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NMúsica Clásica
por Roberto Neuburger»n
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Una buena...
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Don Pasquale, ópera en tres actos de Gaetano Donizetti con libreto de Giovanni Rufini
Director de orquesta: Antonio Russo
Director de escena: Florencia Sanguinetti
Intérpretes: Oreste Chlopecki (Pasquale), Gabriel Centeno (Ernesto), Cecilia Layseca (Norina), Sebastián Sorarrain (Malatesta)
Juventus Lyrica, Teatro Avenida, 01-09-02


Mientras el Colón cancela, suspende y otra vez cancela títulos anunciados desde principios de año por exceder presupuesto, es admirable como Juventus Lyrica insiste, acierta y gana. Con realizaciones sencillas (vestuario y particelle prestadas por el Gran Hermano), pero que dan en el blanco.
Florencia Sanguinetti no pretende, evidentemente, abrir caminos nuevos, pero tampoco ir más allá de las estrictas posibilidades; logra, sin embargo -y en esto la juventud de los intérpretes le presta una buena mano- chispa y espíritu. Siempre sospeché que la delicada e ingenua comedia italiana tiene más lógica en un teatro de proporciones reducidas que en el monstruo de Lavalle y Tucumán. La reconstrucción art déco del Avenida añade encanto a la propuesta. Russo consigue en la orquesta transparencia, entusiasmo y ligereza, un fondo en el que los cantantes pueden moverse con habilidad y soltura; Layseca, Chlopecki, Centeno y Sorarrain forman un equipo sin fisuras, que despierta sonrisas en todo momento. Y el coro muestra una precisión y ajuste que, pese a sus breves intervenciones, pone el resto para una función simplemente encantadora.

Los gozos y las sombras (o viceversa)
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Dido y Eneas (1689), ópera de Henry Purcell con libreto de Nahum Tate
Director de orquesta: Pedro Ignacio Calderón
Director de escena: Roberto Oswald
Coreografía: Diana Teocharidis
Intérpretes: María Luján Mirabelli (Dido), Luciano Garay (Eneas), Laura Rizzo (Belinda), Alejandra Malvino (Hechicera).

El castillo del Duque Barba Azul (1918), ópera de Béla Bártok con libreto de Béla Bálasz
Director de orquesta: Pedro Ignacio Calderón
Director de escena: Roberto Oswald
Intérpretes: Alejandra Malvino (Judit), Marcelo Lombardero (Barba Azul)

Teatro Colón, 29-08-02


Una de arena y una de cal. Es difícil imaginar más flaco favor a la obra maestra de Purcell que esta nueva producción del Colón. Todo parece conspirar para demostrar que se trata del más aburrido de los esperpentos. La puesta en escena no parece encontrar rumbo en ningún momento, entre el envaramiento del rimbombante vestuario y la grandilocuencia estatuaria de una rutina artificiosa y pasatista. Hasta la habitualmente imaginativa coreógrafa ve deslucida su labor (y con ella, la del grupo de excelentes acróbatas, en otras circunstancias de actuación mucho más feliz) y naufragados sus esfuerzos por un entorno que los ahoga sin remedio. Las brujas y la hechicera dicen que harán perecer a Dido, arder toda Cartago y otras tantas desgracias, pero sus malignos afanes parecen haberse concentrado más en hacer fracasar esta puesta en escena y esta interpretación (y, con ésta, a ellas mismas...).
Cuando en Buenos Aires hay casi un exceso de cantantes y músicos especialistas en el barroco, instrumentos de época, etc., se recurre precisamente a los entrenados en la ópera romántica italiana, a los que les falta la menor idea del estilo, de los affetti, de la limpieza en la ejecución de pasajes rápidos, con las cuerdas aplicando vibrato a rajatabla, etc., etc. Probablemente el error esté presente desde antes de comenzar, ya que la versión que guarda el teatro en archivo corresponde a una época en que faltaban los elementos de investigación musicográfica imprescindibles; pero ay, en las circunstancias actuales es quimérico pensar en su reemplazo. De modo que los espectadores jamás sabrán lo que se pierden.
Pasa el intervalo y el panorama cambia, en un giro de 180º, ya que asistimos a una versión histórica de la colosal ópera de Béla Bártok (1). Por un lado, Calderón aquí está en su salsa (antes, con Purcell parecía metido en un chaleco de fuerza), y todos los detalles de la maravillosa escritura del autor destellan y relucen. Y los espectros de Transilvania y/o aledaños parecen haber -si no iluminado- al menos resguardado a Oswald de sus habituales excesos, y si bien no le concedieron mayor imaginación (no puede ni remotamente compararse con el vuelo que Willy Landín mostró con la misma ópera en 1995), tuvo el recato de no incurrir en errores severos. Al menos hasta casi el final, en el que las mujeres de Barba Azul se quitan ceremoniosamente sus estolas por turno como si estuviesen desfilando en el Fashion Emergency Show.
Pero nada, ni eso, puede impedir que el compromiso, la entrega vocal y física de dos sublimes intérpretes alcance uno de los momentos de mayor voltaje emocional de todo el año. Marcelo Lombardero -ciertamente uno de los mayores talentos que ha dado el Colón en los últimos tiempos- ha hecho absolutamente suya, propia e intransferible, la figura de Barba Azul, y cada frase tiene un peso y una verdad que muy fácilmente se pone a la par de los gloriosos intérpretes anteriores de la obra en este Teatro. Desde que entra en escena se tiene la inquietante sensación de que algo va a suceder. Y vaya si sucede. Alejandra Malvino ciertamente no le va en zaga; su Judit es lírica y reflexiva antes que dominante y dramática, pero lo notable es la potenciación mutua que alcanzan, a grado tal, que consiguen uno de esos momentos tal vez únicos e irrepetibles.

