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NMúsica Clásica
por Roberto Neuburger»n
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Un burgués no tan pequeño
y otros acontecimientos de la lírica - Parte II
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Pasiones que vivifican
J. S. Bach: Pasión según Mateo, BWV 244
Director: Mario Videla
Camerata Bariloche (Fernando Hasaj, 1er violín)
Grupo de Canto Coral (Néstor Andrenacci, dir.)
Hans-Jürg Rickenbacher (Evangelista), Marcos Fink (Jesús), Mónica Philibert, s., Bernarda Fink, a., Víctor Torres, b. (Pilato), Alejandro Meerapfel, b. (Judas)
Teatro Colón, 11-7-03
Uno de los picos absolutos del arte europeo (Brecht, con amargura y acidez, dice en los Diálogos de Fugitivos que todo alemán se siente autor de La Pasión según San Mateo y de La Viuda Alegre), expuesto con criterio Rilling (véase Psyche-navegante de agosto 2002) y con mejor fortuna que la edición San Juan del año pasado. Sin alcanzar la hondura elocuente de su colega Türk, Rickenbacher sostiene la ciclópea parte del Evangelista –a la que añade las arias de tenor– con solvencia; logran impresionar por la concentración expresiva Marcos y Bernarda Fink (esta última participa inadvertidamente y sotto voce en los Corales, índice de su compromiso), con muy buenas faenas de Meerapfel y Torres –y, por supuesto, del admirable GCC en todas sus diferentes fuerzas y posibilidades.

El CETC sigue pisando fuerte
Instantáneas, trabajo de composición en residencia: coordinado y dirigido por Santiago Santero
Instantánea I: Música de Lucas Fagin, coreografía de Rodrigo Pardo
Instantánea II: Música de Cecilia Candia, coreografía de Soledad Pérez Tranmar
Instantánea III: Música de Gabriel Paiuk, coreografía de Gerardo Litvak
Instantánea IV: Música de Martín Ferres, coreografía de Ana Garat
CETC (Teatro Colón), 12-7-03
Cuatro piezas, las tres primeras con una evidente unidad de estilo en coreografía, utilización del espacio escénico y sostén musical –la inicial con el atractivo de una cámara de video que registra lo que sucede detrás de escena, convirtiéndose alternativamente en espejo–, y una cuarta que se desprende de aquéllas en todos los aspectos mencionados. Experiencia feliz en impulso e interés dramático, seguida con entusiasmo por muy abundante público joven, destinatario natural del proyecto.

Pensamientos exteriorizados... y desencuentros
Un quinteto. Música y dirección de Ana Foutel, texto de Luis Cano. Intérpretes: Esther Apelbaum (piano), Martín D’auria (flauta, saxos), Gabriela Goldenberg (piano), Emiliano Lorenzo (contrabajo), Federico Landaburu (clarinete)
Taller de Experimentación Escénica de la Fundación Antorchas
CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), 16-5-03
Antes, durante y después de ponerse a tocar, una voz en off exterioriza los pensamientos, la situación, los gestos de un grupo de músicos (y los correspondientes, hipotéticos, del público). Pero ya sabemos que entre ellos no todo es armonía: si no fuera por la “acción escénica”, bastaría pensar en Prova d’orchestra (Fellini), de la cual esta media hora acusa más de una reminiscencia.
Hubiese sido interesante presenciar la tercera entrega del Taller, “En casa” de Luciano Suardi. Pero los erráticos cambios de horario – sin previo aviso – de las funciones del CETC me lo impidieron.

Una “Tosca” que hace honor a su nombre
Tosca, ópera de Giacomo Puccini con libreto de Illica y Giacosa
Director de orquesta: Mario Perusso
Director de escena: Roberto Oswald
Intérpretes: Olga Romanko (Floria Tosca), Daniel Muñoz (Mario Cavaradossi), Luis Gaeta (Scarpia)
Si algo se puede decir de esta rutinaria, mecánica y absolutamente innecesaria reposición es que no le falta coherencia. Una puesta en escena reiterativa, en la que cualquier atisbo de inventiva o creatividad se excluye por completo, o deja lugar a la acumulación perpetua e irritante de Kitsch, implica asimismo que la imitación de turno de Diva del siglo pasado esté más preocupada por arreglar los pliegues de su vestido en los momentos supuestamente más dramáticos, o que su toda su scenica scienza consista en girar los brazos como un molino de viento desde que entra en escena hasta que sale de ella. Que el tenor ruede sobre su exultante abdomen mientras intenta los chillidos más estentóreos, y el jefe de policía parezca tan lavado que, si tortura a sus presos, será por mera casualidad o alguna circunstancia de esas. Que moles de cartapesta del peor realismo ingenuo invadan hasta el último recoveco del escenario, etc., etc.
Los que piden la “opera del abuelo”, de parabienes: los urlatori en medio de los anacrónicos y sobrecargados decorados pintarrajeados, son medianamente eficaces como superficie ilusoria, simple fachada de una fortaleza resquebrajada y patética, que impide “que jamás intervenga lo Real”.
El teatro musical, por su parte, en lamentable y triste afanisis.

