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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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De Fenicios y Griegos
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Este lugar hermoso y terrible llamado Buenos Aires, esta "ciudad sin tregua" (así la definió para siempre Mario de Lellis), tiene alma. No la de un urbanista hecha de diseño, cemento, aire gris y poco árbol. Tampoco la de un intendente de mirada burócrata y sangre de estatua. Ni siquiera la de "el último organito que irá de puerta en puerta" (como escribió Manzi, a quien lo queremos como a Dios, porque quien sabe Dios es Manzi). El alma de esta "ciudad que se me va de las manos" (según pincelara Héctor Negro), es el porteño: ese personaje inolvidable aún antes de conocerlo, ese santo de manicomio que nos hace creer que en esta vida, aún, hay algo del paraíso.


Pero, un momento. ¿Qué es ser porteño? ¿A ver, que es?
Porteño es todo aquel que de día rema igual que un fenicio, y de noche filosofa como un griego al que Aristóteles miraría con torva envidia.

Porque de noche, entre amigos y botellas noviando vasos, no hay nadie como el porteño para meditar sobre el misterio de vivir, el golpe del destino, la absurdidad de las cosas, el cosmos del amor. Es así como su duro corazón de día termina siendo derretido corazón de noche. Yo he conocido a porteños que de día se disfrazaban de tigre para cazar la gacela del pan, y de noche, en invierno, le daban su abrigo a algún linyera que temblaba en camisa.

Digamos también que el porteño es muchas cosas más. Alguna vez le viene una nostalgia tan honda que le toca la infancia. Alguna vez (o muchas) lo faja la mishiadura. Alguna vez le falla la intuición y se abraza a algún amigo de esos que son amigos siempre y cuando les convenga. Alguna vez también juega de ingenuo y alza un tomate creyéndolo una flor. Y otras veces se estropea los zapatos por ir a buscar el amor por el borde del fangal.

Además el porteño es adicto a la tristeza y al resentimiento (al fin y al cabo habita este país donde hace rato que la Biblia sucumbió al calefón y la realidad al disparate); y suele ensombrecerse cada vez que frente al espejo piensa que "se va la vida, se va y no vuelve", y no se perdona haber hecho el ridículo, como el carnicero de Discépolo, ese al que una mina, en apenas seis meses, le comió el mercadito, la casiya de la feria, la ganchera, el mostrador, y sin embargo lo que mas bronca le dio fue "haber estao tan gil".

Pero lo que mejor caracteriza al porteño, para mí, es su lenguaje. Una verba, dadas a las metáforas, a las lujosas desmesuras, a las reflexiones insólitas, y a todo lo imprevisible que surge de la imaginación mas pura y desatada.
Para el caso acomodo tres ejemplos.

Uno: Estoy en la parada del colectivo. Miro el cielo y lo veo tan azul que el asfalto parece celeste. Entonces digo en voz alta: "Que cielo mas hermoso". Y el tipo que esta delante mío, porteño cabal, me corrige: "El cielo no existe, mi amigo. El cielo es un telón inventado por los pájaros para que admiremos su vuelo". ¿Qué tal?

Dos: En una confitería, contigua a la mesa que ocupo, hay dos mujeres, cuarenta años, cuerpos que me harían temblar varias noches, una rubia, la otra menos. Están hablando. En eso una le dice a la otra: "¿Sabés que me dijo?". Es obvio que se refiere a algún coso. La otra la urge: "Dale, decime que te dijo, dale". Y la que abrió el interrogante le cuenta: "Me dijo que yo lo ayudo a volar". ¿Alguien conoce a un porteño mas atorrante, seductor y nerudiano que ese? ¿Dónde? ¿Cuál?.

Tres: Viene un cortejo fúnebre. Mi amigo, un porteño de esos, y yo, que íbamos a cruzar la calle, nos detenemos. Y cuando está pasando la carroza, mi amigo le hace una reverencia sacerdotal al difunto, mientras le dice: "Faltaba mas, usted primero". ¡Increíble!

Pero hay más. Porque a su lenguaje de alta improvisación, el porteño suele incorporarle el glosario áspero y burlón del lunfardo, que dicho de manera oportuna pesa más que una lápida. Como ocurrió cierta vez en que un conferencista discurriendo sobre Buenos Aires, dijo que la fauna de los porteños ya no tiene sentido en esta ciudad de hoy, por ser ellos arcaicos como los tranvías, las calesitas y el amor en los umbrales. ¡Para que! Ahí nomás se levantó un porteño que con voz de bajo profundo le descargó lo mejor de su vasto repertorio: "Andá a tomar leche con vainillas, bagayo, cachuso, crosta, cusifai, chitrulo, descangayado, farabute, gil, grasún, guiso, otario, pastenaca, poligriyo, rantifuso, rasposo, shiomeria, turro, vichenzo, zanahoria". ¡Todo eso y encima en orden alfabético!.

Es que ser porteño es una manera de vivir. Y una manera de vivir es una forma de estar mas allá de la muerte, rondar la inmortalidad. Como ser poetas. Igual.
Queda para una próxima ocasión desentrañar, una a una, las cinco pasiones temáticas que hacen a la vida y al espíritu de todo auténtico porteño, y que son: la amistad, los cafés, el tango, la noche y las minas.
Es todo por hoy.
Cuídense.
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