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NMúsica Clásica
por Roberto Neuburger»n
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Bel canto, o no tanto
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L'Elisir d'Amore. Ópera en dos actos, de Gaetano Donizetti con libreto de Felice Romani.
Director de orquesta: Reinaldo Censabella
Director de escena: Carlos Palacios
Intérpretes: Raúl Giménez (Nemorino), Paula Almerares (Adina), Gustavo Gibert (Belcore), Luis Gaeta (Dulcamara).
Teatro Colón, 29-09-02


Con el término bel canto suele asociarse la producción operística italiana romántica de la primera mitad del siglo XIX. Se elige la melodía vocal como parámetro excluyente, y todo el ámbito sonoro se restringe y reduce a la misma; cualquier cosa en torno a ella, debajo, encima o en cualquier sitio desaparece en un segundo plano o simplemente no existe. El texto es una excusa intrascendente, la armonía es un rudimento más que previsible (una secuencia fija de acordes inamovibles), la orquesta no se diferencia de un instrumentillo acompañante apenas funcional. Si el Cielo provee al compositor de una melodía que pueda sostenerse solita, todo bien. Si no, preparen los bostezos.
¿Qué actualidad puede tener un producto de consumo rápido de casi dos siglos, sin espesor ni dimensión? Como hecho escénico, después de todo, sólo una concepción que multiplique los planos y le asigne alguna hondura podría hacer del mismo algo más que una herrumbrada pieza de museo.
Carlos Palacios intentó rodear la ingenuidad de la propuesta con reproducciones a escala real de imágenes de Van Gogh. ¿No es una receta probada para obtener kitsch? Agréguense labradores y campesinas inmóviles que completen el panorama, y decida el espectador.
Se apostó todo, por lo tanto, al brillo vocal. Hay que reconocer que no estuvo ausente: Raúl Giménez lo tiene, por cierto, y no le falta arrojo en su movimiento en el escenario. Luis Gaeta (quien tiene a su cargo el único momento más o menos interesante de la ópera, la escena Udite, udite o rusteghi) logra divertirse y divertir, lo que dadas las circunstancias no es poco. Paula Almerares tampoco desentona, aunque pueda encontrársela bastante limitada en su microscópico encasillamiento de Adinas y Norinas (1). ¿No hay espacio para algo de curiosidad musical -nadie sería tan cruel para sugerirle que el tiempo ha pasado, el mundo es otro, etc.- más allá de lo que supone que protege y cuida su celestial e intocable capital vocal?

(1) En una entrevista publicada en "Clarín" asegura que ni por asomo condescendería a intentar "saltos y acrobacias inútiles" (por el contexto, es evidente que se refiere a la música algo más nueva). Uno podría preguntar si lo que canta no son, precisamente, acrobacias y saltos ligeramente inútiles.

La Cenernetola. Ópera en tres actos de Gioacchino Rossini, con libreto de Jacopo Ferretti.
Director de orquesta: Fernando Álvarez
Director de escena: Norma Aleandro
Intérpretes: Alicia Cecotti (Angelina), Eduardo Ayas (Ramiro), Juan Rodó (Dandini), Juan Barrile (Don Magnifico), Leonardo López Linares (Alidoro), Mónica Philibert (Clorinda).
Teatro Argentino (La Plata), 04-10-02


Sin embargo, en este panorama restringido que con frecuencia se pretende hacer pasar por único (a veces se tiene la sensación de que en Italia se ignora el propio pasado musical anterior o posterior al romanticismo decimonónico, y ni hablar del presente o de épocas recientes), Rossini aporta una gota de delicada melancolía, algún tenue destello de herencia mozartiana que, al menos, le da a algunas de sus creaciones un toque de distanciamiento y sensación de trasfondo que permiten algún respiro. Hasta contribuyen para que el espíritu cómico no se vuelva enteramente banal.
Norma Aleandro supo aprovecharlo plenamente con una escenificación austera, libre de elementos agregados innecesarios, inteligente y cuya severidad no impidió en absoluto que dos de los intérpretes -Barrile y Rodó- dieran rienda suelta a sus desenvueltas posibilidades de diversión escénica. Asimismo los conjuntos fueron resueltos de modo muy musical. Y había otra novedad, el uso de un fortepiano de época en lugar del habitual pero anacrónico clave, por primera vez en estas playas (¡cuántos ejemplares valiosos similares dormirán en tantos otros museos del país, sin presupuesto para su restauración!). También es inhabitual la inclusión del aria de Clorinda, (Ah, disperata!) -frecuentemente suprimida- muy bien expuesta por Mónica Philibert. Un par de toques de distinción, que por cierto no vienen mal.
Ay, los pasajes rápidos que Rossini exige no siempre fueron expuestos con la agilidad requerida. Lo que no empaña la extraordinaria posibilidad que nos da el Teatro Argentino de ver ópera en su hermosa sala, cosa que en los actuales momentos es casi un lujo improbable.
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