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NDe
escritores, libros y librerías |
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| David
Alvarez Morgade, poeta. |
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Sobre la mesa del Margot cayó
la ficha con el nombre del poeta muerto, David Alvarez
Morgade. Hacia el fin de la semana anterior había
estado con Hugo Ditaranto, poeta amigo, y gran amigo de
David. Nos encontramos en el acto en que se bautizaba
con el nombre de Lubrano Zas a la biblioteca pública
que así entraba en funciones en el Barrio de Boedo.
El Tano Ditaranto nada dijo de David, por lo cual sospeché
que nada sabía del poeta muerto que yo había
visto en una de las caras de la ficha que ayer rodara
sobre una mesa del Margot. No quise llamar a la noche,
dejé la pregunta para la mañana.
El Tano dijo que no tenía malas noticias, preguntó
cuál era la carta turra que yo escondía
en la mañana. Cómo sabés; En el Margot;
Quién dijo; Mario, con la cara triste después
de rondar las cercanías de David durante quince
años; Pobrecito, ¿cuándo pasó?;
Mario dijo que la semana pasada.
No había pasado ni media hora cuando el Tano estaba
otra vez al teléfono. Hablé con Lidia, una
amiga de David, es terrible pibe, me contó, le
dije que iba, pero se me aflojan las piernas, ¿me
acompañás?
Mientras íbamos en el auto, mientras escuchaba,
una tras otra, anécdotas que tenían como
centro a David, pensaba en los cinco minutos que llevó
arreglar el viaje. No hizo falta planear, no hizo falta
recordar, ni ajustar movimientos. Al Tano se le había
muerto un amigo y le temblaban las patas. Se conocían
desde antes de los veinte años, David contaba con
ochenta desde el 5 de marzo, le llevaba ocho a Ditaranto.
Hice lo que cualquier amigo, acompañé al
amigo de raje al interior del llanto. En el auto supe
que alguna vez David llevó a su padre al cementerio;
supe que pedía por favor, pedía que todos
se apuraran, rapidez pedía porque se le moría
la madre; supe que después murió un hermano;
supe que después murió el otro de los hermanos,
y así David quedó solo. Te pasa todo eso
y quedás golpeado, David fue un tipo golpeado por
la vida, arrimó Ditaranto en el viaje. El Tano
también contó que David se enamoraba de
todas las mujeres de los amigos, a todas les dedicaba
un poema, y a ninguna tocó un pelo. Fue en una
noche de puro vino diluviante que el Tano lo encontró
en San Telmo. Dos veces a lo largo de la mañana,
el Tano, repitió aquello que David pronunció
desde las sombras, Caminar, caminar es lo que quiero/
Nací poeta y andariego/ Como otros nacen rubios,
románticos o ciegos/ Caminar, caminar es lo que
quiero/ Dónde encontrar una moneda/ para saber
qué gusto tiene la alegría. David agregó,
Hace siete días que no como, hermano.
Mucho escribió David, pero poco es lo que se conserva.
Los escritos se fueron perdiendo; Ditaranto guarda mucho
material, pero afirma que es poco comparado con lo que
David había producido. Siempre fue descuidado con
sus papeles, Era así, como un nene, perdía,
rompía cosas, se enojaba, después te pedía
perdón, arrima el Tano mientras seguimos en camino,
Y sumale todo a que nunca tuvo un lugar, siempre vivió
de prestado, de la ayuda de los amigos que bien lo querían,
porque David te daba mucha ternura, yo siempre le decía,
si hay un paraíso, vos vas al paraíso y
yo al infierno, un buen tipo, ya vas a ver cómo
vivía, acá está desde hace unos treinta
años.
El Tano dijo que David siempre aparecía durante
o después de una tormenta. En uno de esos días
de después de tormenta, David contestó,
Se volaron dos paredes; Y qué hiciste, David, fue
la pregunta obligada; Me corrí al ángulo,
contestó.
Llegamos a la casa de Lidia, la amiga. Estaba contenta
porque hoy era su cumpleaños y David le había
mandado visitas. Lidia dijo que habían llamado
algunas personas que se enteraron de la muerte de David,
pero que nadie le había preguntado por los detalles
del hecho, nada más preguntaban por los poemas.
