| Aquella
tarde en el café La Paz, el clima era de guerra.
Yo ingrese a tomar un feca tranquilo, con un libro de
Huidobro debajo del brazo y toda la tarde por delante.
Me acomode en una mesa con vista a Corrientes para poder
desde esa gran vidriera gozar del hermoso paisaje urbano
y sobre todo del libro del fantástico poeta Chileno.
Pero aquella tarde ardía La Paz.
Siempre había discusiones en este lugar, por
momento acaloradas, por momento muy crueles, por momento
altamente nutritivas, pero algo raro ese día
pasaba en el ambiente.
Aquella tarde olía a pólvora en La Paz.
Mientras bebía con sorbos cortos el café
y cada tanto saludaba a conocidos que por allí
pululaban, poetas, músicos, pintores, disfrutaba
de Buenos Aires con una sensación de sana armonía.
Pero de pronto algo se fracturo en el aire y todo acabo.
Los de la mesa de al lado no se pusieron de acuerdo
por algún tema de la política internacional
y un botellazo voló de las suaves manos de una
dama hasta la cabeza de un trajeado caballero de chato
peinado, este cayó desmayado sobre el té
de una señora que vio transformar su blanca blusa
en una mancha roja; un pibe en campera de jean y zapatillas
se tiro sobre un gordo que dejo de ser moderado para
pasar a militar en el partido de la discordia, un viejo
anarco habitúe del lugar se persigno, los intelectuales
de hablar violento se escondieron detrás de las
mujeres y yo tuve que buscar un lugar mas seguro a la
sombra de una silla.
Ya nada fue igual aquella tarde.
La policía hizo su trabajo y se llevo a unos
cuantos a la comisaria mas cercana, otros zafamos de
casualidad, otros aún están escondidos.
Después de la trifulca, todo volvió a
la calma, pedí otro café y volví
a la paz de la poesía en el café La Paz
que aquella tarde pareció cambiar de nombre. |