
El
poeta Juan L. Ortíz
en su paisaje, en 1970
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Desde
Victoria (Entre Ríos) mi patria chica a
la gran ciudad del Sur. Desde mi Nogoyá
natal, donde nací y pasé mi infancia
y parte de adolescencia, al mundo de piedra, de
cemento, al parecer sin alma.
Quedaban atrás las verdes colinas de Gaspar
L. Benavento, el máximo poeta de Victoria,
los cerros y el río, la venerada iglesia
con su virgen vasca Ntra. Sra. de Aranzazu, que
se afincó en Victoria en las manos del
fundador: Salvador Joaquín de Ezpeleta.
Ejercí la docencia por largos años
al tiempo que formé mi hogar y anduve con
la poesía en el alma desde los once o doce
años.
La vida propone instancias jamás pensadas.
Estoy en Buenos Aires. He ganado muy buenos amigos,
escritores muchos de ellos, a algunos de los cuales
conocía porque habían andado por
mi tierra litoral.
Escribo sin cesar. Poemas, cuentos, notas de libros,
dirijo la revista "Ser en la Cultura"
de la Casa y Mutual Universitaria de San Martín.
Publiqué nueve poemarios, tres ensayos,
y un libro de relatos "La Estación"
(Estampas de mi pueblo) en tres ediciones aumentadas,
que se lee en las escuelas de mi provincia y en
algunas de esta Capital y que fuera recomendado
para los colegios por el Consejo de Educación
de Entre Ríos.
Buenos Aires me deparó un día una
sorpresa. En un café cercano me encontré
escribiendo un poema: el motivo, la agenda que
siempre llevo en mi cartera.
Lo escribí en ella, pero el tema era también
"Ella",la agenda. Yo... que siempre
necesité el silencio y la soledad para
escribir, lo estaba haciendo en el tráfago
de la gran ciudad. Gracias, Buenos Aires.
En fin, amigos, se me han pedido unas palabras
para "El Muro".
Soy y seré provinciana y una nostalgia
con colores se me prende en el alma cuando retorno
a mi lar nativo.
Pero también he aprendido a querer un poco
a Buenos Aires y a sus gentes, con sus torres,
su "smog", sus locuras incesantes.
Porque Buenos Aires tiene un alma. Y no puede
dejarse de querer a quien tiene un alma.
Hace muy poco estuve en Victoria. La vi esperanzada
en la grandeza de su puente que la unirá
a Rosario. Pero tranquila, con sus casas coloniales,
sus rejas que dibujan sueños increíbles,
sus ocasos rosados o amarillos y el ritmo ondulante
de sus calles.
Cuando noviembre asoma en Buenos Aires y las plazas
y avenidas se azulan de jacarandaes florecidos,
un nudo se me hace en el pecho al recordar al
querido poeta del 40: Carlos Alberto Alvarez.
O si un zorzal es capaz de cantar -que sí
lo he oído-, está Gaspar a mi lado
con su sombrero y traje negros, "Deseando
dormir" junto a su río.
Pero me falta aquí Juanele porque el Plata
no es el Paraná. Me faltan sus juncos,
su mujer de pana azul, el susurro de su voz y
su melena de poeta volando hacia el Sur como un
barco nacido a la luz de una esperanza.
Buenos Aires ya tiene sus poemas de esta provinciana.
Un manojito aún, que tal vez saldrá
algún día a la luz, aunque sea en
una plaqueta.
Mientras, mis amigos de "El Muro" me
despido hasta la próxima en este agosto
de primavera temprana que es capaz de traerme
alguna flor y una paloma en el balcón dejarme
el más bello e inédito mensaje.
"que, decís
que ellos no sienten
el Jacaranda bajo la lluvia?...
El Noviembre lila, todo lila, bajo la lluvia o
en la lluvia".
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