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| Del
rincón de las cosas más fabulosas. |
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Reconozco,
a estas alturas, haber extraviado la geografía
de su paradero.
Por más que intente un sobrenatural esfuerzo de
memoria, sólo llega a mí su frágil
ánimo de recuerdo penado por el tiempo.
Todos contamos, en uno de los más preciados momentos
de nuestras vidas, con un ángulo arrinconado de
la casa donde las cosas tomaban su más fantástica
dimensión.
Acaso evocando el mío, usted, resucite el suyo.
Confieso que la hora señalada era la siesta, cuando
mi madre indicaba desde su firme dedo índice los
numerosos castigos que me haría acreedor si su
sueño fuese interrumpido por alguna revuelta de
mi responsabilidad. Le ofrecía, entonces, indudables
garantías con mi mejor cara de ángel callejero.
Sus primeros ronquidos serruchaban la tarde en el preciso
momento que a mí el cielo del jardín del
fondo se me abría como un reino apenas cercado
por unos ladrillos, mi repentino aburrimiento o la hora
de hacer los deberes. Recorría los frutales convertido
en el máximo goleador, en un experto espadachín
o bien en un temible pirata que toda su fiereza se reducía
a escupir de costado.
Luego de tanta agitación por saltar riesgosos cascotes,
anudar sogas a las rejas y combatir a sablazos los arbustos
de mil brazos, mi mirada se posaba en el rincón
techado del patio de atrás. En ese lugar, un viejo
baúl verde encerraba los tesoros más prodigiosos
para un chico exhausto de tanta acción. De un solo
impulso corría hasta él, lo rodeaba, lo
hacía mío entre mis dos manos, y abría
la tapa con la definida solemnidad que me permitía
un cofre capturado. En su interior algunos libros y miles
de revistas reproducían tantas veces, en oscuras
letras de imprenta, los nombres de mis héroes predilectos
entre signos de admiración. Inmediatamente, todo
mi cuerpo se zambullía en aquel mar de húmedas
ilustraciones, y el ánimo guerrero reposaba pegándole
intensos vistazos a cada página tras la búsqueda
de la verdadera clave de una tarde que gustaba de gotear
sol desde los rosales.
En ocasiones, mis padres me buscaban por toda la casa
temiendo una nueva fuga espontánea como aquellas
que acostumbraba a realizar en las vísperas de
Navidad cuando todo el mundo andaba ocupado en las sidras
y la graciosa masa para los ravioles.
Pero no. Yo andaba reinando en el interior del baúl
mientras devoraba con los ojos las historietas que el
"BILLIKEN" y el "ANTEOJITO" prometían
finalizar en cada número. Una vez interrumpida
la lectura, emergía de mi escondite con la elegancia
del sórdido Monstruo de la Laguna Negra.
-Te equivocaste de nombre... -le respondía, con
suma firmeza, al llamado de mi madre-. ¿No ves
que soy Don Diego de la Vega...?
Y así el Zorro, paladín de la justicia,
debía abandonar la constante persecución
de indebidos malhechores tras la urgencia inevitable de
analizar sintácticamente las oraciones de la carpeta
de Lengua para la clase del día siguiente.
De noche, cuando acompañaba a mi padre a buscar
alguna cosa al galpón del fondo, observaba perplejo
al baúl como un rincón oscuro e invadido
por ranas que mi coraje diurno no bastaba para acercarme.
El encanto nocturno debía esperar un racimo de
años para lograr seducirme desde sus más
grises ángulos. Pero por el momento no me separaba
de la cintura de mi padre mientras la luna se viera tan
redonda como en las películas que disfrutaban los
mayores.
Sin embargo, al retornar el sol a la casa junto a mí
del colegio, visitábamos el jardín sin quitarme
todavía el uniforme castigado y caluroso. Miraba
al baúl con la sonrisa que dibujaba un prólogo
antes de almorzar, pues bien sabía que luego del
lavado de platos y el sermón previo a cada siesta
mi madre enfilaba a su dormitorio y yo marchaba sereno
por el pasillo desembocando en el fondo.
El cielo volvía a abrirse como un panorama celeste
de millones de posibilidades. El verde baúl, inmutable,
nuevamente se dejaba destapar para devorarme hasta su
mágico estómago repleto de aventuras a colores.
Su hipnosis lograba mi asombro inmóvil, cosa que
ningún adulto podía adjudicarse.
Alguna vez escuché el sorprendente comentario de
mi abuela, quien aseguraba con naturalidad que dicho baúl
fue armado bajo la única intención de que
ella pudiera guardar sus regalos previos al casamiento
con mi abuelo. Un dato de esta naturaleza hacía
imaginarme el origen del baúl verde muchos siglos
atrás.
No obstante, una de aquellas tardes, imprevistamente,
algo que los mayores llamaban adolescencia golpeó
la tapa de mi baúl y, sin ninguna explicación
evidente, cambió mi atención hacia mis héroes
por la irresistible sonrisa de la compañera del
otro séptimo.
El baúl verde fue colmado de arañas, y empezó
paulatinamente a molestar entre las cosas del fondo.
Los árboles ya no simulaban ser mis amenazantes
enemigos sino que me procuraban la fresca sombra necesaria
para escribir mis primeros versos desgarradores.
Poco a poco fue trasladado al interior del galpón
para guardar herramientas en desuso, y dormir una siesta
fue tan deseado por mí como por mi madre.
Hoy en día, por más que lo mire desde la
más refrescante memoria, no encuentro esa extraña
luz que irradiaba en aquellas tardes distantes. Es un
objeto por más indiferente y cuenta con todo mi
abandono desde que hizo de mí un personaje ridículo
al que sobraban demasiadas piernas y demasiados brazos
al intentar volver a sentir su cobijo.
Sé que persiste oscuro en el costado del galpón
gris, pero es claro ya que no es el rincón de las
cosas más fabulosas por más esfuerzo que
uno haga. Es un viejo y simple baúl que alguna
vez guardó las ilusiones de una muchacha por casarse,
y posteriormente las aventuras de un chico solo a la hora
de la siesta.
Sé que tiene el aspecto de un animal invernando
a la espera de nuevos tiempos.
También creo adivinar su íntima invocación
de un nuevo protagonista que, de alguna manera, despierte
la magia reducida a su espacio.
Como él, yo también he perdido el paradero
de aquellas geografías, pero somos obstinados en
guiñar un ojo a las posibilidades que golpearán
a nuestras tapas para invitarnos a inéditas vivencias.
Por lo pronto, usted duerma tranquilo, que yo debo arreglar
algunos asuntos en el jardín del fondo. |
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