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| Apología
de un potrero. |
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Clara
conciencia me inspira su natural inclinación a
motivar los más caros recuerdos.
Por más que ahora sólo se trate de una porción
abandonada, selvática y fantasmal cuyo insistente
título persiste sobre un inclinado cartel apedreado:
“En Venta”.
Cierta vez pasé con un amigo por su vereda, y no
olvidaré su expresivo comentario sobre el destino
maldito que puede llegar a condenar a unos viejos terrenos
echados al olvido.
No obstante, él muy bien sospechaba que no se trataba
de unos simples terrenos viejos los que originaron su
sesudo argumento. Mi filosófico amigo se estaba
refiriendo, ni más ni menos, a lo que en el rincón
más preciado del distante pasado fue la institución
máxima que los pibes pudieron haber disfrutado,
bajo el sol o bajo la llovizna liviana de agosto.
Hoy, aquellos pibes pasean a sus hijos por clubes pavimentados
donde cuesta un tanto por ciento la hora.
En el Potrero jamás mirábamos agujas de
reloj alguna, mientras el cielo nos suministrara un poco
más de claridad. Tampoco nos preocupaban demasiado
ciertas noches cálidas de verano. Sin duda, era,
de alguna manera, nuestro juguete más sencillo
y el más cotizado.
Debí suponer, desde lo más íntimo
de las presunciones, que un lugar tan impregnado de sudor
mágico durante tantas tardes no se doblegaría
tan fácilmente a los desquicios del progreso.
Para colmo de males, en mi caso personal, tenía
al Potrero detrás de la pared del fondo de mi casa.
En nuestros días, tanto él como yo permanecemos
obstinados con los corazones en los mismos lugares. Él
ya sin arcos atados con alambres ni desesperados gritos
de centros a la olla; yo, por mi parte, con una camiseta
auriazul fuera de moda y menos sonrisas espontáneas.
Pero jamás voy a olvidar que la aventura se iniciaba
al saltar aquella pared del fondo.
El Potrero fue escenario, entre otras gestas al Oeste
de Quilmes, de temibles desafíos con amenazantes
bandas de barrios vecinos. Recuerdo que los triunfos se
vivían con sobrada algarabía por nuestro
equipo local, en cambio las derrotas se somatizaban echando
a los contrincantes a los pomelazos limpios. En un relato
titulado “De la épica del picado”,
publicado en mi libro “Del Narrador de Historias”,
supe dar lujosos detalles sobre este tipo de ceremonias.
Sin embargo, en aquel pretencioso testimonio, daba fe
de que ya todo ocurría en terrenos lejanos, en
canchitas distantes, desconocidas durante mi infancia.
Hacer, de este modo, un alegato favorable a una coreografía
tan familiar como un baldío puede llegar a resultar
para las nuevas generaciones de la era informática
un discurso propenso al bostezo y a la vuelta de página.
Nadie, en su quebrantada emoción, puede lograr
hacerles comprender el espíritu que animaba aquel
vacío embarrado sin admirables esfuerzos. Será,
tal vez, una forma de robarle a la memoria maneras de
vivenciar situaciones que quedaron colgadas de algún
árbol junto a alguno de nuestros barriletes. Aquellos
armazones de cañas y papel, habiendo despegado
del mismo Potrero, tomaron el extraño viento, que
también envolvió a las mariposas, para liberarlos
vayan a saber en qué intergaláctico terreno.
Pero al no ser tan fácil alzar la copa pidiendo
un brindis en nombre del viejo Potrero –lo he intentado
en más de un cumpleaños y ciertamente casi
me sacan a patadas- se torna más cálida
aquella zona que provoca tanta inquietud durante las medianoches
de invierno.
Como bajo una premeditada venganza, una prestigiosa inmobiliaria
aún no puede ubicar algún propietario para
dicho predio. Digo esto con un real conocimiento de causa.
No pocos tardaremos en olvidar aquella mañana de
sábado soleado cuando inauguramos grises sentimientos
de angustia, rencor y desprotección al ver el centro
de la canchita invadido por extraños sujetos con
palas, postes y alambres tejidos. En colaboración
con una siniestra topadora de lacerantes garras, aquellos
seres sin entrañas nos restringieron el paraíso
nuestro de cada día. Habrá sido una lamentable
escena, que no solicitaría ahora presenciar, aquella
de esos pibes alineados en la vereda, con la pelota reseca
bajo un brazo, mirando de frente y sin razonamiento alguno
la desconsiderada devastación. La grupal impotencia
provocada le costó a la inmobiliaria varios carteles
apedreados hasta el desahogo.
Luego debimos conformarnos con mínimos yuyales
circunscriptos a vecinos intolerantes que adoraban apuñalar
nuestros más deliciosos momentos entre gajo y gajo
de la pelota.
Después fuimos vilmente tentados a practicar pelota-paleta
en las calles asfaltadas cercanas a la avenida Calchaquí.
De más está decir que ya nada era lo mismo.
Hoy que los potreros escasean en las vecindades más
dignas, o bien son sepultados por complejos edificios
como hipermercados y multicines, guardan en muchos de
nosotros un verdadero tesoro, propio de piratas paradójicamente
saqueados.
Y representa, para muchos de los pibes de nuestros días,
un oscuro apego de los grandulones melancólicos
que suelen aturdir con las anécdotas provenientes
de lo más profundo de sus corazones. Temo que las
computadoras más sensibles sean muy poco generosas
en provocarles sudores mágicos semejantes a los
de aquellos lugares.
Cierto atardecer pasé con un dilecto amigo por
la sinuosa vereda de aquel Potrero de la calle 348. Él,
en extremo sorprendido, me señaló, más
allá del viejo alambrado y los arbustos silvestres
que cubren el baldío, unos gritos lejanos de alterados
pibes pidiendo centros a la olla. Parcamente le pedí
que no dijera locuras y que continuara caminando.
Jamás le confesé haberme reconocido entre
aquellas voces. |
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