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| Macedonio
Fernández, un interrogante literario. |
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Llega
a nosotros con una presencia legendaria, casi patriarcal,
en donde abrevaron muchos de los grandes nombres
que alimentaron nuestra literatura del siglo XX.
Si no fuera por sus libros, hoy podríamos
decir que fue un invento de aquellos, por entonces,
jóvenes, creadores de personajes notables.
Mezcla de filosofía y humor, magisterio y
dialéctica de café, Macedonio ya es
una mención cotidiana al referirnos a las
letras nacionales.
Llevándole tres años a José
Ingenieros y siendo coetáneo de su amigo
Leopoldo Lugones, Macedonio crece en el entusiasmo
de un panorama literario modernista sin inmiscuirse
en él.
Nació el 1° de junio de 1874 en la ciudad
de Buenos Aires, de padres también argentinos.
Tuvo entre sus amigos cercanos a Don Jorge Borges,
padre de Jorge Luis, con quien compartió
charlas que pasaban por la psicología y la
filosofía, en especial por Schopenhauer.
Publica en el periódico “El Progreso”
notas costumbristas y en el diario “El Tiempo”
artículos orientados en la dirección
de sus lecturas sobre física atómica
y ciencia política. Se gradúa como
doctor en Jurisprudencia y, para saltar por los
protocolos de graduación, pide un certificado
de pobreza ante el desagrado familiar. Será
el único en la nómina de graduados
registrado sin domicilio y como nunca aparecerá
en los banquetes de graduados en el Jockey Club
se lo dará por muerto, poniendo una cruz
junto a su nombre durante años hasta que
en 1928 llegan noticias de que Macedonio aún
vive. Con un grupo, vestido de jaqué, decide
fundar una colonia anarquista en el corazón
de la selva paraguaya, pero al tiempo deciden regresar.
Se casa con Elena de Obieta en 1901, y tienen cuatro
hijos.
Dos poemas se relacionan con sus primeras experiencias
poéticas: “La tarde” y “Suave
encantamiento”, ambos publicados en la revista
Martín Fierro. Dirá en una carta:
“Pienso siempre y quiero pensar; quiero saber
de una vez si la realidad que nos rodea tiene una
llave de explicación o es total y definitivamente
impenetrable”. Frecuenta variados encuentros
con su hermano Adolfo, Juan B. Justo, José
Ingenieros, Mario Bravo, Leopoldo Lugones, Julio
Molina y Vedia, Jorge Borges, etc. Conoce a Horacio
Quiroga en Misiones, cuando ocupa un cargo en el
Juzgado Letrado de Posadas.
Cuando muere su esposa, Macedonio escribe “Elena
Bellamuerte”, poema presuntamente extraviado
durante años hasta que la revista “Sur”
lo publica en 1941. Su familia se desintegra y comienza
a trasladarse por residencias transitorias por pensiones
y hoteles de Buenos Aires, quintas de amigos, o
casa de campo. Cuando Jorge Luis Borges regresa
de Europa en 1921, se vincula a los poetas del ultraísmo.
Se reincorpora a la vida literaria porteña
al colaborar con las revistas “Proa”
y “Martín Fierro”. |
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Comienza la redacción de dos de sus obras más
destacadas: “Museo de la novela de la Eterna”
y “Adriana Buenos Aires”. Se promueve un
proyecto político y humorístico para lanzarlo
a la candidatura presidencial agregándole la
escritura colectiva de la novela fantástica “El
hombre que será presidente”, en la que
Borges advertía una gran influencia de “El
Hombre que fue Jueves” de Chesterton. Sus amigos
Raúl Scalabrini Ortiz, Francisco Luis Bernárdez
y Leopoldo Marechal lo convencen para publicar su primer
libro “No todo es vigilia la de los ojos abiertos”.
Se editará en 1928.
El propio Scalabrini Ortiz lo menciona como el primer
metafísico argentino, y lo compara con Berkeley,
Schelling y Schopenhauer. Miguel Angel Virasoro comienza
a hablar de una cierta “pasión macedoniana”
en su metafísica. En el libro aparece el ensueño
como un modelo de conocimiento y un paso hacia la mística.
Es un trabajo de treinta años de pensamiento
que llega a asombrar al filósofo William James.
En 1929 publica “Papeles de Recienvenido”
y el ensayo “Teoría de la novela”.
Macedonio demuestra que la escritura y la meditación
van de la mano en él. Luis Alberto Sánchez,
en el prólogo de “Una novela que comienza”,
dirá: “Nadie ha podido arrancarle voluntariamente
un libro, salvo esto que aquí sale, y el primero:
“No todo es vigilia...”. Tiene, repito,
originales para cuatro o cinco volúmenes. Los
libros los deshace y rehace, no por exquisitez de estilo,
sino porque se le ocurren sugerencias, tópicos,
novedades, y las ensambla”.
En su obra “Teoría del arte” señala
la falta de importancia del compás en la música
como la medida del verso en poesía.
Pensador poco, Dionisio Buonapace, Malhumorado Inteligente
fueron algunos de sus seudónimos para colaborar
en la revista, que dirigían sus hijos, “Papeles
de Buenos Aires”.
Pasa sus últimos años en un departamento
de la calle Las Heras, frente al Jardín Botánico.
Lo visitan amigos de la talla de Ramón Gómez
de la Serna, Luisa Sofovich y Juan Ramón Jimenez.
En 1968, Francisco Luis Bernárdez contó:
“Borges nos hablaba siempre de un escritor muy
original, una especie de ermitaño que vivía
retirado en pensiones. No sé qué habría
de cierto, decían que vivía con noventa
pesos. Noventa pesos no eran los de hoy, claro, pero
en esa época los sueldos mínimos eran
de 160 pesos, de manera que noventa pesos eran poquísimos”.
El 10 de febrero de 1952, las últimas palabras
de Macedonio fueron a su hijo Jorge, diciendo: “Cuánto
le lleva a la materia transformarse”. Despedido
en la Recoleta por familiares y amigos, Jorge Luis Borges
y Enrique Fernández Latour expresan sus emociones,
que serán luego publicadas en la revista “Sur”,
en sus números 209-210.
“...comprendí que ese hombre gris que,
en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales,
descubría los problemas eternos como si fuera
Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar
infinitamente los siglos y los reinos de Europa...”,
diría Borges.
Macedonio, una mezcla de sabiduría en busca de
lo profundo y un andar cotidiano en la simpleza de las
cosas, se proponía, en lo literario, poder quebrar
la sucesión del lenguaje a cambio de la inmediatez
del pensamiento. Convertir la escritura, desde su naturaleza
sucesiva, en un resultado simultáneo. Un escritor
que jamás separó su escritura de su teoría.
Un alma que inspiró a generaciones de literatos
que poblaron con sus letras nuestra riqueza cultural.
Un interrogante literario que jamás demostrará
por completo la respuesta a su enigma. |
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