Una violación estupenda.
La violación de Lucrecia. Ópera de Benjamín Britten (1946) con libreto de Ronald Duncan.
Director de orquesta: Leandro Valiente
Director de escena: Horacio Pigozzi
Intérpretes: Carla Filipcic-Holm (Coro Femenino), Gabriel Centeno (Coro Masculino), Sebastián Sorarrain (Tarquinius), Mirko Tomas (Junius), Mario Di Salvo (Collatinus), Patricia Douce (Lucia), Mónica Sardi (Bianca), Virginia Correa Dupuy (Lucrecia)
Teatro Avenida, 1-6-03
Hay una ambigüedad fundamental en Britten. Mirado desde la Europa Central, para el momento en que se estrena “The Rape of Lucretia”, un año después de la muerte de Webern, es definitivamente retro. Pero en un país en que aún se sueña con un postwagnerianismo hipercolonialista (Elgar, Walton, Vaughan Williams) y con editoriales que rechazan obras en cuanto advierten una disonancia extraña añadida a un acorde de dominante, elegir la senda debussista es colocarse a la vanguardia feroz. Una solución que no deja de ser adecuada, pues. Tanto más, si la sostiene una musicalidad esencial. Y no necesariamente sencilla.
El grupo “Juventus Lyrica” ha venido creciendo regularmente, sosteniendo objetivos nada desdeñables, y alcanzando realizaciones notables. Con esta “Violación”, ha dado un muy firme paso adelante: nuevamente, el contexto define la índole del evento, y en nuestro medio en el que la ópera muchas veces transita por carriles gastados hace tiempo, programar la de Britten es decididamente original (lo que los alemanes llaman risiko-freudig, diríamos nosotros, agallas): exactamente lo que se espera de un “espacio alternativo”. Lo que asegura un impacto emocional profundo.
La obra tiene sus aciertos y desaciertos. Por el primer lado está la música, cuya inspiración no cede casi en ningún momento. Y por el otro, una irritante moralina –acertadamente señalada por Pablo Kohan en “La Nación”– (¿acaso una tentativa encubierta de BB, de lograr la absolución de un sentimiento de culpa, por asuntos amorosos que la sociedad en que vivía rechazaba oficialmente?), que amenaza con socavar el brillo de aquélla.
De todas formas, las exigencias musicales y dramáticas no son escasas. Escrita para un equipo de entrenamiento excepcional, sólo puede encararse con el sostén de dos pilares: una dirección musical que asegure el equilibrio casi perfecto de sus integrantes, y una puesta en escena inteligente, que se aventure por senderos no trillados (y, de paso, intente aliviar un poco el lastre de contraproducente religiosidad, lamentablemente estructural).
La versión de “Juventus” contaba con ambos. La primera sorpresa es la exquisita dirección orquestal y de conjunto del joven Leandro Valiente, que no sólo consigue un sonido maravilloso del grupo de cámara, sino un balance exacto del mismo con las voces. De ese modo, los ensambles tienen – muy especialmente – un brillo impresionante.
El segundo crédito es la puesta en escena, de una severa y bella austeridad que evita los posibles elementos superfluos, toda ingenuidad que hubiese sido perjudicial, y cualquier caída en lo obvio. Hay toques muy característicamente pigozzianos (el cuchillo que pasa de las manos de Tarquinius a la suicida Lucrecia, antes de llegar a Junius para servirle de señal conductora de su rebelión; el pie descalzo de Junius sobre los genitales de Tarquinius como estímulo para el plan de violación que éste pondrá en práctica; los narradores que –lejos de ser meros espectadores– se integran a la acción escénica, intervienen con y entre los personajes de la historia, los asisten, etc.).
La sensacional Carla Filipcic-Holm (en el rol originalmente destinado a Joan Cross), con su honda comunicatividad y entrega podría haber desequilibrado, pero no estaba sola: Gabriel Centeno sortea todos y cada uno de los escollos de la ríspida parte escrita para Peter Pears, con maravillosa y admirable valentía. Sebastián Sorarrain como el violador (manipulado, como aclara la puesta) Tarquinius, muestra un compromiso vocal y escénico excepcionales, que dan a sus escenas una notable tensión. Y lo mismo cabe decirse de los excelentes Mario di Salvo y Mirko Thomas, o de la cristalina Patricia Douce, sobresaliente en el conjunto final del 1er acto; asimismo la noble Bianca de Mónica Sardi. Virginia Correa Dupuy, como protagonista (el papel que estrenó Kathleen Ferrier) tal vez no alcanza el brillo espectacular que demostró como Alceste, pero sin duda pone en juego todo su profesionalismo. Conclusión: un logro electrizante, para aplaudir de pie.
Gente de “Juventus”: ¿quieren ir por más? Si me permiten soñar – que, como se sabe, no cuesta nada – yo sugeriría ‘Greek” de Mark Anthony Turnage, con Sebastián como “Eddy”, Carla como “Wife” y Mirko o Mario como “Dad”, dirigidos por Leandro, y puesta de Horacio o de Willy (Landín). ¿Qué tal?

