| Aquella
tarde venía abstraído en mis cosas, pensaba
en un verso que tenía atragantado desde hacía
varios días y no quería nacer.
Vi un café y entre sin mirar demasiado, cuando
una mujer hermosa y semi desnuda vino hacía mi
y me dijo –hola, soy Cecilia– dándome
un sonoro beso en mi asombrada mejilla; ahí caí
en cuenta que estaba en Pelvis, un café atendido
por señoritas muy ligeras de ropa.
Yo salude a mi interlocutora con naturalidad, como ustedes
sabrán soy un hombre de mundo, pero reconozco
que se me cruzaron los ojos.
Me senté en la barra, pedí un café
con crema a la sensual morocha que me atendió
con una sonrisa luminosa y me dedique a mirar, –que
otra cosa se puede hacer allí–
Al rato intenté volver al poema que tenía
atravesado y muy cerca de darle una solución
cuando ingrese al bar, pero que, ante el espectáculo
de las niñas, había huido a otra dimensión.
Trate de concentrarme, pero ni mi cabeza, ni mis ojos,
ni mis manos respondían a mí y sí
al lado salvaje de mi naturaleza.
Me reproche íntimamente –sos un viejo verde,
que papelón, mira si alguno de la Sociedad Argentina
de Escritores te ve aquí–
Decidí irme a otro bar, con decisión y
grandeza llame a la sensual morocha y al ver su sonrisa
de kermesse, su pelo enrulado, su carita mezcla de ángel
y demonio tome fuerzas y dije –tráeme otro
café, muñeca–
Debo reconocer que por las tardes cuando la ciudad me
agrede sin pausa, paso a tomar un cafecito por este
lugar habitado por hermosas y dulces mujeres, que saben
acariciar cuando miran y alejan por un rato toda la
crueldad que esta ahí nomás, del otro
lado de la ventana. |