(1) Es una pena que siempre se descarte el Prólogo (declamado sin música), ya que introduce el clima adecuado mientras el telón se levanta; las últimas palabras coinciden con los primeros compases orquestales.


Todavía cantamamos
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Alceste (1767), ópera de Christoph Gluck con libreto de Ranieri de Calzabigi (trad. francesa)
Director de orquesta: Carlos López Puccio
Director de escena: Roberto Aguirre
Intérpretes: Virginia Correa Dupuy (Alceste), Eduardo Ayas (Admète), Alberto Jáuregui Lorda (Hercule y Gran Sacerdote)
Teatro Argentino (La Plata), 13-09-02


¡Albricias, el Teatro Argentino parece revivir y reanimarse! Y precisamente con Alceste, a quien, según comenta Fedro en el Banquete platónico (retomado por Lacan en el Seminario sobre la Transferencia) los dioses permitieron, como excepción, que su psique volviera a ascender desde el Ades hacia el Olimpo, para compartir con ellos su sitial (1).
Por esta producción, el Teatro Argentino probablemente también merezca glorias olímpicas. Me comentaba el vestuarista, Horacio Pigozzi, que trabajó con elementos mínimos y de bajo costo. Y el resultado es espléndido, ya que la puesta de Aguirre da en el clavo alcanzando, mediante una inteligente austeridad de ningún modo exenta de imaginación, la solidez hierática que el clasicismo despojado exige. Esculturas de yeso blanco, reminiscentes de Marino Marini o de Henry Moore rodean al coro (excelente), evocando rituales estrictos y gestos arcaicos; una tumba espectral rematada por una pantalla en la que un gran ojo abierto congela la mirada de los asistentes deja lugar, en el acto que sigue, a un gran vacío rodeado por sillas rígidas, que se derrumban al revelarse el inminente sacrificio. Virginia Correa Dupuy -una protagonista de relieve, artesanía e inteligencia- encuentra un espacio propicio para sus certeros e insistentes lamentos e invocaciones (por otrta parte, con el coraje adecuado al rol, no le tiene miedo a los bronces de Divinités du Styx), en tanto Eduardo Ayas logra a la vez elegancia y expresividad. Sin duda, mérito de la seguridad de estilo de López Puccio (la orquesta alcanza momentos de especial fuerza comunicativa), lo que muestra -a diferencia de la extraviada Dido del Colón- la manera de proceder si se quiere que un revival tenga sentido o actualidad, y no provoque bostezos.


(1) En su impresionante comentario del texto clásico, Iannis Sykoutris considera el discurso del pater tou logou como el menos logrado, superficial en su recurso filológico-retórico (paranomasis) característico del dilettante y hasta errado en sus ejemplos de heroismo (a la figura femenina se la compara con Orfeo y con Aquiles) (Platón, Symposion, Ed. Academia de Atenas, Estías, Atenas, 1995)

Perfume francés
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Las criadas, pieza de Jean Genet
Puesta en escena: Alfredo Arias
Intérpretes: Marilú Marini (Solange), Laure Duthilleul (Claire), Alfredo Arias (Madame)
CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), 14-09-02


Una sorpresa, ya que el plástico espacio, siempre adaptable, del CETC habitualmente alberga eventos musicales. La puesta en escena de Arias ha sido muy elogiada -y con razón- por la crítica francesa; las dos mujeres alcanzan una compenetración singular con sus criadas, en tanto la grotesca drag queen del director provoca el mayor impacto en el público, que es obligado a asistir al despojamiento progresivo de todos sus atributos físicos: las bonnes no se contentan con sacarle la ropa, y le sacan pechos, caderas y hasta el rostro, antes que ella se evada para sustraerles el coup fatal del envenenamiento.
¡Un excelente comienzo de la productora Tintas Frescas (junto con Action Artistique) de quien por cierto esperamos más sucesos inquietantes!
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