
Marcos Silber
Hugo Ditaranto,
Antología |
Desde
la palabra simple, desde el sentido poético
hallado en la palabra simple, apareció
el poeta Marcos Silber en el café Margot.
Apareció libre de poses, desprovisto de
frases ingeniosas, de la palabra sentenciosa;
así Marcos Silber, poeta, apareció
con las sensaciones que provoca la escritura,
su trabajo artesano. Desde cuándo el trabajo,
la respuesta también es simple, desde siempre
y hasta cuando la última línea deba
ser. El poeta dijo que el poeta no es nadie si
no aparece en el juego de los días, el
segundo poeta, el lector, aquel capaz de cerrar
el círculo abierto con la primera tinta.
No soy nada sin el lector, algo así afirmó
Silber, y no sos nada sin el lector; me hizo feliz
que alguien como él me lo convidara, y
me hizo dos veces feliz escuchar algo así
de boca de un escritor de este país, de
este triste país tan propenso a parir dioses,
pobres dioses más preocupados por lo que
de ellos se dirá, que por transitar por
los recovecos de la escritura, la sustancia, la
duda, la incógnita infinita en el loco
intento de aferrarse al puro trabajo, En última
instancia, pienso, siempre se escribe así:
en el aire, en el viento, escribió mi amigo,
el escritor Gabriel Montergous, y ahí entonces
la maravilla de la nada y el todo, la inexistencia
de la receta y el diploma con la que un verdadero
escritor se brinda a su lector, por impulso, necesidad
cierta; todas ellas cuestiones que transita el
poeta que trajo su palabra a uno de los atardeceres
del café Margot.
¿Por qué escribe?, preguntó
alguien luego de la recorrida que Silber hizo
por su vida y por parte de su obra, Para seguir
ganando plata, contestó, y después
de la sonrisa, creo haber escuchado la palabra
“inevitable”. Para Silber deber ser
inevitable vivir en sintonía poética,
así se despierta, así se duerme,
entre sus viejos policiales negros del cine, sus
cowboys, y las Madres de Plaza de Mayo. Inevitable
como poeta, como ser humano, y lo escuché
sólo una noche, y hablé con él
sólo una vez, ese día antes de su
lectura. Catorce libros editados que ni siquiera
quiso nombrar, y una anécdota. Alguna vez,
estando en Perú, le preguntaron, ¿Por
qué escribe?, y afirma Silber que contestó
sin pensar mucho, escribo por venganza. Después
leyó el texto, una noticia, que abre su
libro Suma poética, Papá era analfabeto
y durante toda su esforzada vida padeció
esa infame condición. Tal vez, de allí,
provenía esa veneración, ese como
culto reverencial por toda palabra impresa.
Cierta vez descubrí el faltante de algunos
ejemplares de un título que acababa yo
de publicar. A mi requisitoria, Mamá, no
sin previo juramento de reserva, confesó:
“es tu papá que se los lleva al mercado
(donde trabajaba), allí los reparte”.
Con el tiempo, una de mis más caras aspiraciones,
apunta a que cada una de las palabras escritas
por mí acuda al espacio desierto de cada
una de las palabras no escritas por él.
Ese, tal vez, se constituya en el lugar más
intenso del encuentro, el del deseo satisfecho,
el del consuelo y la reparación; al fin,
el de la victoria de la palabra de los dos sobre
los hielos del silencio. Marcos Silber, poeta,
en el café Margot, leyó este texto,
y debió detenerse dos veces, para tomar
aire, para frenar el llanto por la escritura satisfecha,
porque antes de los que ahí estábamos,
la cuestión era entre Marcos y su padre.
Es sabido que el buen fantasma de los padres se
queda en los hijos, de ahí el carácter
íntimo del llanto de Marcos; por eso no
lo vimos llorar y quedará en nosotros la
lucha que nos haga merecedores de un llanto propio.
Así como Marcos Silber entró al
Margot, Hugo Ditaranto, poeta, otro destacado
de los ’60, tomó su lugar en el café
El Federal. En Boedo y San Telmo se encontraba
así la sustancia de una de las palabras
más importantes para tener en cuenta en
esta vida: dignidad.
Siempre digo que en mi trabajo de escritura aprendí
ciertas cuestiones de dos amigos escritores: Gabriel
Montergous y Hugo Ditaranto. De Gabriel aprendí
a mover las piezas de una historia con mesura,
a escribir reflexionando sobre lo escrito, aprendí
a ser digno en el trabajo, a respetarlo; de Hugo
aprendí ante todo sobre la dignidad que
necesita quien escribe; fue Hugo Ditaranto quien
remarcó la idea de dignidad que traía
de la casa de mis padres.
Dignidad para con la escritura, Los libros son
hijos y los hijos no se regalan, varias veces
me repitió el poeta; dignidad en la vida,
y aprendí además de Hugo a pisar
el acelerador cuando hace falta, a meterle fuego
a la página cuando es esa página
la que pide fuego.
Hugo Ditaranto, poeta, entonces entró a
El Federal, como siempre, nervioso al principio,
porque respeta a quien escucha, no quiere defraudar,
aburrir, para luego hacerse de la escena debido
a su desmesura humana que a poco se lo lleva a
puro impulso, palabra clara, y puteada todavía
más clara.
Quizá la obra poética de Ditaranto,
y así escuché en el café,
hable sólo de la dignidad, en el amor,
en la escritura, en cada uno de esos recovecos
de la vida en los que ningún dios mira
por ser simple, concisa y cotidiana existencia
que sólo el hombre intenta, y hasta en
algún caso sabe, respirar.
Ditaranto en El Federal leyó poemas, rememoró
fabulosas anécdotas, hechos que sólo
pueden referir los hombres que han vivido, que
se han mezclado con los días y han terminado
dignos y limpios al módico precio del golpe,
la marca, y el silencio. Hugo Ditaranto como maestro,
padre, un tipo más en la calle; como poeta,
humano poeta, sencillamente humano cuando se vive
atento al dolor del prójimo, y en guardia
frente a tanto turro suelto.
Un alumno de la escuela de adultos presente en
el café, opinó, a través
de una nota, que hoy el estudio cuesta mucho esfuerzo,
que las exigencias del trabajo hace el desafío
casi imposible. Ditaranto dijo comprender la situación,
pero invitó al estudio, La cultura, hijo,
es lo que te va a permitir la dignidad; y después
el poeta siguió con el tema, Ahora que
si a vos te cuesta lo que te cuesta estudiar,
te rompés el culo y llegás, te recibís,
y después vas y defendés como sea
tu puesto en Bunge & Born, andate a la mierda.
La dignidad no viene en bolsitas, no se compra,
se la tiene o no, se la defiende o no.
Poeta descareteador, un tipo de llamar a las cosas
por su nombre, como curiosamente también,
aunque en otra sintonía, lo es Marcos Silber.
Poetas que vienen de unos años en que se
escribía con palabras como esperanza, solidaridad,
dignidad; una época en que la palabra escrita
se hacía un lugar en el día.
Detrás de la tinta la mirada, el pensamiento;
detrás de la palabra, la dignidad como
necesario aliento para que la historia se incline
hacia el otro lado, ese que habitan los hombres
verdaderos.
Dignidad en el café, en Boedo y en San
Telmo, hubo convite y nada más había
que tener ganas de estar y buscarse tierras adentro.
La dignidad empieza por nuestras patrias internas. |