Mientras el Tano Ditaranto dejaba a las musas de lado
y nombraba como reverendos hijos de puta a tanto buitre
amanecido sobre territorio de Lomas de Zamora, Lidia colocó
sobre la mesa una bolsa grande y de plástico resistente.
Dentro de esa bolsa y de otra más de papel marrón
muy resistente, las dos sucias de barro, estaban los papeles
de David que ella pudo salvar luego de la muerte y luego
de la usurpación del terreno por el vecino, quien
afirmó que David se lo había dado. Afirmación
dudosa que choca con la ética a prueba de miserias
que practicaba el poeta, y porque además, el terreno,
también era prestado. Nunca voy a olvidar los papeles
del poeta en esas dos bolsas, en ellas una vida dedicada
a las letras. En las bolsas el símbolo de una muerte
triste, sabido es que no hay muerte alegre de una persona
querida, pero sí las hay tristes, y muy tristes.
La muerte de David era muy triste, estaba en las bolsas,
él estaba en ellas, y más allá de
la alegría que sentía porque fuera el Tano
quien rescatara esos pocos papeles, un rescate cuidadoso,
con respeto, despacito, para que David no se enoje, para
que David sepa que es la mano de un amigo, aún
así me sentí frente a un gran cadáver,
un cadáver de poeta que me decía que nunca
había estado ante muerto semejante, ante soledad
más dolorosa, qué horror cuando tan salvaje
puede ser la desprotección en estas tierras.
Lidia dijo que David vino de noche, que pidió unos
mates, que dijo que hacía tres días que
no comía. Ella preparó comida, pero David
no comió ahí, se llevó la cena al
rancho. Al otro día, martes 13 de agosto, Lidia
supo, dice haber registrado el momento exacto mientras
oraba, que David había muerto. Cuando en la mañana
entró a la casilla, encontró a Lucero, el
perro, echado sobre el pecho de David. Lucero no paraba
de pasar su lengua por la cara de David; fue impresionante
escuchar a Lidia recordar el momento; Lucero me miraba,
le pasaba la lengua por la cara, y con los ojos me preguntaba
qué hago. Cada vez que Lidia hablaba de David lo
hacía en presente, David es, David siempre viene
cuando, poco o nada hay de pasado en las palabras de Lidia.
Caminamos media cuadra por una calle de tierra, la calle
me llevó a otras escondidas calles de barro que
todavía guardo en la memoria de mi Martín
Coronado de pibe. Cuánto hacía que no pisaba
barro real, barro de la provincia de Buenos Aires. Llegamos
ante el terreno de David, sí, el terreno, porque
la casilla de chapa y madera ya no existía. El
vecino había usado los materiales para construir
otra en distinto sector del terreno. Había sólo
dos zonas secas en el rectángulo de tierra, el
resto era una especie de pantano lleno de troncos, latas
y hierros que peleaban por seguir con la cabeza al aire.
La nueva casilla estaba sobre una de las partes secas,
en la otra, donde había estado la casa de David,
quedaban las marcas de lo que fue. Sobre esas marcas,
dormía al sol, Lucero, el perro. Lidia recordó
frente al alambrado que si David sólo tenía
moneda para una pata de pollo, la mitad la comía
él y la otra mitad era para Lucero. Nunca tuvo
nada, dijo Lidia, Un día le habían dado
dos papas, dos cebollas y dos zanahorias, me obligó
a quedarme con la mitad, terminó Lidia al borde
del llanto, Siendo el poeta que era.
Es cierto que David Alvarez Morgade fue un tipo especial,
un tipo que a veces aceptaba la ayuda y otras no, así
lo pintó el Tano Ditaranto en el viaje de vuelta;
así es la imagen que me quedó de este ser
humano, poeta desesperadamente humano, amigo de la vida,
tipo querido, pero algo me quedó atravesado en
la garganta, qué poco espacio reserva este mundo
de mierda para aquel que no nació para imprimir
moneda. Nunca estuve frente al cadáver de un poeta
como sucedió hoy, fue una suerte estar en Lomas
de Zamora para ver cómo el amigo alisaba cada uno
de los cabellos escritos del poeta muerto. |
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