¡Indieciiiiiiiiiiiiita! Tu cuerpo felino de Peine y Pantera...
Lin Calel, ópera en dos actos de Arnaldo D’Espósito, con libreto de Víctor Mercante
Director de orquesta: Carlos Calleja
Director de escena: Daniel Suárez Marzal
Intérpretes: Patricia González (Lin Calel), Oreste Chlopecki (Tromán-Curá), Juan Carlos Vasallo (Colikeo), Gustavo Gibert (Auca-Lonco), Laura Cáceres (Parnopé)
Teatro Argentino, La Plata, 8-6-03
En la década del 60, el Teatro Colón solía cumplir el compromiso de presentar una “ópera argentina” por año. Y así había que soportar Llantos de Guitarras, Ollantayes, Nazdahs, Auroras, Novias del Hereje y otras tantas ingenuidades ítalo-folklóricas, cuya única virtud era que los actos duraban menos que los intervalos. Contra ese academicismo insulso y desprovisto de inspiración o inteligencia luchó Juan Carlos Paz gran parte de su vida, y la historia por cierto le da la razón. Tal vez antes de la consideración de que una obra es argentina habría que preguntarse si es buena (en mi opinión, las únicas que he visto y que se sostienen musical y dramáticamente –apartándose, desde luego, de las características apuntadas antes– son: Zapatera y Bodas de Juan José Castro, las tres óperas de Ginastera, y ese capolavoro formidable que es La Ciudad Ausente de Gandini).
Es difícil deducir qué es lo que puede haber movido a Suárez Marzal para programar esta muy dudosa exhumación. Los intérpretes se desempeñan con un conmovedor profesionalismo, la puesta en escena al menos no es innecesariamente dispendiosa, y el vestuario (de Horacio Pigozzi) no carece de cierto atractivo, pero sin lugar a dudas tantos esfuerzos hubieran podido invertirse con mayor acierto en otra obra.
El programa de mano incluye un muy útil glosario araucano-castellano, práctico para el bolsillo de la dama y la cartera del caballero.

