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NDe escritores, libros y librerías
por Edgardo Lois »n
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Desde la palabra simple: Marcos Silber y Hugo Ditaranto.
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Marcos Silber


Hugo Ditaranto,
Antología
Desde la palabra simple, desde el sentido poético hallado en la palabra simple, apareció el poeta Marcos Silber en el café Margot. Apareció libre de poses, desprovisto de frases ingeniosas, de la palabra sentenciosa; así Marcos Silber, poeta, apareció con las sensaciones que provoca la escritura, su trabajo artesano. Desde cuándo el trabajo, la respuesta también es simple, desde siempre y hasta cuando la última línea deba ser. El poeta dijo que el poeta no es nadie si no aparece en el juego de los días, el segundo poeta, el lector, aquel capaz de cerrar el círculo abierto con la primera tinta. No soy nada sin el lector, algo así afirmó Silber, y no sos nada sin el lector; me hizo feliz que alguien como él me lo convidara, y me hizo dos veces feliz escuchar algo así de boca de un escritor de este país, de este triste país tan propenso a parir dioses, pobres dioses más preocupados por lo que de ellos se dirá, que por transitar por los recovecos de la escritura, la sustancia, la duda, la incógnita infinita en el loco intento de aferrarse al puro trabajo, En última instancia, pienso, siempre se escribe así: en el aire, en el viento, escribió mi amigo, el escritor Gabriel Montergous, y ahí entonces la maravilla de la nada y el todo, la inexistencia de la receta y el diploma con la que un verdadero escritor se brinda a su lector, por impulso, necesidad cierta; todas ellas cuestiones que transita el poeta que trajo su palabra a uno de los atardeceres del café Margot.

¿Por qué escribe?, preguntó alguien luego de la recorrida que Silber hizo por su vida y por parte de su obra, Para seguir ganando plata, contestó, y después de la sonrisa, creo haber escuchado la palabra “inevitable”. Para Silber deber ser inevitable vivir en sintonía poética, así se despierta, así se duerme, entre sus viejos policiales negros del cine, sus cowboys, y las Madres de Plaza de Mayo. Inevitable como poeta, como ser humano, y lo escuché sólo una noche, y hablé con él sólo una vez, ese día antes de su lectura. Catorce libros editados que ni siquiera quiso nombrar, y una anécdota. Alguna vez, estando en Perú, le preguntaron, ¿Por qué escribe?, y afirma Silber que contestó sin pensar mucho, escribo por venganza. Después leyó el texto, una noticia, que abre su libro Suma poética, Papá era analfabeto y durante toda su esforzada vida padeció esa infame condición. Tal vez, de allí, provenía esa veneración, ese como culto reverencial por toda palabra impresa.
Cierta vez descubrí el faltante de algunos ejemplares de un título que acababa yo de publicar. A mi requisitoria, Mamá, no sin previo juramento de reserva, confesó: “es tu papá que se los lleva al mercado (donde trabajaba), allí los reparte”.
Con el tiempo, una de mis más caras aspiraciones, apunta a que cada una de las palabras escritas por mí acuda al espacio desierto de cada una de las palabras no escritas por él.
Ese, tal vez, se constituya en el lugar más intenso del encuentro, el del deseo satisfecho, el del consuelo y la reparación; al fin, el de la victoria de la palabra de los dos sobre los hielos del silencio. Marcos Silber, poeta, en el café Margot, leyó este texto, y debió detenerse dos veces, para tomar aire, para frenar el llanto por la escritura satisfecha, porque antes de los que ahí estábamos, la cuestión era entre Marcos y su padre. Es sabido que el buen fantasma de los padres se queda en los hijos, de ahí el carácter íntimo del llanto de Marcos; por eso no lo vimos llorar y quedará en nosotros la lucha que nos haga merecedores de un llanto propio.

Así como Marcos Silber entró al Margot, Hugo Ditaranto, poeta, otro destacado de los ’60, tomó su lugar en el café El Federal. En Boedo y San Telmo se encontraba así la sustancia de una de las palabras más importantes para tener en cuenta en esta vida: dignidad.

Siempre digo que en mi trabajo de escritura aprendí ciertas cuestiones de dos amigos escritores: Gabriel Montergous y Hugo Ditaranto. De Gabriel aprendí a mover las piezas de una historia con mesura, a escribir reflexionando sobre lo escrito, aprendí a ser digno en el trabajo, a respetarlo; de Hugo aprendí ante todo sobre la dignidad que necesita quien escribe; fue Hugo Ditaranto quien remarcó la idea de dignidad que traía de la casa de mis padres.

Dignidad para con la escritura, Los libros son hijos y los hijos no se regalan, varias veces me repitió el poeta; dignidad en la vida, y aprendí además de Hugo a pisar el acelerador cuando hace falta, a meterle fuego a la página cuando es esa página la que pide fuego.

Hugo Ditaranto, poeta, entonces entró a El Federal, como siempre, nervioso al principio, porque respeta a quien escucha, no quiere defraudar, aburrir, para luego hacerse de la escena debido a su desmesura humana que a poco se lo lleva a puro impulso, palabra clara, y puteada todavía más clara.
Quizá la obra poética de Ditaranto, y así escuché en el café, hable sólo de la dignidad, en el amor, en la escritura, en cada uno de esos recovecos de la vida en los que ningún dios mira por ser simple, concisa y cotidiana existencia que sólo el hombre intenta, y hasta en algún caso sabe, respirar.

Ditaranto en El Federal leyó poemas, rememoró fabulosas anécdotas, hechos que sólo pueden referir los hombres que han vivido, que se han mezclado con los días y han terminado dignos y limpios al módico precio del golpe, la marca, y el silencio. Hugo Ditaranto como maestro, padre, un tipo más en la calle; como poeta, humano poeta, sencillamente humano cuando se vive atento al dolor del prójimo, y en guardia frente a tanto turro suelto.

Un alumno de la escuela de adultos presente en el café, opinó, a través de una nota, que hoy el estudio cuesta mucho esfuerzo, que las exigencias del trabajo hace el desafío casi imposible. Ditaranto dijo comprender la situación, pero invitó al estudio, La cultura, hijo, es lo que te va a permitir la dignidad; y después el poeta siguió con el tema, Ahora que si a vos te cuesta lo que te cuesta estudiar, te rompés el culo y llegás, te recibís, y después vas y defendés como sea tu puesto en Bunge & Born, andate a la mierda. La dignidad no viene en bolsitas, no se compra, se la tiene o no, se la defiende o no.

Poeta descareteador, un tipo de llamar a las cosas por su nombre, como curiosamente también, aunque en otra sintonía, lo es Marcos Silber. Poetas que vienen de unos años en que se escribía con palabras como esperanza, solidaridad, dignidad; una época en que la palabra escrita se hacía un lugar en el día.

Detrás de la tinta la mirada, el pensamiento; detrás de la palabra, la dignidad como necesario aliento para que la historia se incline hacia el otro lado, ese que habitan los hombres verdaderos.

Dignidad en el café, en Boedo y en San Telmo, hubo convite y nada más había que tener ganas de estar y buscarse tierras adentro. La dignidad empieza por nuestras patrias internas.
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