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NBreves Relatos con Café
por Carlos Carbone»n
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Desde el ventanal del viejo Bar Suárez.
m
No debí dejarla ir.

Aquella tarde gris, cuando ella alzo su bolsito azul y se fue sin voltearse.
Yo la seguí desde el ventanal del viejo Bar Suárez, mientras ella esquivaba taxis al cruzar la calle Corrientes.
Me quede sorprendido como si fuera una película o si se tratase de la vida de otro el que sufría la perdida.

El mozo, se dio cuenta de lo que pasaba y sin recibir ningún pedido acerco un nuevo café y una frase de aliento.
-Las minas son todas locas- dijo
Y se fue, previo limpiar con su trapo rejilla alguna miga.

Yo me quede abrazado a la pena, acongojado revolviendo el café y mis recuerdos y mirando tras el ventanal en estado de coma.

Aquella tarde oscura en mi corazón pense lo peor.

Miré a mí alrededor y me detuve en las caras de los parroquianos, mucha gente de paso, tomando algo caliente para seguir la rutina, algún par de enamorados por los rincones, algún escritor principiante borroneando papeles, alguna señorita esperando el guiño cómplice.

Aquella tarde de abandonos creí morir.

Pero la vida seguía para todos y comprendí que también debía seguir para mi, entonces para tomar fuerzas pedí al cansado mozo un diario, elegí con paciencia de relojero un caballo para la última de Palermo y lo marqué,
-Lo corre Falerito no puede perder- me convencí.

Pedí una ginebra con hielo para darme ánimo,

Le comente al viejo mozo que opinaba del caballo que había elegido y este casi sin mover los labios dijo
-paga dos pesos-

En realidad yo solo quería ganar, no me importaba que lo jueguen todos, no quería perder mas por el día de hoy, entonces tome la decisión de ir sin pensarlo dos veces.

Llegué sobre la hora y fui directo a ventanilla, jugué todo lo que tenía al 13 y corrí a mirar.
Largaron… al llegar al codo mi lindo caballito estaba en el lote del medio, pista pesada, esta buscando ubicarse para despegar los últimos cien metros, pense, pero la cosa siguió así hasta el final.

El noble animal entro moviendo la cola.

Caminé con las manos en los bolsillos hasta la Avenida Santa Fe, pensando que no debí dejarla ir con su bolsito azul y quedarme petrificado, mirándola, desde el ventanal del viejo bar.
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