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NDe escritores, libros y librerías
por Edgardo Lois »n
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47 veces nada.
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Marcos Silber


Ernst
Hemingway


Julio Sosa


Macedonio
Fernández


Ramón Gómez
de la Serna


Augusto
Roa Bastos
Cada mañana vuelco, lo hago girar dos o tres veces, un pequeño relojito de arena de mentira, un relojito de adorno, e imitación de uno verdadero, uno de esos que contienen la vera arena que dicen puede medir el tiempo. El relojito es un regalo, fue un regalo de Sandra, una amiga que se quedó a vivir entre la arena que sí, a veces, mide el paso del tiempo. Apenas un gesto, una caricia al recuerdo. Un gesto de nada o casi nada, y esto según las ganas del día. Todos los días vuelco el relojito, pensando y sin pensar, sabiéndolo amuleto o pavada, todos los días hago casi nada o nada, mientras no paro de ir hacia la nada.

En medio de las Sierras de Los Comechingones, de noche, apenas si se escucha algún grillo, o sea, nada, casi nada, quizás el silencio.

Digo “de nada”, cada vez que me dan las gracias, y al instante me recrimino, No, si debería decir “por nada” cuando efectivamente me dan las gracias por algo, así de chiquito, así, del tamaño aparente de la nada que es realmente el tamaño de los favores que yo puedo hacer en esta vida.

La palabra nada es de aparecerse como fantasma y enigma, tanto en La Caramba, la casa de las sierras, como en el Café Margot, presente y todavía futura piedra filosofal del Barrio de Boedo.

En las sierras me encontré con el poeta Marcos Silber montado en su Suma poética; en el espejo retrovisor leí, Se renueva la muerte/ con su diario saqueo, / y nada se avisa nada se conmueve... Un momento después me detuve frente a una mosca que hasta hacía un momento rebotaba contra el tejido mosquitero de una ventana, y que ahora se encontraba concentrada en salir por uno de los cuadraditos del tejido metálico. Me impresionó ver su cabeza y parte de su cuerpo en la libertad plena de respirar afuera mientras quizá sabía del cilicio interno. Mi reacción fue inmediata; tomé un vaso, coloqué su boca sobre el tejido, golpeé sobre el mismo y tapé el vaso con un movimiento rápido de la mano golpeadora. Luego, la mosca, una mosca, casi nada, si tenemos en cuenta la cantidad de moscas asesinadas por mí y por todos nosotros, volvía al vuelo libre a través de la puerta de La Caramba.

Macedonio Fernández me contó en la casa de las sierras sobre quien amanece con la nada; dice de la nada, (...) quien la trabaja tiene muchos momentos en que no sólo no sabe si está escribiendo la segunda o la primera parte, sino aún de si ha sido acertado con la nada, y si ciertamente es de ella que está tratando. Todavía peor, Macedonio se declaró fanático, Amo y cultivo la nada insolemne, no me refiero a la nada voluminosa en páginas de tanto discurso y “memoria”. Sería deplorable que el lector se extraviara en lo existente cuando yo le prometo como único arte pasearlo por las espesuras de la nada. Aseguro que Macedonio cumple con lo prometido.

Augusto Roa Bastos, otro invitado a La Caramba en este verano, afirmó, No escribo para la posteridad. La posteridad no es rentable. Nadie busca en la inmensidad del mar, entre tanto desperdicio, la botella que se supone lleva en su interior un mensaje destinado a sobrevivir a la nada. Escribo sólo para mí. Para capturar la huidiza memoria del presente, por lejos que uno retroceda. Digo que en el más pequeño de los detalles, esos que son capturados por uno de los rabillos internos de la tinta del escriba, puede el lector encontrar todo un mundo o su contracara, la nada. Por eso, como dice Augusto, nada de andar tratando de esquivarle el fau a la nada, ¿para qué?, por qué mejor no aprendemos a cantarla; mejor vivir a encontrarnos con la vida, y en ella también con la muerte y con la nada.

En el Café Margot uno puede encontrarse, por ejemplo, a Julio Sosa, acodado en una de las mesas, justo cuando se apresta a cantar. Che, yo la canto, pero la escribió Horacio Sanguinetti, y la música, por más que ahora no esté presente, es de José Dames. Arrancó con Nada entre las manos, Nada, nada queda en tu casa natal / sólo telarañas que teje el yuyal / y el rosal tampoco existe / y es seguro que se ha muerto al irte tu / todo es una cruz. / Nada, nada más que tristeza y quietud / nadie que me diga si vives aún...

Es el escritor Ramón Gómez de la Serna, mientras apura un toque de azúcar sobre el pocillo, sí, también en la mesa del Margot, quien afirma, casi doctoral en su diagnóstico, Es “Nada” la palabra más atrevida que se pronunció en el tiempo, y que es el gran desahogo si se logra escribir con pulso firme; “Nada”, contestación precisa y tranquilizadora que revela lo que hay bajo las piedras en que no hay ni gusanos, sino ceniza de ceniza de cenizas.

Este escriba, que ahora da órdenes a su tinta y que a veces busca un lugar entre las mesas del Margot, arriesgó un pensamiento, Nada, es quizá la palabra con la que el escritor tiene mayor trato. Arranca de la nada de la página en blanco y termina de escribir para llegar a otra nada que dura hasta el momento en que quizás aparezca la nueva pista.

El silencio se quebró cuando otro escritor, Ernst Hemingway, desesperado habitante de café, que por descuido o porque se lo encontró, se acomodó en Boedo que era otra fiesta y no en París; sobre nuestra mesa leyó del manuscrito de su cuento Un lugar limpio y bien iluminado, apenas unas palabras, Nada nuestro que estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino nada, tu serás nada en la nada como en la nada.

En ese momento apareció Osvaldo, el mozo insignia del Margot, Se va a servir algo el señor que no ha pedido nada. Con cierta tranquilidad respondí, Creo que nada.

En la mañana de sábado, entre papeles sobre una mesa del Margot, parecía todo arreglado, así pensé; al fin todos de acuerdo, y por nada.

Cada vez que veo el relojito sobre la computadora, no puedo evitarlo y lo vuelco pavimentando un amague de futuro y por ahí me mando, por ahí sigo. Ahí mi gesto de para nada y para todo, para todo aquello que habla de mis ganas de encontrar los momentos de esta vida.
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