
Escuela Normal Superior |
La
noche era calurosa, pero una brisa leve refrescaba
el aire.
Un enorme patio se colmaba de hombres y mujeres,
jóvenes y no tan jóvenes.
Es que la Escuela Normal Superior de Victoria (Entre
Ríos), celebraba sus 95 años de vida.
Fundada en 1910, miles de alumnos, entre ellos mi
madre, poblaron sus aulas a través de tanto
tiempo.
Tuve la felicidad de ser alumna, profesora y directora
de la misma, a la que llamo casi “mi madre
espiritual.”
Una alegría, a veces llorosa y nostálgica,
colmaba los rostros.
La Sra. Directora, Licenciada Marisa Ramírez
de Pirro, invitó a el acto con emotivas palabras.
Y llamó a las tres ex alumnas más
antiguas, presentes allí, para izar una bandera
que ostentaba el escudo de la escuela.
Al finalizar dicha ceremonia, todos, espontáneamente
nos pusimos de pie. e irrumpimos espontáneamente,
para cantar la inolvidable “Canción
del Estudiante”
Transcurrió la cena en un aire de emocionado
goce.
La Sra. de Pirro, convocó a los ex directivos
y familiares de los mismos, para entregarles un
reconocimiento.
Era la fachada del majestuoso edificio, emplazado
en la Avenida Centenario, rumbo al río.
Cuando llegó mi turno, una emoción
singular mojó mis ojos.
Agradecí con palabras no preparadas por cierto.
No supe lo que dije.
Pero sí sé, que caminando entre queridos
ex alumnos, de colegas y amigos, me costó
llegar a mi lugar donde me aguardaban mis compañeras
de promoción.
Olvidé decir que la fiesta fue el 28 de diciembre
de 2004.
Pero no sólo por esto fue muy especial mi
viaje a Victoria.
Permanecí dos días en Victoria y crucé
luego e Puente Victoria - Rosario. Oh, el puente!.
Jamás creí que lo vería.
Durante los años de estudio del profesorado
en letras, en Rosario, cruzaba el riacho Victoria
entre islas y canales pintorescos, hasta enfrentar
el majestuoso Paraná que conduce a la ciudad
santafesina de Rosario. El viaje duraba cinco horas
o más.
Hoy, los colectivos tardan sólo una. Y en
automóvil, el viaje es más corto,
por cierto.
Habitantes de Nogoyá, mi ciudad natal, cruzan
fácilmente para efectuar compras o para ver
espectáculos, películas, teatro, y
regresan en el día.
Todo esto hizo de este viaje un verdadero placer.
Admiré una más vez el paisaje de Victoria:
sus verdes colinas, sus edificios, y pude apreciar
como nunca la afabilidad de su gente.
Mientras escribo esta nota en una mañana
algo gris, desde este rincón porteño,
evoco aquel viaje y me digo: Con razón a
mi provincia se la llama “la de todos los
verdes”.
Con perdón de los lectores, me atrevo a transcribir
un poema dedicado a la ciudad de mis amores, cuna
del célebre poeta Gaspar L. Benavento a quien
dediqué varias notas en “La Mañana”
de Victoria.
Saben ya, mejor que yo, que en la página
web turismovictoria.com.ar,
encontrarán numerosas fotografías
de la fiesta del Normal y otras de mucho interés,
referentes a la historia de la ciudad, a la Abadía
Benedictina del Niño Dios, a sus famosos
Carnavales.
No sin razón, Benavento llamó a Victoria
La de las siete colinas su primer poemario.
Antes de transcribir el poema aludido anteriormente,
me digo, algo nostálgica: Oh, Victoria, ”la
de todos, los verdes” y me atrevo a agregar:
“Victoria de la luz y del color”. |
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No
me canso |
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A
Victoria, con amor. |
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No
me canso de ver este paisaje
que desde un trampolín se vuelve niño.
Es un claro temblor el de este viaje
tendido a las riberas del cariño.
No me canso, de verdes, contemplarte,
ni de azules de ríos conmoverme.
No fatigo mis ojos, pues sé darte
todo el hilo frutal que en mí se aduerme.
No me canso de verte y caminarte,
con la sangre del alma enajenada
por clamores grisáceos de la vida.
Pues sé bien que aún puedo regalarte
un pedazo de luz desdibujada.
Fiel destello de lágrima perdida. |
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