
Don
Juan, el kiosquero

Tapa
del libro
de Rosa María Sobrón |
La
iglesia erguía sus elegantes y finas torres
en el gélido claror de una noche de auténtico
junio.
Las estrellas, friolentas en el cielo despejado,
posaban su tímido temblor sobre los árboles
y las cúpulas se estremecían allá
en lo alto, y lejos, lejos de mis ojos, tanteaban
un abrigo en la oscura bóveda.
En la plaza solo el mástil en el centro,
solo el kiosco de Don Juan, cerrada ya su puerta
mínima, apagados los corros infantiles.
Leves, pero aéreos cuchillos atravesaban
la carne descubierta.
Achaparradas, las plantas de los canteros, sólo
decían su presencia ante la amarilla caricia
de la luna llena.
Presuroso el paso hacia el hogar, regresaba yo de
mi lección de piano.
Me había vuelto pequeña dentro del
tapadito, al procurar defenderme de ese crudo invierno
de mis nueve o mis diez años. Los libros
de música, qué gratos algunos, cuán
antipáticos otros, se apretaban contra mi
pecho, sostenidos por las pequeñas manos
enguantadas.
No
pensé detenerme junto a la fuente, como en
las tardes primaverales o de estío, para
contemplar las aguas o para caminar por su ancho
borde, acrobáticamente.
El frío, creciente hacia el centro de la
plaza, ponía premura en mis pies y ansiedad
para alcanzar mi hogar.
Nunca fui demasiado miedosa pero no he poseído
ni poseo rasgo alguno de audacia o valentía.
Al rozar el mástil, en cuyo torno nos reuníamos
los días de fiestas escolares, prodújose
el choque inesperado. Yo vibré en un estremecimiento
de horror que hoy recuerdo con toda luminosidad.
Sí. Era él. Florencio EL Diablo. Así
lo llamábamos los niños del pueblo.
Florencio el Diablo, enfrentándome, siguiendo
mis pasos con cautela y pronunciando palabras ininteligibles.
Sólo sé que, en una carrera que hubiese
causado la envidia de los más hábiles
deportistas, mis pies salvaron, olvidando el viento
helado, la mitad de la plaza y la cuadra y media
que restaban para alcanzar mi hogar.
Ahogada por el llanto, exclamé, ante el estupor
de mis familiares: ¡Flor... Flore... Florencio
el Diablo! Con sus bombachas grises, su sombrero
de anchas alas, calado hasta los ojos claros, en
los que latía una expresión que adivinábamos
misteriosa y que sabíamos temida, este raro
personaje de mi pueblo, era motivo de temor inusitado
entre los niños.
Vivía en la Policía. Por eso era frecuente
encontrarlo por la plaza.
No sé si trabajaba. Pero sí sé
que molestaba a los pequeños bulliciosos,
y que su presencia suscitaba pánico.
Cuando llegaba noviembre, el aire se azulaba de
glicinas y estallaba el blancor de los jazmines
en los húmedos tapiales del pueblo. La plaza,
en esos despertares serenísimos tan asidos
a mi recuerdo, nos vea en compañía
de lña abuela, marchar hacia la iglesia.
Era el mes de la Virgen.
La devoción mariana que culminaba en la celebración
del 8 de diciembre, ponía temblor de azucenas,
sugestión de lirios en el resonar de las
campanas colmadas de paz.
Cada mañana de noviembre, nos enfrentaba
con Florencio el Diablo, Pero la presencia de la
abuela, nos resguardaba de todo temor.
Había un misterio indescifrable en la postura,
a mis ojos, diabólica, de este hombre presente
en mi recuerdo. Corrían raras historias acerca
de su origen y de su conducta. Algún niño
imaginativo dijo alguna vez que de sus ojos si se
los miraba fijamente, fluirían llamas a borbotones.
He aquí pues mi inquietud. Y también
mi curiosidad a pesar del miedo irreprimible, anhelaba
con desvelo contemplar sus ojos. Había aprendido
desde pequeña a descubrir en la mirada el
corazón de los seres que me rodeaban.
Pero no pude con Florencio el Diablo, satisfacer
mi anhelo. Los comentarios y el temor de verme envuelta
en un auténtico infierno de llamas erizadas
que surgirían de sus ojos, me impidió
comprobar la veracidad o la mentira de la aseveración
de los niños.
Hoy pienso que tal vez Florencio el Diablo tenía
un alma buena. Y que sólo la fantasía
que crea delicias y terrores en esa auténtica
edad de oro de la infancia, nos hacía descubrir
a un personaje escapado del averno.
Si alguien lo hubiese enfrentado, ¿no hubiese
quizás enternecido el gesto y cesado de asustarnos?.
Con la perspectiva que me permiten los años
transcurridos, contemplo, desde una rémora
estría del recuerdo, a este extraño
ser, tan ligado a las horas de mi niñez.
Recupero con estas evocaciones, toda la riqueza
emotiva de esos años, en su capacidad de
poesía verdadera, de vida esplendorosa.
Porque toda estampa de la infancia, aún la
de Florencio el Diablo, me devuelve vivientes y
cálidas, todas aquellas pequeñas cosas
que, en su diáfana y perdurable sencillez,
son capaces de permanencia eterna. |