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NQuimeras Quilmeñas
por Carlos Dotro»n
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Del rincón de las cosas más fabulosas.
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Reconozco, a estas alturas, haber extraviado la geografía de su paradero.
Por más que intente un sobrenatural esfuerzo de memoria, sólo llega a mí su frágil ánimo de recuerdo penado por el tiempo.
Todos contamos, en uno de los más preciados momentos de nuestras vidas, con un ángulo arrinconado de la casa donde las cosas tomaban su más fantástica dimensión.
Acaso evocando el mío, usted, resucite el suyo.
Confieso que la hora señalada era la siesta, cuando mi madre indicaba desde su firme dedo índice los numerosos castigos que me haría acreedor si su sueño fuese interrumpido por alguna revuelta de mi responsabilidad. Le ofrecía, entonces, indudables garantías con mi mejor cara de ángel callejero.
Sus primeros ronquidos serruchaban la tarde en el preciso momento que a mí el cielo del jardín del fondo se me abría como un reino apenas cercado por unos ladrillos, mi repentino aburrimiento o la hora de hacer los deberes. Recorría los frutales convertido en el máximo goleador, en un experto espadachín o bien en un temible pirata que toda su fiereza se reducía a escupir de costado.
Luego de tanta agitación por saltar riesgosos cascotes, anudar sogas a las rejas y combatir a sablazos los arbustos de mil brazos, mi mirada se posaba en el rincón techado del patio de atrás. En ese lugar, un viejo baúl verde encerraba los tesoros más prodigiosos para un chico exhausto de tanta acción. De un solo impulso corría hasta él, lo rodeaba, lo hacía mío entre mis dos manos, y abría la tapa con la definida solemnidad que me permitía un cofre capturado. En su interior algunos libros y miles de revistas reproducían tantas veces, en oscuras letras de imprenta, los nombres de mis héroes predilectos entre signos de admiración. Inmediatamente, todo mi cuerpo se zambullía en aquel mar de húmedas ilustraciones, y el ánimo guerrero reposaba pegándole intensos vistazos a cada página tras la búsqueda de la verdadera clave de una tarde que gustaba de gotear sol desde los rosales.
En ocasiones, mis padres me buscaban por toda la casa temiendo una nueva fuga espontánea como aquellas que acostumbraba a realizar en las vísperas de Navidad cuando todo el mundo andaba ocupado en las sidras y la graciosa masa para los ravioles.
Pero no. Yo andaba reinando en el interior del baúl mientras devoraba con los ojos las historietas que el "BILLIKEN" y el "ANTEOJITO" prometían finalizar en cada número. Una vez interrumpida la lectura, emergía de mi escondite con la elegancia del sórdido Monstruo de la Laguna Negra.
-Te equivocaste de nombre... -le respondía, con suma firmeza, al llamado de mi madre-. ¿No ves que soy Don Diego de la Vega...?
Y así el Zorro, paladín de la justicia, debía abandonar la constante persecución de indebidos malhechores tras la urgencia inevitable de analizar sintácticamente las oraciones de la carpeta de Lengua para la clase del día siguiente.
De noche, cuando acompañaba a mi padre a buscar alguna cosa al galpón del fondo, observaba perplejo al baúl como un rincón oscuro e invadido por ranas que mi coraje diurno no bastaba para acercarme. El encanto nocturno debía esperar un racimo de años para lograr seducirme desde sus más grises ángulos. Pero por el momento no me separaba de la cintura de mi padre mientras la luna se viera tan redonda como en las películas que disfrutaban los mayores.
Sin embargo, al retornar el sol a la casa junto a mí del colegio, visitábamos el jardín sin quitarme todavía el uniforme castigado y caluroso. Miraba al baúl con la sonrisa que dibujaba un prólogo antes de almorzar, pues bien sabía que luego del lavado de platos y el sermón previo a cada siesta mi madre enfilaba a su dormitorio y yo marchaba sereno por el pasillo desembocando en el fondo.
El cielo volvía a abrirse como un panorama celeste de millones de posibilidades. El verde baúl, inmutable, nuevamente se dejaba destapar para devorarme hasta su mágico estómago repleto de aventuras a colores. Su hipnosis lograba mi asombro inmóvil, cosa que ningún adulto podía adjudicarse.
Alguna vez escuché el sorprendente comentario de mi abuela, quien aseguraba con naturalidad que dicho baúl fue armado bajo la única intención de que ella pudiera guardar sus regalos previos al casamiento con mi abuelo. Un dato de esta naturaleza hacía imaginarme el origen del baúl verde muchos siglos atrás.
No obstante, una de aquellas tardes, imprevistamente, algo que los mayores llamaban adolescencia golpeó la tapa de mi baúl y, sin ninguna explicación evidente, cambió mi atención hacia mis héroes por la irresistible sonrisa de la compañera del otro séptimo.
El baúl verde fue colmado de arañas, y empezó paulatinamente a molestar entre las cosas del fondo.
Los árboles ya no simulaban ser mis amenazantes enemigos sino que me procuraban la fresca sombra necesaria para escribir mis primeros versos desgarradores.
Poco a poco fue trasladado al interior del galpón para guardar herramientas en desuso, y dormir una siesta fue tan deseado por mí como por mi madre.
Hoy en día, por más que lo mire desde la más refrescante memoria, no encuentro esa extraña luz que irradiaba en aquellas tardes distantes. Es un objeto por más indiferente y cuenta con todo mi abandono desde que hizo de mí un personaje ridículo al que sobraban demasiadas piernas y demasiados brazos al intentar volver a sentir su cobijo.
Sé que persiste oscuro en el costado del galpón gris, pero es claro ya que no es el rincón de las cosas más fabulosas por más esfuerzo que uno haga. Es un viejo y simple baúl que alguna vez guardó las ilusiones de una muchacha por casarse, y posteriormente las aventuras de un chico solo a la hora de la siesta.
Sé que tiene el aspecto de un animal invernando a la espera de nuevos tiempos.
También creo adivinar su íntima invocación de un nuevo protagonista que, de alguna manera, despierte la magia reducida a su espacio.
Como él, yo también he perdido el paradero de aquellas geografías, pero somos obstinados en guiñar un ojo a las posibilidades que golpearán a nuestras tapas para invitarnos a inéditas vivencias. Por lo pronto, usted duerma tranquilo, que yo debo arreglar algunos asuntos en el jardín del fondo.
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