¿Otra Bohème más?
La Bohème, ópera en cuatro actos de Giacomo Puccini con libreto de Illica y Giacosa
Director de orquesta: Antonio Russo (versión reducida de Mario Parenti)
Director de escena: Ana D’Anna
Intérpretes: Maria José Siri (Mimi), Norberto Fernández (Rodolfo),Laura Penchi (Musetta), Fernando Grassi (Marcello), Alejandro Di Nardo (Colline)
Teatro Avenida (Juventus Lyrica), 24-7-03
Luego del “aluvión” del mes pasado, un lapso de actividad considerablemente reducida. Pero seguramente las fuerzas musicales se están preparando para próximos desenfrenos...
Al comezar la función, la anunciadora de Juventus Lyrica pidió al público que llene un formulario de encuesta, similar a la que se realizó el año pasado. Programar la ópera de Puccini, según explicó, era la respuesta a la misma, ya que la mayoría de los asistentes la solicitaron.
Lo que muestra, precisamente, lo que no hay que hacer. Si se pregunta al público de ópera – por lo general, ultraconservador, mal informado, carente por completo de curiosidad, reiterativo y regresivamente infantil – el repertorio se limitará a tres o cuatro títulos, probablemente todos de ópera romántica italiana. Y el panorama musical, la formación de los cantantes, etc. se empobrecerán irremediablemente.
Es lo que sucede con esta versión. De seguro, tiene sus aciertos (y también sus puntos débiles, como por ejemplo, la puesta en escena, netamente conservadora y sin originalidad , como si fuese un monumento sagrado que nadie debe tocar ni herir). Pero lo obvio es que es reiterativa (para colmo, el Teatro Argentino de La Plata acaba de poner en escena la misma ópera), y no agrega nada, ni produce ningún acontecimiento destacable.

Water Music
Transcripción, espectáculo de música y danza
Obras de Kaija Saariaho y Pablo Ortiz
Intérprete: Anssi Karttunen, violoncello
Coreografía de Diana Theocharidis
Bailarines: Mariela Loza, Sonia Nocera, Jorge Demitzakis, Aníbal Jiménez
Teatro Colón (CETC), 8-8-03
El CETC sigue proporcionándonos sorpresas. Al descender las escaleras que conducen a la “sala”, uno se encuentra con que la misma ha sido transformada en un verdadero lago, y el camino se angosta al convertirse en un puente que cruza el mismo. Otros tantas pasaderas conducen al público hasta el sitio en que han sido colocados los asientos; la primera fila se halla al borde del agua, ofreciendo la emoción del inminente peligro...
En una isla de madera, el impresionante virtuoso finlandés Kartunen –cuya silueta e instrumento se reflejan encantadoramente en la superficie silenciosa– ataca restos tangueros, bachianos, efectos sul ponticello, dobles cuerdas (a veces a dúo consigo mismo, gracias a su instrumento grabado previamente) confiriendo al espectáculo una noble austeridad, mientras que los bailarines (incluido el decano de la danza griega en Buenos Aires, Demitzakis) evolucionan sobre los puentes o inmersos en las aguas; debido a la estructura del ambiente, con sus columnas de cemento, ningún espectador tiene el mismo registro visual, pero lo que los accidentes del lugar ocultan es revelado por los reflejos acuáticos o las sombras de las paredes de ladrillo. La sugestiva iluminación, desde luego, participa en la creación de una atmósfera atrayente, un evento desacostumbrado y original.

Mi aventura por la india 2...
Lakmé, ópera en tres actos de Leo Delibes con libreto de Gondinet/Gille
Director de orquesta: Fernando Álvarez
Director de escena: Horacio Pigozzi
Intérpretes: Natasha Tupin (Lakmé), Arnaldo Quiroga (Gérald), Gui Gallardo (Nilakantha), Juan Rodó (Frédérick), Alicia Cecotti (Mallika), Maria Bisso (Ellen), Carlos Iaquinta (Hadji), Sanjeev Kumar (bailarín y coreógrafo)
Cuando la música se limita a la mostración de “bellas melodías” el producto resultante no puede ser otra cosa que pobre. Es lo que sucede, lamentablemente, con la mayoría de las obras del academicismo francés decimonono (había que esperar un Berlioz, un Fauré, y, sobre todo, a Debussy para que las cosas fueran diferentes); en el terreno de la ópera, si se parte de un libreto que emparcha con un orientalismo ingenuo la carencia total de interés dramático, la situación no mejora por cierto. Lakmé no se representaba en Buenos Aires desde 1931, cuando sus huecos fuegos de artificios vocales fueron vehículo de lucimiento de Lily Pons. ¿No era mejor dejarla en el archivo?
Pese al esfuerzo notable (y muy logrado) de todos los cantantes (particularmente el excelente desempeño del coro del Teatro Argentino), y la eficaz dirección musical de Álvarez, en el momento en que la superficie melódica flaquea todo se halla al borde del derrumbe (y esto sucede más de una vez). Tampoco el habitualmente inteligente Pigozzi parece en su mejor momento de inspiración: la puesta en escena es lineal y se atiene al texto ingenuo y literal del relato, dando poco motivo para el entusiasmo.
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