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las venusinas, hermosas pibas y extrañas. |
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| Al
Sr. Horacio Ferrer |
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Hace
ya bastante tiempo que el poeta denunció, entonada
y categóricamente, aquella discreta invasión
sobre la constante Buenos Aires indefensa.
El poeta, por entonces, fue atendido por pocos. Casi por
nadie. Al menos no en la cantidad en que su alerta reclamaba.
Un cometa con pedales, la estrella del revés y
una ilusión super-sport lucían ventajosamente
predilectos entre todos sus límpidos testimonios.
Y así nadie reparó como merecía en
el corazón mismo del recado que sus versos revelaron
por aquellas horas.
Hoy en día, la nunca del todo confiable razón
por la cual el sueño se me fuga no consiste en
aquel desperdicio momentáneo de tanta belleza visitante.
Ellas habrían alcanzado nuestras calles una madrugada,
por cien días, por cien noches, y luego, afligidas,
retornaron en vuelos directos a su planeta sin el roce
de beso alguno. Esto, les aseguro, ya no me inquieta.
Lo que sí me hace temblar las rodillas en una esquina
nocturna, pronto a una parada de colectivos en penumbras,
es la preocupante idea de que las hay demoradas. Advertido,
también esto, por el poeta. Estas rezagadas delicias,
extraviadas de sus bandadas, vagan por la ciudad sin más
condena que anclar en Buenos Aires.
Absortas en el amor, tal vez, a la espera de una noble
mirada.
Andando con las manos en los bolsillos, silbar bajito
acompaña. Y a uno lo abraza la sospecha cuando
un ramo de cabellos al viento, unos ojos hundidos a lo
lejos, unos labios fríos de hará, vaya a
saber, tanto tiempo y unos delicados pies, tan pequeños,
van sobre una baldosa muy amplia para un paso tan solo.
No sé, me digo y me pregunto, y si se tratara de
alguna de ellas.
Un grupo de falsos nocturnos aúllan al pasar, con
su voz aparentemente más sacrificada y heroica:
–¡Mírala!¡Con ésta me
caso! ¡Yo me caso!
Pobres infelices. Si se dieran cuenta que tan pronto les
llegará la próxima esquina y que tan sólo
han regalado un puñado de palabras cobardes desde
una voz que aquella no podrá volver a oír
jamás. Verla subir a un colectivo y, así,
alejarse, forma parte de un suceso cómplice con
la frialdad de la noche.
Las Venusinas Perdidas van, pulidamente exactas, sencillamente
hermosas. Inalcanzables, padeciendo las masculinas miradas
incrédulas aunque cautivadas.
–Son espejismos. Fantasmas, puro fantasmas...
Desde su distante planeta de hembras, hay tantas porciones
universales para caer justo en las porteñas veredas.
–Son de mentira, palomas de propaganda...
No hay justicia. Traer desde tan lejos sus dos corazones
invictos en las entrañas y que ningún varón
las crea posible.
Hondas, tristes, calladas y raras. Se les adjudica, su
poeta mediante, las creaciones continuas de algunos tangos
y demasiadas nostalgias. Se cuenta por ahí que
mujeres esbeltas, confiando en la suficiencia de su voluptuosidad
física, se adornaron como integrantes de aquella
mitológica raza. Tal promoción no les duró
demasiado. Se notaba, a las claras, que se trataban de
simples modelos del ligero espectáculo tras la
búsqueda de algún rol protagónico.
Erraron, nomás, en aquel aspecto de belleza. Mientras
tanto, vaya a saber cómo las legítimas andarán
ocupando su tristeza por la ciudad. Tal vez, recorriendo
exposiciones de pinturas al óleo, atendiendo una
mustia caja de un banco esquinero, o golpeando su puerta
con la excusa de ofrecerle una nueva cobertura médica.
Siempre solas.
Quienes las vieron, en alguna ocasión, ir por Retiro,
por Once y Plaza Lavalle, poco especificaron con detalles
sobre su innato pregón de besos por las esquinas.
Siempre los testigos continuaron su camino, sin fe en
sus pupilas.
No obstante, a quien les comenta, por un extraño
arrebato y considerando su inexorable condición
de cronista incógnito en arrabales arrinconados
del sur, se le hace ineludible hacer pública su
insistencia. El poeta las advirtió, hace ya bastante
tiempo, por la ciudad, y hoy me atrevo a señalar,
con más amplia sospecha cada vez, que sus tacos
resultan también oídos en las veredas cuarteadas
de los barrios suburbanos del Gran Buenos Aires. Su reparto
de ternura estaría extendiéndose. A no ser
su tristeza. Mansas tardes nubladas de otoño me
ofrecieron el cruce de sus pasos, al parecer, por la peatonal
Rivadavia, en el corazón de Quilmes.
Quizá en sus memorias aún quede postergado
el amargo recuerdo de la pequeña historia de aquella
mañana. Se sabe que fue un martes maldito. Todas
ellas inclinadas frente al río, y el resignado
arrojo de sus ternuras a las aguas inmutables del amanecer.
Tantas lágrimas fueron incorporadas a su caudal.
Desde ya, se figura claramente que no pocos lectores se
estarán preguntando por dónde perfilar sus
pasos para encontrarlas. Se supone que no por cualquier
parte, y mucho menos por dónde nos podamos imaginar.
A las Venusinas Perdidas habrá que aprender a identificarlas,
a pesar de que lo que jamás se ha visto nunca se
podrá reconocer. Mientras tanto, ellas seguirán
esperando, tal vez, la iluminada designación de
entregarse, por fin, a quien el mezquino destino, ya decidido,
le ofrezca como merecedor del polen de sus corpiños,
de sus besos de otro mundo.
La próxima vez sugiero, respetuosamente, prestar
más atención a los versos reveladores de
un verdadero poeta. |
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