. Un par de toques de distinción,
que por cierto no vienen mal.
Ay, los pasajes rápidos que Rossini exige no siempre fueron expuestos
con la agilidad requerida. Lo que no empaña la extraordinaria posibilidad
que nos da el Teatro Argentino de ver ópera en su hermosa sala, cosa
que en los actuales momentos es casi un lujo improbable. |
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