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NQuimeras Quilmeñas
por Carlos Dotro»n
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Apología de un potrero.
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Clara conciencia me inspira su natural inclinación a motivar los más caros recuerdos.
Por más que ahora sólo se trate de una porción abandonada, selvática y fantasmal cuyo insistente título persiste sobre un inclinado cartel apedreado: “En Venta”.
Cierta vez pasé con un amigo por su vereda, y no olvidaré su expresivo comentario sobre el destino maldito que puede llegar a condenar a unos viejos terrenos echados al olvido.
No obstante, él muy bien sospechaba que no se trataba de unos simples terrenos viejos los que originaron su sesudo argumento. Mi filosófico amigo se estaba refiriendo, ni más ni menos, a lo que en el rincón más preciado del distante pasado fue la institución máxima que los pibes pudieron haber disfrutado, bajo el sol o bajo la llovizna liviana de agosto.
Hoy, aquellos pibes pasean a sus hijos por clubes pavimentados donde cuesta un tanto por ciento la hora.
En el Potrero jamás mirábamos agujas de reloj alguna, mientras el cielo nos suministrara un poco más de claridad. Tampoco nos preocupaban demasiado ciertas noches cálidas de verano. Sin duda, era, de alguna manera, nuestro juguete más sencillo y el más cotizado.
Debí suponer, desde lo más íntimo de las presunciones, que un lugar tan impregnado de sudor mágico durante tantas tardes no se doblegaría tan fácilmente a los desquicios del progreso.
Para colmo de males, en mi caso personal, tenía al Potrero detrás de la pared del fondo de mi casa. En nuestros días, tanto él como yo permanecemos obstinados con los corazones en los mismos lugares. Él ya sin arcos atados con alambres ni desesperados gritos de centros a la olla; yo, por mi parte, con una camiseta auriazul fuera de moda y menos sonrisas espontáneas. Pero jamás voy a olvidar que la aventura se iniciaba al saltar aquella pared del fondo.
El Potrero fue escenario, entre otras gestas al Oeste de Quilmes, de temibles desafíos con amenazantes bandas de barrios vecinos. Recuerdo que los triunfos se vivían con sobrada algarabía por nuestro equipo local, en cambio las derrotas se somatizaban echando a los contrincantes a los pomelazos limpios. En un relato titulado “De la épica del picado”, publicado en mi libro “Del Narrador de Historias”, supe dar lujosos detalles sobre este tipo de ceremonias. Sin embargo, en aquel pretencioso testimonio, daba fe de que ya todo ocurría en terrenos lejanos, en canchitas distantes, desconocidas durante mi infancia.
Hacer, de este modo, un alegato favorable a una coreografía tan familiar como un baldío puede llegar a resultar para las nuevas generaciones de la era informática un discurso propenso al bostezo y a la vuelta de página. Nadie, en su quebrantada emoción, puede lograr hacerles comprender el espíritu que animaba aquel vacío embarrado sin admirables esfuerzos. Será, tal vez, una forma de robarle a la memoria maneras de vivenciar situaciones que quedaron colgadas de algún árbol junto a alguno de nuestros barriletes. Aquellos armazones de cañas y papel, habiendo despegado del mismo Potrero, tomaron el extraño viento, que también envolvió a las mariposas, para liberarlos vayan a saber en qué intergaláctico terreno.
Pero al no ser tan fácil alzar la copa pidiendo un brindis en nombre del viejo Potrero –lo he intentado en más de un cumpleaños y ciertamente casi me sacan a patadas- se torna más cálida aquella zona que provoca tanta inquietud durante las medianoches de invierno.
Como bajo una premeditada venganza, una prestigiosa inmobiliaria aún no puede ubicar algún propietario para dicho predio. Digo esto con un real conocimiento de causa. No pocos tardaremos en olvidar aquella mañana de sábado soleado cuando inauguramos grises sentimientos de angustia, rencor y desprotección al ver el centro de la canchita invadido por extraños sujetos con palas, postes y alambres tejidos. En colaboración con una siniestra topadora de lacerantes garras, aquellos seres sin entrañas nos restringieron el paraíso nuestro de cada día. Habrá sido una lamentable escena, que no solicitaría ahora presenciar, aquella de esos pibes alineados en la vereda, con la pelota reseca bajo un brazo, mirando de frente y sin razonamiento alguno la desconsiderada devastación. La grupal impotencia provocada le costó a la inmobiliaria varios carteles apedreados hasta el desahogo.
Luego debimos conformarnos con mínimos yuyales circunscriptos a vecinos intolerantes que adoraban apuñalar nuestros más deliciosos momentos entre gajo y gajo de la pelota.
Después fuimos vilmente tentados a practicar pelota-paleta en las calles asfaltadas cercanas a la avenida Calchaquí.
De más está decir que ya nada era lo mismo.
Hoy que los potreros escasean en las vecindades más dignas, o bien son sepultados por complejos edificios como hipermercados y multicines, guardan en muchos de nosotros un verdadero tesoro, propio de piratas paradójicamente saqueados.
Y representa, para muchos de los pibes de nuestros días, un oscuro apego de los grandulones melancólicos que suelen aturdir con las anécdotas provenientes de lo más profundo de sus corazones. Temo que las computadoras más sensibles sean muy poco generosas en provocarles sudores mágicos semejantes a los de aquellos lugares.
Cierto atardecer pasé con un dilecto amigo por la sinuosa vereda de aquel Potrero de la calle 348. Él, en extremo sorprendido, me señaló, más allá del viejo alambrado y los arbustos silvestres que cubren el baldío, unos gritos lejanos de alterados pibes pidiendo centros a la olla. Parcamente le pedí que no dijera locuras y que continuara caminando.
Jamás le confesé haberme reconocido entre aquellas voces.
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