| |
| m |
| Historias
Lunfas IV |
| m
|
Siguiendo
el hilo argumental de nuestra exposición, decíamos
entonces que el compadrito se apropia de las voces nuevas
simplemente por donaire, sin pretender crear un lenguaje
profesional. Los que sí crean con esos términos
un habla distinta, son los saineteros, los periodistas
y escribidores, y los letristas de tango, según
decires de don José Gobello. Señala Borges
en El Informe de Brodi", que "el lunfardo, de
hecho, es una broma literaria inventada por saineteros
y por compositores de tango...". Y por cierto que
es así. Santiago Dallegri, en su libro El Alma
del Suburbio, editado en Montevideo, pone en boca de uno
de los protagonistas estas palabras: "¡Salí
di'ahí, salí! ¡Vos también
te has estranjerizao!.. Empezaste por piantarte'e la esquina,
chantando a tus relaciones como bochaso d'italiano, luego
cambiaste el lengo de ñudo caprichoso por el cueyín
doblao y corbata'e mona; adulteraste como alcohol en manos
de bolichero, la melena'e corte a lo San Antonio, pa presentar
el pelo cortón como de conscrito...". Y sigue
el monólogo de esta guisa, aunque lo cierto es
que nadie hablaba así. Esta es una recreación
literaria del habla del compadrito, de donde inferimos
que, si en cuanto léxico, el lunfardo es un producto
directo de la inmigración, en cuanto lenguaje (en
referencia al idioma de un país y a su manera de
expresarse) resulta una creación literaria basada
en los elementos léxicos inmigrados, característicos
del habla del compadrito. Sin embargo el lunfardo no se
agota ni en aquel léxico ni en este lenguaje. Nuevamente
recurrimos a Borges que en Evaristo Carriego dice: "El
arrabal se surte de arrabalero (arrabalero por dar otro
nombre al lunfardo) en la calle Corrientes". Hay,
desde luego, una alusión directa a los sainetes
de Carlos Mauricio Pacheco, de Alberto Vacarezza y de
tantos otros autores del llamado "género chico".
Así, y alimentado por las tres vertientes mencionadas,
se crea un nivel de lengua (siempre hablando de lengua
literaria, claro) al que acceden quienes tratan de hablar
como los protagonistas de sainetes, tangos o creaciones
literarias, habida cuenta del auge de la literatura lunfardesca
a partir del 1900. En un primer tramo solo la gente del
suburbio transita el nivel citado, pero más adelante
la clase pudiente participa de la nueva moda, y hace suyas
expresiones y palabras, hasta el punto de que en 1927,
en la revista Don Goyo, de Bs. As., la periodista Josefina
Crosa publica una nota titulada "La Influencia del
Lunfardo en la Mujer Actual", en la que afirma que
las niñas de la aristocracia emplean en el lenguaje
coloquial términos tales como grupo, mango, ragú
y piantar. ¡Como para confiar en las niñas
de la sociedad!
Aquí terminan estos apuntes sobre nuestro lunfardo.
Y como es mi costumbre, antes de despedirme hasta la próxima
columna, quiero dejarles un poema del que soy autor. Chau
(Del Gen. Ciao, ¡Adiós!).- |
| m |
Virus
Una vez, siendo pibe, se me metió en la sangre
un virus misterioso, que según bate el tordo,
los que saben del yeite lo apodan "selectivo",
pues se da en los humanos, pero no ataca a todos.
Sólo al que en otros tiempos remontó
tarasquitas,
o frecuentó el antiguo "Puchero misterioso",
o tuvo el primer baile cuando cumplió los
quince,
o caminó las calles de algún barrio
mistongo,
en largas madrugadas, al lado de un gomía,
chamuyando de minas, de Gatica o de Troilo.
Al tal virus, malaria de la gente que tiene
la proporción exacta de poeta y de loco,
lo bautizó la ciencia con un nombre: "Nostalgia",
y en sus fases agudas humedece los ojos
de los que lo sufrimos, cuando nos acordamos
del antiguo baldío donde hoy se alza un consorcio,
de las calles de tierra con los arcos de ropa
frente a los que soñamos ser Cherro, Sued,
Bidoglio;
de los primeros largos, del club; de la milonga;
de penar por un beso mientras fuéramos novios;
de las bellas manolas que en carnaval llegaban;
de las holandesitas que poblaban los corsos;
del biógrafo en la calle con Tom Mix o La
sombra,
con Carlitos Vidriero, con el Flaco y el Gordo;
de la enorme paciencia con que nos masticamos
el tiempo interminable de cumplir los dieciocho,
pase en blanco a los burros, al billar, a los dados,
o al rincón estañero del boliche del
Toto;
de todo aquel pasado que se tomó el tranvía
y se piró al cachuzo galpón de los
despojos,
al que una tarde de estas, desde un ayer gastado,
con el virus a cuestas, llegaremos nosotros. |
|
| m |
| |
| m |
|