
"El autor de esta columna
presentando uno de sus
libros en la Bodega del
Café Tortoni" |
La
verdad, entre el calor que hacia aquel mediodía
y la colorada que movía sus caderas delante
de mí, preste poca atención cuando
crucé la puerta del bar. Solo tenía
intenciones de tomar una cerveza bien tirada y
relajarme un poco. El verano en Buenos Aires es
una mezcla fatal de smog y humedad y yo, habitante
de estas calles calientes, solo buscaba el refugio
de un trago.
Al
rato caí en cuenta que el bar elegido para
tal noble fin era el místico Café
Tortoni y sentí un frescor renovador.
Mientras bebía lentamente mi cerveza, no pude
evitar remontarme a la presentación de mi primer
libro de poemas en la Bodega, hace ya casi veinte
años. Tampoco la emoción de ver nombres de ilustres
personajes por todos lados, en las mesas, en los
cuadros, en el aire, dando vueltas por tan misterioso
lugar.
Recordé la historia de Quinquela y su peña
"Agrupación de Gente de Artes y Letras"
junto a su amigo Filiberto, los ecos mágicos
de los poemas de Alfonsina, los del genial Federico
ó los del inmenso Pablo, la fina ironía
de Borges, la sabiduría paisana de Yupanqui,
la nube porteña de Mores, la profunda belleza
de Ferrer, la ronca cuerda de Héctor Negro,
la humilde grandeza de Don Osvaldo.
Mientras acariciaba mi bigote y pedía otra
vuelta, sentí que algo raro pasaba en mi
cuerpo, entendí que la emoción estaba
gestando su jugada y deje hacer, nunca me opongo
a los dictados de mi imaginación, cerré
lentamente los ojos y respire profundo; cuando
los abrí, el café era el mismo,
pero era otro, la gente escuchaba a una hermosa
muchacha de largo vestido decir sus poemas, cuando
termino, todos aplaudimos en forma entusiasta
y una voz desde el pequeño escenario dijo:
-Ahora escucharemos los versos de un joven poeta
-
Cuando escuche mi nombre, desperté, era
el mozo que traía otra vuelta de cerveza,
lo bueno de todo esto es que se trataba de una
invitación de unos pintorescos señores
con ropa de otra época y sonrisa cómplice.
|