
Marcos Silber

Ernst
Hemingway

Julio Sosa

Macedonio
Fernández

Ramón Gómez
de la Serna

Augusto
Roa Bastos |
Cada
mañana vuelco, lo hago girar dos o tres veces,
un pequeño relojito de arena de mentira,
un relojito de adorno, e imitación de uno
verdadero, uno de esos que contienen la vera arena
que dicen puede medir el tiempo. El relojito es
un regalo, fue un regalo de Sandra, una amiga que
se quedó a vivir entre la arena que sí,
a veces, mide el paso del tiempo. Apenas un gesto,
una caricia al recuerdo. Un gesto de nada o casi
nada, y esto según las ganas del día.
Todos los días vuelco el relojito, pensando
y sin pensar, sabiéndolo amuleto o pavada,
todos los días hago casi nada o nada, mientras
no paro de ir hacia la nada.
En medio de las Sierras de Los Comechingones, de
noche, apenas si se escucha algún grillo,
o sea, nada, casi nada, quizás el silencio.
Digo “de nada”, cada vez que me dan
las gracias, y al instante me recrimino, No, si
debería decir “por nada” cuando
efectivamente me dan las gracias por algo, así
de chiquito, así, del tamaño aparente
de la nada que es realmente el tamaño de
los favores que yo puedo hacer en esta vida.
La palabra nada es de aparecerse como fantasma y
enigma, tanto en La Caramba, la casa de las sierras,
como en el Café Margot, presente y todavía
futura piedra filosofal del Barrio de Boedo.
En las sierras me encontré con el poeta Marcos
Silber montado en su Suma poética; en el
espejo retrovisor leí, Se renueva la muerte/
con su diario saqueo, / y nada se avisa nada se
conmueve... Un momento después me detuve
frente a una mosca que hasta hacía un momento
rebotaba contra el tejido mosquitero de una ventana,
y que ahora se encontraba concentrada en salir por
uno de los cuadraditos del tejido metálico.
Me impresionó ver su cabeza y parte de su
cuerpo en la libertad plena de respirar afuera mientras
quizá sabía del cilicio interno. Mi
reacción fue inmediata; tomé un vaso,
coloqué su boca sobre el tejido, golpeé
sobre el mismo y tapé el vaso con un movimiento
rápido de la mano golpeadora. Luego, la mosca,
una mosca, casi nada, si tenemos en cuenta la cantidad
de moscas asesinadas por mí y por todos nosotros,
volvía al vuelo libre a través de
la puerta de La Caramba.
Macedonio Fernández me contó en la
casa de las sierras sobre quien amanece con la nada;
dice de la nada, (...) quien la trabaja tiene muchos
momentos en que no sólo no sabe si está
escribiendo la segunda o la primera parte, sino
aún de si ha sido acertado con la nada, y
si ciertamente es de ella que está tratando.
Todavía peor, Macedonio se declaró
fanático, Amo y cultivo la nada insolemne,
no me refiero a la nada voluminosa en páginas
de tanto discurso y “memoria”. Sería
deplorable que el lector se extraviara en lo existente
cuando yo le prometo como único arte pasearlo
por las espesuras de la nada. Aseguro que Macedonio
cumple con lo prometido.
Augusto Roa Bastos, otro invitado a La Caramba en
este verano, afirmó, No escribo para la posteridad.
La posteridad no es rentable. Nadie busca en la
inmensidad del mar, entre tanto desperdicio, la
botella que se supone lleva en su interior un mensaje
destinado a sobrevivir a la nada. Escribo sólo
para mí. Para capturar la huidiza memoria
del presente, por lejos que uno retroceda. Digo
que en el más pequeño de los detalles,
esos que son capturados por uno de los rabillos
internos de la tinta del escriba, puede el lector
encontrar todo un mundo o su contracara, la nada.
Por eso, como dice Augusto, nada de andar tratando
de esquivarle el fau a la nada, ¿para qué?,
por qué mejor no aprendemos a cantarla; mejor
vivir a encontrarnos con la vida, y en ella también
con la muerte y con la nada.
En el Café Margot uno puede encontrarse,
por ejemplo, a Julio Sosa, acodado en una de las
mesas, justo cuando se apresta a cantar. Che, yo
la canto, pero la escribió Horacio Sanguinetti,
y la música, por más que ahora no
esté presente, es de José Dames. Arrancó
con Nada entre las manos, Nada, nada queda en tu
casa natal / sólo telarañas que teje
el yuyal / y el rosal tampoco existe / y es seguro
que se ha muerto al irte tu / todo es una cruz.
/ Nada, nada más que tristeza y quietud /
nadie que me diga si vives aún...
Es el escritor Ramón Gómez de la Serna,
mientras apura un toque de azúcar sobre el
pocillo, sí, también en la mesa del
Margot, quien afirma, casi doctoral en su diagnóstico,
Es “Nada” la palabra más atrevida
que se pronunció en el tiempo, y que es el
gran desahogo si se logra escribir con pulso firme;
“Nada”, contestación precisa
y tranquilizadora que revela lo que hay bajo las
piedras en que no hay ni gusanos, sino ceniza de
ceniza de cenizas.
Este escriba, que ahora da órdenes a su tinta
y que a veces busca un lugar entre las mesas del
Margot, arriesgó un pensamiento, Nada, es
quizá la palabra con la que el escritor tiene
mayor trato. Arranca de la nada de la página
en blanco y termina de escribir para llegar a otra
nada que dura hasta el momento en que quizás
aparezca la nueva pista.
El silencio se quebró cuando otro escritor,
Ernst Hemingway, desesperado habitante de café,
que por descuido o porque se lo encontró,
se acomodó en Boedo que era otra fiesta y
no en París; sobre nuestra mesa leyó
del manuscrito de su cuento Un lugar limpio y bien
iluminado, apenas unas palabras, Nada nuestro que
estás en la nada, nada es tu nombre, tu reino
nada, tu serás nada en la nada como en la
nada.
En ese momento apareció Osvaldo, el mozo
insignia del Margot, Se va a servir algo el señor
que no ha pedido nada. Con cierta tranquilidad respondí,
Creo que nada.
En la mañana de sábado, entre papeles
sobre una mesa del Margot, parecía todo arreglado,
así pensé; al fin todos de acuerdo,
y por nada.
Cada vez que veo el relojito sobre la computadora,
no puedo evitarlo y lo vuelco pavimentando un amague
de futuro y por ahí me mando, por ahí
sigo. Ahí mi gesto de para nada y para todo,
para todo aquello que habla de mis ganas de encontrar
los momentos de esta vida. |