
Escena de la crucifixión (circa 1951)
de la capilla de Plátanos. Foto de
aficionado tomada por Juan Carlos
Romero. Imagen cubierta hoy por una
capa de pintura.
Frescos del Hotel Provincial, en el centro,
dos jóvenes se divierten llevando caballos
hacia el mar. En los extremos se observa a
Atlántico, enamorado de las mieses y
Antártico con larga barba.
Escena de Tórrido (viento del norte),
quien tiene horadada la nariz por un huso,
“como los hijos de la sensual y calenturienta
diosa Tórrida” (C.Bustillo dixit).
Se observa
al autor, posando al costado del mural.
Dos aborígenes desnudos y a caballo,
en otra escena de los frescos del
Hotel marplatense. |
Hijo
de Blanca Ayerza Jacobé y del arq. Alejandro
Bustillo, César (1917-1969) creció
descubriendo y amando la pródiga naturaleza
que le ofreció la localidad de Plátanos,
Buenos Aires, donde nació y vivió.
Amó intensamente la vida: estrellas, plantas,
caballos, insectos, arroyos, pájaros, flores,
árboles, vientos... y seres humanos.
Estudió en el Colegio del Salvador e inició
Arquitectura, pero no concluyó la carrera.
Eligió la lectura y la observación
para formarse, como Guillermo E. Hudson, a quien
admiraba. Para crecer, le fueron suficientes los
libros de la generosa biblioteca familiar y el
contacto con la sabia gente de campo. En cuanto
al arte, prefirió evitar la influencia
de maestros y fue autodidacta.
Dibujó, pintó, modeló, talló
y escribió libremente, en atelieres que
tuvo en Ascochinga (Córdoba), sobre la
calle Posadas en Buenos Aires y en Plátanos.
En la capilla familiar de “La estancia”
construida por su padre en la localidad bonaerense,
pintó los frescos que representaban el
Vía Crucis; en los rostros retrató
a servidores del haras “Las Hormigas”,
semidesnudos, con accesorios criollos, como boleadoras.
No faltaban las metáforas; por ejemplo,
la traición estaba representada por un
paisano que hacía trampa jugando al truco.
También una china le ofrecía un
mate a Jesús crucificado...
Cuando la capilla y las propiedades familiares
fueron vendidas, las adquirió la congregación
de la Bienaventurada Virgen María, que
fundó un colegio. Las escenas pintadas
por César, generaban miradas de soslayo
y risitas perturbadas de las alumnas, que llevaron
a las religiosas a cubrir las imágenes
con un pesado cortinado. Tiempo después
las pintaron.
A principios de la década del ’50,
Alejandro Bustillo le pidió a su hijo que
decorara los muros del Hotel Provincial que él
había diseñado en Mar del Plata,
dado que el presupuesto que había para
ello era escaso. César, de treinta y seis
años entonces, aceptó el desafío
y puso manos a la obra.
Pensando que en una ciudad marítima las
actividades están influenciadas por los
vientos, diseñó alegoría
de los mismos. Tomó a Eolo de las mitologías
griega y romana, quien al unirse con “fenomenales”
(C. Bustillo dixit) diosas sudamericanas, engendró
cuatro vientos: con la sensual Tórrida,
dio vida a Eolida Tórrido (viento norte);
con la gélida Antártida tuvo a Eolida
Antártico (viento del sur); de sus amores
con la Cordillera surgió Eolida Andino
(viento del oeste) y de la diosa Nube, nació
Eolida Atlántico (viento del este). Las
alegorías están ubicadas en los
cantones del vestíbulo del Hotel, cuyos
ángulos están orientados a los puntos
cardinales y representan a los vientos de los
respectivos cuadrantes. En la memoria descriptiva
de la obra, para la que utilizó la técnica
del fresco, vale decir, que fue pintada dentro
de las diez horas que necesita el material para
fraguar, Bustillo menciona que Atlántico
ronda en verano y Antártico en el invierno.
Los otros dos vientos, también podrían
representar a las estaciones restantes.
Siempre ligado a los asuntos de la tierra, pero
con una percepción americanista integradora,
César incluyó alas de guacamayo,
en Tórrido; de cóndor en Andino
y de albatros en Antártico. Hay, también,
un cuadro de pescadores, propios de una ciudad
enclavada sobre el Océano; otro cuadro
con jóvenes que, alegremente, arrean caballos
al mar; una escena con un paisano apartando un
fornido toro semental, típicamente pampeano
y un rincón con dos aborígenes que
cabalgan, franca alusión a los pobladores
originarios de América.
Finalmente el autor incluyó un naufragio,
para subrayar la alternativa trágica, uno
de los extremos en el que también se desenvuelve
la vida humana. Teros y gaviotones complementan
las escenas, aunando mar y llanura.
En las alegorías, las personajes están
desnudos –como el autorretrato que el autor
incluyó en una escena– mostrando
la musculatura exaltada por la acción,
con sugerentes curvas y articulaciones prominentes...
“Miguelangelescas”, como las define
el muralista Juan Bauk.
Esas desnudeces, no habituales pero tampoco inéditas,
despertaron críticas. A éstas se
sumó la alevosía de quienes hubieran
querido ser los autores de los frescos, y el convulsionado
ambiente político-social de 1954, que indujeron
a las autoridades a pedirle a Bustillo que “vistiera”
los desnudos. Así lo hizo de mala gana.
En vísperas del Festival Internacional
de Cine, el gobernador Raúl Apold los hizo
cubrir. En 1955, los marinos que se hicieron cargo
de la situación administrativa de Mar del
Plata, con motivo del golpe de ese año,
ordenaron que se desclavaran las telas que los
cubrían. Poco después, el Interventor
provincial Emilio Bonecarrere, ordenó que
se plancharan las telas y se volvieran a colgar:
sobre el lugar de los clavos iniciales, se clavaron
los nuevos, precisamente, el día que César
se preparaba para reparar los daños en
la mampostería que habían dejado
los martillazos. |