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NQuimeras Quilmeñas
por Carlos Dotro»n
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Del Estigma de los Barrios Espectrales.
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No son fáciles de identificar.
Se tratan de zonas imprevistas que, a modo de resguardo, disimulan la fachada de cualquier barrio habitual. En apariencia, otros vecindarios nada tienen que envidiarles a sus esquinas, a sus persianas y a sus malvones. Sus moradores celebran el decurso de cada día como todo hijo del vecino, apostando a un mejor futuro con las supuestas fichas que ayer les patinó el presente.
También se leen diarios y se repasan telenovelas, mientras los perros giran detrás de sus colas, en patios agrietados, haciendo tiempo hasta que aparezca una luna digna de aullar.
No obstante, algo extraño suele subrayar las madrugadas por estas familiares cuadras.
Imagino al celestial Adán Buenosayres de Don Leopoldo Marechal tomándose, con su último aliento, de las rejas oxidadas de los frentes sombríos de Villa Crespo, o la golondrina caminata de un Silvio Astier de Don Roberto Arlt, iluminado por las aromáticas veredas de alguna parte del barrio de Flores. Y me pregunto si al Oeste de Quilmes se reproduce algo así como un fenómeno mítico de carácter puramente ficcional y literario.
O bien me encuentro sumido sobre una de las tantas zonas encantadas que los misterios del universo callan a los ojos profanos de la amansadora rutina.
-Vos bien sabés de qué se trata... -me replicaría el Viejo Marrón, con su serenidad santiagueña que
conoce de tantos secretos-. Desde la condena que te marcó la noche inoportuna, sabés que ya nada será igual...
Y tenía razón.
Los recuerdos lejanos de aquella noche tormentosa, a cuadras de la avenida Calchaquí, siguen presentando ante mí experiencias que escapan al común de la gente y a la respetuosa lógica de la razón. Debí convertirme en un narrador, en algunas ocasiones testigo, en otras, protagonista, de los signos espectrales que presenta aquel barrio escondido que suele recrear insólitas fantasías en momentos de vigorosa soledad.
Y la pobre figura de uno rondando esas oscuras calles desiertas.
El Viejo Marrón supo aconsejarme que la naturaleza de un misterio debe ser perseguida hasta sus últimas consecuencias. Se trata de algo que colma de incertidumbre y angustia en la mayoría de los casos, pues, si bien son las últimas, no dejan de ser consecuencias sorprendentes y completamente inciertas. Uno nunca sabe con qué va a encontrarse al dar la vuelta en cierta esquina.
Salvo que se anticipe el amanecer.
No es común que un misterio perdure durante el día. Es más probable que ceda una pausa a su existencia hasta bien entrada la medianoche, al parecer su circunstancia temporal predilecta, como también sobre una melancólica tarde de lluvia.
Sentado contra el tanque de agua sobre el techo de la vieja casa, observo, entre docenas de terrazas desprolijas y tejados sucios, el vuelo figurativo de un grupo de golondrinas hacia un ensangrentado atardecer. Es entonces cuando me digo: "Algo extraño está por ocurrir..."
Y el barrio disminuye sus ruidos cuando aumentan sus sombras. Sus esquinas dejan de ser curvas obligadas para ser accesos puntuales hacia imprevistos mundos vacilantes.
La geografía arrinconada de esa porción de universo marginada al Oeste de Quilmes se transforma en una cosmogonía de realidades de corte fantástico. Mitos antiguos y leyendas modernas, que al contrario de lo que se cree no abandonan jamás el mundo, pueblan los rincones más íntimos del vecindario humilde y retirado.
El mismo viento deja de ser el viento acostumbrado de cada día. Una verdadera danza de lo improbable sucede mientras los vecinos duermen profundamente, ignorantes de lo mágico sobre sus veredas rotas.
El simple caminante noctámbulo cree presentir una fuerte tormenta y corre hasta su domicilio a resguardarse del aguacero. De no ser así, es muy probable que el entorno lo convierta en víctima de una condena. Tal vez, ella se trate de dar testimonio del extraño estigma que sufre un legítimo barrio al bajar sus cortinas. Al igual que le ha sucedido, hace ya un tiempo, a alguien que no conozco poco y acostumbraba a reírse de las leyendas.
-¡Andá! ¡Si andás por ahí te pegan un ladrillazo en la cabeza y te afanan todo...! -escuché decir alguna vez. Y no estaba equivocado. Pero a esta afirmación se le escapa la mitad de una realidad que equilibra los peligros cotidianos y sociales con los asombros paulatinos y universales. Es decir, en parte es penoso que creamos en ladrones y no también en dragones. Incluso, en el peor de los casos, hasta se los vota.
Quienes son los mejores testigos que guardan estas noches son los gatos trasnochadores, que ahuyentan más estrellas que ratones. Decenas de veces interrumpen sus sensuales alaridos tras la alerta atención de que algo imprevisto irrumpe desde los oscuros rincones.
Ser observador de un barrio espectral es cosa seria. Develar y narrar sus síntomas es una empresa sumamente delicada que no debe confundirse con baratas astrologías, ni pseudo-fantasmas de películas norteamericanas.
No es nada fácil, se los aseguro. Porque, por otra parte, también la exageración puede provocar groseras confusiones. Se puede caer en el error de mitificarlo todo, hasta la lata abollada donde crece la albahaca. Yo mismo he gastado jornadas completas tras el sonido de un nuevo silbador mágico que atraía ejércitos de niños a la manera de un flautista de Hamelín moderno y descubrir que sólo se trataba de un heladero.
Aun así, en las mayores simplezas se ocultan los mejores misterios.
No obstante, será cuestión, oportunamente, de superar todo pudor y enfrentar, sin prejuicios, el absurdo de lo extracotidiano que convive frente a nuestros rostros, y revelar así la magia que nos hace caminar por una calle desierta bajo la luz derramada por una luna encantada.
Tal vez, reconozcamos la escenografía natural de un barrio propiamente espectral que nos rodea.
Siendo así, sería prudente apurar los pasos, sobre la avenida Calchaquí, ante los primeros relámpagos.
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