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| Desde
el ventanal del viejo Bar Suárez. |
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No
debí dejarla ir.
Aquella
tarde gris, cuando ella alzo su bolsito azul y se fue
sin voltearse.
Yo la seguí desde el ventanal del viejo Bar Suárez,
mientras ella esquivaba taxis al cruzar la calle Corrientes.
Me quede sorprendido como si fuera una película
o si se tratase de la vida de otro el que sufría
la perdida.
El
mozo, se dio cuenta de lo que pasaba y sin recibir ningún
pedido acerco un nuevo café y una frase de aliento.
-Las minas son todas locas- dijo
Y se fue, previo limpiar con su trapo rejilla alguna miga.
Yo
me quede abrazado a la pena, acongojado revolviendo el
café y mis recuerdos y mirando tras el ventanal
en estado de coma.
Aquella
tarde oscura en mi corazón pense lo peor.
Miré
a mí alrededor y me detuve en las caras de los
parroquianos, mucha gente de paso, tomando algo caliente
para seguir la rutina, algún par de enamorados
por los rincones, algún escritor principiante borroneando
papeles, alguna señorita esperando el guiño
cómplice.
Aquella
tarde de abandonos creí morir.
Pero
la vida seguía para todos y comprendí que
también debía seguir para mi, entonces para
tomar fuerzas pedí al cansado mozo un diario, elegí
con paciencia de relojero un caballo para la última
de Palermo y lo marqué,
-Lo corre Falerito no puede perder- me convencí.
Pedí
una ginebra con hielo para darme ánimo,
Le
comente al viejo mozo que opinaba del caballo que había
elegido y este casi sin mover los labios dijo
-paga dos pesos-
En
realidad yo solo quería ganar, no me importaba
que lo jueguen todos, no quería perder mas por
el día de hoy, entonces tome la decisión
de ir sin pensarlo dos veces.
Llegué sobre la hora y fui directo a ventanilla,
jugué todo lo que tenía al 13 y corrí
a mirar.
Largaron
al llegar al codo mi lindo caballito estaba
en el lote del medio, pista pesada, esta buscando ubicarse
para despegar los últimos cien metros, pense, pero
la cosa siguió así hasta el final.
El
noble animal entro moviendo la cola.
Caminé
con las manos en los bolsillos hasta la Avenida Santa
Fe, pensando que no debí dejarla ir con su bolsito
azul y quedarme petrificado, mirándola, desde el
ventanal del viejo bar. |
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