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NQuimeras Quilmeñas
por Carlos Dotro»n
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De las venusinas, hermosas pibas y extrañas.
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Al Sr. Horacio Ferrer
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Hace ya bastante tiempo que el poeta denunció, entonada y categóricamente, aquella discreta invasión sobre la constante Buenos Aires indefensa.
El poeta, por entonces, fue atendido por pocos. Casi por nadie. Al menos no en la cantidad en que su alerta reclamaba. Un cometa con pedales, la estrella del revés y una ilusión super-sport lucían ventajosamente predilectos entre todos sus límpidos testimonios. Y así nadie reparó como merecía en el corazón mismo del recado que sus versos revelaron por aquellas horas.
Hoy en día, la nunca del todo confiable razón por la cual el sueño se me fuga no consiste en aquel desperdicio momentáneo de tanta belleza visitante. Ellas habrían alcanzado nuestras calles una madrugada, por cien días, por cien noches, y luego, afligidas, retornaron en vuelos directos a su planeta sin el roce de beso alguno. Esto, les aseguro, ya no me inquieta.
Lo que sí me hace temblar las rodillas en una esquina nocturna, pronto a una parada de colectivos en penumbras, es la preocupante idea de que las hay demoradas. Advertido, también esto, por el poeta. Estas rezagadas delicias, extraviadas de sus bandadas, vagan por la ciudad sin más condena que anclar en Buenos Aires.
Absortas en el amor, tal vez, a la espera de una noble mirada.
Andando con las manos en los bolsillos, silbar bajito acompaña. Y a uno lo abraza la sospecha cuando un ramo de cabellos al viento, unos ojos hundidos a lo lejos, unos labios fríos de hará, vaya a saber, tanto tiempo y unos delicados pies, tan pequeños, van sobre una baldosa muy amplia para un paso tan solo. No sé, me digo y me pregunto, y si se tratara de alguna de ellas.
Un grupo de falsos nocturnos aúllan al pasar, con su voz aparentemente más sacrificada y heroica:
–¡Mírala!¡Con ésta me caso! ¡Yo me caso!
Pobres infelices. Si se dieran cuenta que tan pronto les llegará la próxima esquina y que tan sólo han regalado un puñado de palabras cobardes desde una voz que aquella no podrá volver a oír jamás. Verla subir a un colectivo y, así, alejarse, forma parte de un suceso cómplice con la frialdad de la noche.
Las Venusinas Perdidas van, pulidamente exactas, sencillamente hermosas. Inalcanzables, padeciendo las masculinas miradas incrédulas aunque cautivadas.
–Son espejismos. Fantasmas, puro fantasmas...
Desde su distante planeta de hembras, hay tantas porciones universales para caer justo en las porteñas veredas.
–Son de mentira, palomas de propaganda...
No hay justicia. Traer desde tan lejos sus dos corazones invictos en las entrañas y que ningún varón las crea posible.
Hondas, tristes, calladas y raras. Se les adjudica, su poeta mediante, las creaciones continuas de algunos tangos y demasiadas nostalgias. Se cuenta por ahí que mujeres esbeltas, confiando en la suficiencia de su voluptuosidad física, se adornaron como integrantes de aquella mitológica raza. Tal promoción no les duró demasiado. Se notaba, a las claras, que se trataban de simples modelos del ligero espectáculo tras la búsqueda de algún rol protagónico. Erraron, nomás, en aquel aspecto de belleza. Mientras tanto, vaya a saber cómo las legítimas andarán ocupando su tristeza por la ciudad. Tal vez, recorriendo exposiciones de pinturas al óleo, atendiendo una mustia caja de un banco esquinero, o golpeando su puerta con la excusa de ofrecerle una nueva cobertura médica.
Siempre solas.
Quienes las vieron, en alguna ocasión, ir por Retiro, por Once y Plaza Lavalle, poco especificaron con detalles sobre su innato pregón de besos por las esquinas. Siempre los testigos continuaron su camino, sin fe en sus pupilas.
No obstante, a quien les comenta, por un extraño arrebato y considerando su inexorable condición de cronista incógnito en arrabales arrinconados del sur, se le hace ineludible hacer pública su insistencia. El poeta las advirtió, hace ya bastante tiempo, por la ciudad, y hoy me atrevo a señalar, con más amplia sospecha cada vez, que sus tacos resultan también oídos en las veredas cuarteadas de los barrios suburbanos del Gran Buenos Aires. Su reparto de ternura estaría extendiéndose. A no ser su tristeza. Mansas tardes nubladas de otoño me ofrecieron el cruce de sus pasos, al parecer, por la peatonal Rivadavia, en el corazón de Quilmes.
Quizá en sus memorias aún quede postergado el amargo recuerdo de la pequeña historia de aquella mañana. Se sabe que fue un martes maldito. Todas ellas inclinadas frente al río, y el resignado arrojo de sus ternuras a las aguas inmutables del amanecer. Tantas lágrimas fueron incorporadas a su caudal.
Desde ya, se figura claramente que no pocos lectores se estarán preguntando por dónde perfilar sus pasos para encontrarlas. Se supone que no por cualquier parte, y mucho menos por dónde nos podamos imaginar. A las Venusinas Perdidas habrá que aprender a identificarlas, a pesar de que lo que jamás se ha visto nunca se podrá reconocer. Mientras tanto, ellas seguirán esperando, tal vez, la iluminada designación de entregarse, por fin, a quien el mezquino destino, ya decidido, le ofrezca como merecedor del polen de sus corpiños, de sus besos de otro mundo.
La próxima vez sugiero, respetuosamente, prestar más atención a los versos reveladores de un verdadero poeta.
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