Buenos
Aires, ciudad de mitos, ríos.
Ciudad de puerto abierto a los lenguajes, a las culturas,
a gente con sus historias.
Me acuerdo, caminando un mediodía sobre la avenida
Corrientes casi cruzando Uruguay levanto la cara y vi
a distancia de casi 7 u 8 metros a un personaje casi maravilloso,
los pelos al viento, las manos atrás, envuelto
en un traje gris, girando la cabeza de un lado al otro,
como tratando de mirar todo, sin que se le escape nada,
yo me quede parado, casi asombrado, porque un par de días
antes, había estado con mi vieja (yo apenas tenia
11 años) en un concierto del Teatro San Martín,
me acuerdo que había sido maravilloso, tocaba el
piano, se reía, contaba anécdotas, sus palabras
volaban junto con las notas del piano, sus compañeros
músicos le guardaban las espaldas, y confirmaban
una sabia camaradería, cuando estuvo casi enfrente
mío, le dije, Mono! sos vos... me miro, como si
me conociera de toda la vida, y me dijo... vení,
pibe vamos a tomar un café, cruzamos la calle,
y entramos al Foro, legendario café de la poesia
y encuentros porteños, y no podía creer
que ese personaje increíble, al que habia aplaudido
días antes, en este momento estábamos entrando
juntos, y era obvio que algunas personas lo reconocían,
y sin ir mas lejos, el mozo del bar se acerco, y le dijo...
lo de siempre maestro, contesto sí, y al pibe traele
una coca o un cortado.
Mi vieja me habia mandado al centro (de mediodía)
para hacer un trámite al banco, y yo estaba escuchando
un discurso emocional sobre la libertad del hombre, las
palabras caían de su boca como una catarata frenética,
casi como tratando de que todo lo que pensaba o decía,
se tenía que cumplir como sentencia, se tocaba
los costados de su cabeza arreglándose el pelo
que ya empezaba a ser gris, afuera la gente caminaba apresurada,
con compromisos, mirando sus relojes, bocinas de los coches,
marcaban junto al frenesí del humo de los colectivos
un allegro musical contemporáneo que no iba a ser
muy distinto del que transcurre hoy, después de
casi 30 años, me miro a los ojos y me preguntó
porque estudiaba música, y en mis respuestas trate
o quise convencerlo de que eso era mi vida, o iba a ser
mi vida, que era lo que más quería, y empezó
a decirme, que iba a sufrir mucho, que desconocía
lo que era eso, que si eras serio, no te daban bola y
nuevamente una catarata,... pero de puteadas en las que
una preguntaba y a la vez justificaba con otra, como quizás
de alguna manera como justificando su vida, no sabía,
o quizás sí, pero me estaba enseñando
a tocar, a sentir una música que todavía
no conocía, me corría por la piel un sentimiento
en el que la luz de sus ojos vivaces, negros, pero brillantes,
nunca estuvo en un aula como docente, no lo necesitaba,
todo lo que hacía, decía, era una enseñanza
en sí misma... creo que hoy toco jazz para tenerlo
presente todo el tiempo, y aunque adentro mío ya
nunca se muera, cada vez que toco, no puedo evitar verlo,
y lamentar que hoy no ocupe un lugar de privilegio y de
constante permanencia aunque, después me permitió
visitarlo en su casa, y escucharlo hablar con el fondo
del tocadisco de la musica de Armstrong, el mono Villegas,
será siempre un héroe mas de tantos que
siempre encontraremos si buscamos en esta ciudad que gracias
a dios sigue siendo un puerto abierto a tantas sorpresas.
Gracias al mono Villegas, por su risa, por su bronca,
por su más grande herencia, su amor a Buenos Aires.
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