No
son fáciles de identificar.
Se tratan de zonas imprevistas que, a modo de resguardo,
disimulan la fachada de cualquier barrio habitual. En
apariencia, otros vecindarios nada tienen que envidiarles
a sus esquinas, a sus persianas y a sus malvones. Sus
moradores celebran el decurso de cada día como
todo hijo del vecino, apostando a un mejor futuro con
las supuestas fichas que ayer les patinó el presente.
También se leen diarios y se repasan telenovelas,
mientras los perros giran detrás de sus colas,
en patios agrietados, haciendo tiempo hasta que aparezca
una luna digna de aullar.
No obstante, algo extraño suele subrayar las
madrugadas por estas familiares cuadras.
Imagino al celestial Adán Buenosayres de Don
Leopoldo Marechal tomándose, con su último
aliento, de las rejas oxidadas de los frentes sombríos
de Villa Crespo, o la golondrina caminata de un Silvio
Astier de Don Roberto Arlt, iluminado por las aromáticas
veredas de alguna parte del barrio de Flores. Y me pregunto
si al Oeste de Quilmes se reproduce algo así
como un fenómeno mítico de carácter
puramente ficcional y literario.
O bien me encuentro sumido sobre una de las tantas zonas
encantadas que los misterios del universo callan a los
ojos profanos de la amansadora rutina.
-Vos bien sabés de qué se trata... -me
replicaría el Viejo Marrón, con su serenidad
santiagueña que
conoce de tantos secretos-. Desde la condena que te
marcó la noche inoportuna, sabés que ya
nada será igual...
Y tenía razón.
Los recuerdos lejanos de aquella noche tormentosa, a
cuadras de la avenida Calchaquí, siguen presentando
ante mí experiencias que escapan al común
de la gente y a la respetuosa lógica de la razón.
Debí convertirme en un narrador, en algunas ocasiones
testigo, en otras, protagonista, de los signos espectrales
que presenta aquel barrio escondido que suele recrear
insólitas fantasías en momentos de vigorosa
soledad.
Y la pobre figura de uno rondando esas oscuras calles
desiertas.
El Viejo Marrón supo aconsejarme que la naturaleza
de un misterio debe ser perseguida hasta sus últimas
consecuencias. Se trata de algo que colma de incertidumbre
y angustia en la mayoría de los casos, pues,
si bien son las últimas, no dejan de ser consecuencias
sorprendentes y completamente inciertas. Uno nunca sabe
con qué va a encontrarse al dar la vuelta en
cierta esquina.
Salvo que se anticipe el amanecer.
No es común que un misterio perdure durante el
día. Es más probable que ceda una pausa
a su existencia hasta bien entrada la medianoche, al
parecer su circunstancia temporal predilecta, como también
sobre una melancólica tarde de lluvia.
Sentado contra el tanque de agua sobre el techo de la
vieja casa, observo, entre docenas de terrazas desprolijas
y tejados sucios, el vuelo figurativo de un grupo de
golondrinas hacia un ensangrentado atardecer. Es entonces
cuando me digo: "Algo extraño está
por ocurrir..."
Y el barrio disminuye sus ruidos cuando aumentan sus
sombras. Sus esquinas dejan de ser curvas obligadas
para ser accesos puntuales hacia imprevistos mundos
vacilantes.
La geografía arrinconada de esa porción
de universo marginada al Oeste de Quilmes se transforma
en una cosmogonía de realidades de corte fantástico.
Mitos antiguos y leyendas modernas, que al contrario
de lo que se cree no abandonan jamás el mundo,
pueblan los rincones más íntimos del vecindario
humilde y retirado.
El mismo viento deja de ser el viento acostumbrado de
cada día. Una verdadera danza de lo improbable
sucede mientras los vecinos duermen profundamente, ignorantes
de lo mágico sobre sus veredas rotas.
El simple caminante noctámbulo cree presentir
una fuerte tormenta y corre hasta su domicilio a resguardarse
del aguacero. De no ser así, es muy probable
que el entorno lo convierta en víctima de una
condena. Tal vez, ella se trate de dar testimonio del
extraño estigma que sufre un legítimo
barrio al bajar sus cortinas. Al igual que le ha sucedido,
hace ya un tiempo, a alguien que no conozco poco y acostumbraba
a reírse de las leyendas.
-¡Andá! ¡Si andás por ahí
te pegan un ladrillazo en la cabeza y te afanan todo...!
-escuché decir alguna vez. Y no estaba equivocado.
Pero a esta afirmación se le escapa la mitad
de una realidad que equilibra los peligros cotidianos
y sociales con los asombros paulatinos y universales.
Es decir, en parte es penoso que creamos en ladrones
y no también en dragones. Incluso, en el peor
de los casos, hasta se los vota.
Quienes son los mejores testigos que guardan estas noches
son los gatos trasnochadores, que ahuyentan más
estrellas que ratones. Decenas de veces interrumpen
sus sensuales alaridos tras la alerta atención
de que algo imprevisto irrumpe desde los oscuros rincones.
Ser observador de un barrio espectral es cosa seria.
Develar y narrar sus síntomas es una empresa
sumamente delicada que no debe confundirse con baratas
astrologías, ni pseudo-fantasmas de películas
norteamericanas.
No es nada fácil, se los aseguro. Porque, por
otra parte, también la exageración puede
provocar groseras confusiones. Se puede caer en el error
de mitificarlo todo, hasta la lata abollada donde crece
la albahaca. Yo mismo he gastado jornadas completas
tras el sonido de un nuevo silbador mágico que
atraía ejércitos de niños a la
manera de un flautista de Hamelín moderno y descubrir
que sólo se trataba de un heladero.
Aun así, en las mayores simplezas se ocultan
los mejores misterios.
No obstante, será cuestión, oportunamente,
de superar todo pudor y enfrentar, sin prejuicios, el
absurdo de lo extracotidiano que convive frente a nuestros
rostros, y revelar así la magia que nos hace
caminar por una calle desierta bajo la luz derramada
por una luna encantada.
Tal vez, reconozcamos la escenografía natural
de un barrio propiamente espectral que nos rodea.
Siendo así, sería prudente apurar los
pasos, sobre la avenida Calchaquí, ante los primeros
relámpagos. |