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NBuenos Aires desde Entre Ríos, ARG
por Rosa María Sobrón»n
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De Entre Ríos a Buenos Aires.
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Comenzaré por contarles desde el principio...

El recuerdo vuela hacia atrás y me veo, no hace tanto tiempo, en el sosiego de una tierra de agua, pájaros y verdes. Jamás pensé que un día vendría a vivir a Buenos Aires...

Nací en Nogoyá (Provincia de Entre Ríos) Argentina y la vida me llevó a la ciudad de Victoria, tan sólo a 40 kilómetros de mi rincón natal. Allí formé mi hogar, ejercí la docencia como Profesora en Letras y como Directora de la Escuela Normal Superior de la misma. Junto con toda esa actividad, la literatura, en especial la poesía, me envolvía con su manto permanente de búsqueda, de ansiedad y de creación.

Es que la creación llegaba a flor de piel. El paisaje hermoso de mi patria chica, llenó las páginas de mis primeros libros de poemas. Una felicidad plena me acompañaba en un hogar con muchas lecturas junto al fervor jurídico de mi marido, que también amaba la literatura, y la felicidad de mis dos hijos.

Entonces, cuando se es tan feliz, no se presiente la Muerte. Pero ella llega: mis padres, mi hermana Elisabeth y hoy uno más ausente fueron haciendo el camino de la vida.

Los hijos se fueron a estudiar y a formar sus hogares. El fiel compañero también se fue. Me quedé con los azules y los verdes, con la poesía a cuestas, con muchos amigos y ex alumnos queridos, pero en medio, a pesar de ello, de una rotunda soledad.

Busqué en la literatura y en la fe en Dios, la compañía permanente. Pero necesitaba del afecto de los que me quedaban y estaban lejos. Por ello desde 1992 estoy en Buenos Aires. La poesía, dos hijos, dos nietas, han ido colmando lugares entrañables.

Hoy me parece mentira: quedaron atrás las verdes colinas de Gaspar L. Benavento, el poeta de Victoria, los cerros y el río, la venerada iglesia con su virgencita vasca Nuestra. Señora de Aranzazu, que se afincó en Victoria, llevada por las manos del fundador, Salvador Joaquín de Ezpeleta.

En Buenos Aires he ganado muy buenos amigos, escritores a muchos de los cuales conocía, porque habían andado por mi tierra litoral. Escribo sin cesar. Poemas, cuentos, ensayos, críticas de libros, doy conferencias, y dirijo con todo amor la revista "Ser en la Cultura" de la Casa y Mutual Universitaria de San Martín, Provincia de Buenos Aires.

Publiqué nueve poemarios, cuatro ensayos, un libro de relatos, La Estación (Estampas de mi pueblo) en tres ediciones aumentadas, que se lee en las escuelas de mi provincia por Recomendación del Consejo de Educación de Entre Ríos y en algunas de esta Capital.

Buenos Aires me deparó un día una sorpresa. En un café cercano me encontré escribiendo un poema. En la agenda que siempre llevo en la cartera. El motivo era ella: La Agenda.
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Juan L. Ortiz

En fin, amigos, soy provinciana pero he aprendido a querer a Buenos Aires en medio de sus tumultos de sus torres, de su cemento y de sus locuras incesantes. Porque Buenos Aires tiene un alma. Y no puede dejarse de querer a quien tiene un alma.

Hace poco estuve en Victoria, esperanzada con la construcción del gran puente que, sobre el río, la unirá a Rosario. Pero la caminé tranquila, reencontrando la belleza de sus casas coloniales, de sus rejas que dibujan sueños increíbles, de sus ocasos rosados y amarillos y el ritmo ondulante de sus calles.

Cuando noviembre asoma en Buenos Aires y las plazas y avenidas se azulan de jacarandaes florecidos, un nudo me aprieta el pecho al recordar al querido poeta entrerriano de la generación del 40: Carlos Alberto Álvarez. O si escucho un zorzal en una plaza, se me aparece fantasmal pero verdadero Gaspar L. Benavento con su traje y su sombrero negro "deseando dormir junto a su río", el riacho Victoria, como lo expresa uno de sus más bellos poemas.

Pero me falta aquí mi querido Juanele, el Juan L. Ortiz, traducido a varios idiomas, pero que pocos conocen. Me faltan sus juncos, su "mujer de pana azul", el susurrode su voz y su melena de poeta volando hacia el Sur como un barco nacido a la luz de una esperanza.

Buenos Aires ya tiene sus poemas de esta provinciana. Un manojito apenas, que tal vez algún día, verán la luz en una plaqueta.

Para que conozcan a Juanele, ya que esta página ha traspuesto las fronteras, les transcribo un poema de Juan L. Ortiz.

Mientras, amigos, me despido hasta pronto en esta lluviosa primavera argentina que es capaz sin embargo de traerme alguna flor y una paloma mensajera que me dejará, aunque sólo lo imagine el más bello e inédito mensaje.

Ella iba de pana azul

Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.
La mañana pesaba ya, dulcemente.
¡De qué color la sombrilla contra el amor de Octubre?

Entre las manzanillas ella iba.
Entre la nieve ardiente ella iba.

¡En qué ligerísima penumbra sus labios florecían?

(Oh sin la penumbra,
toda la abeja del aire,
toda, sobre sus labios...)

Entre las manzanillas ella iba.
La voz, la voz de niña, algo indecisa aún,
Con pudor, con cierto pudor, de los pétalos ebrios...

Esa edad de Jacinto, ay, ese aire...
Entre las manzanillas ella iba de pana azul,
De un azul más grave que el del Domingo, azul, porque ya era el destino
De ojos a veces bajos o turbados... mi destino.
Mi destino... y yo a su lado, qué?
Ella iba de pana azul entre las manzanillas. Ella.

(De "La mano infinita")

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