Hay
dos clases de bares.
Los que están demasiado iluminados, los ostentosos
de luz, cuyos dueños parecieran haber firmado un
pacto con el sol del mediodía, porque no hay ni
un miserable rincón de penumbra donde se cobije
el misterio, y por eso nunca entrará allí
un auténtico porteño de esos que, como aquel
viejo reo de Transilvania, está siempre ansioso
de hincar el diente en la yugular de la noche. Bares sin
alma a los que solo se va a pasar el rato.
Y los otros. Mis bares. Los nuestros. Esos donde allá,
bien al fondo, en la esquina de la sombra, hay siempre
una mesa dispuesta para algún solitario con su
cara de otoño. Esos bares donde los domingos, a
eso de las seis de la tarde, invariablemente, entra la
muerte a convencernos de que no hay una vida mejor, pero
sale derrotada porque allí dentro todos somos un
poco Dios. Esos bares donde no se le niega la entrada
a perros vagabundos, vendedores ambulantes o cualquier
otro náufrago sin mar o Robinsón sin isla.
Esos bares en cuyo techo neblinoso habrá siempre
una araña obsesiva y poética empeñada
en tejer la trampa en la que ira a caer la soñada
mosca blanca. Bares, esos, con un aura de tiempo, de leyendas,
de fantasmas amados que perviven entre esa heterogénea
fauna de tipos con un poco de locura en las ojeras (como
la de aquel mozo que, en un bar de Cochabamba y Av. La
Pata, a pocas cuadras de lo que fue el Gasómetro,
aquel palacio del inmortal San Lorenzo, se dedicaba, pacientemente,
a enderezar medialunas detrás del mostrador, porque
como solía confesar: un hombre recto como él
no podía tolerar ninguna forma torcida de la vida).
Bares donde la contracara de la soledad es el culto de
la charla, ese parlotear sobre la existencia alrededor
de mesas que nunca preguntan, y donde uno acaba dejando
de ser uno para convertirse, a la vez, en Discépolo
y Nietzsche, en Mariano Moreno y Hamlet, en profeta y
maldito, en inmortal y suicida. Bares, en fin, donde siempre
estuvimos allí, aunque hayamos entrado por primera
vez, orientados siempre por el amor y la aventura de almear
(es decir: tutearnos con el alma).
De ahí que en esos bares, en esos verdaderos paraísos
del infierno, siempre habrá una mesa confesional
con una botella de oxígeno para aquellos que huyen
de las tristes oficinas o de las macabras noticias del
mundo, y siempre habrá también un estaño
desde el cual, con dos medidas de whisky, se pueda resistir
mejor el regreso a la mujer de siempre, a la cena de siempre,
a la sábana con los gemidos de siempre, a los sueños
inconclusos de siempre.
Y tampoco podrá faltar allí la mesa junto
a la vidriera. Porque la vidriera del bar es la llave
para entrar a los espejos, o mirar lo invisible y saberlo
todo. Hablando de esto: ¿Saben cual es la diferencia
entre la pantalla de Internet y la vidriera del bar? Les
cuento. Internet nos informa, por ejemplo, sobre la vida
y obra de Beethoven; pero la vidriera del bar nos hace
ver cómo Beethoven apretaba los dientes o se reía
endemoniado cuando el "la" le pegaba en la sangre.
Lo mismo pasa con Van Gogh: Internet nos muestra hasta
la oreja que Vincent se cortó; pero solo a través
de la vidriera del bar se podrá ver que en un ojo
de Van Gogh estaba el sol y en el otro la noche de toda
su locura. E igual sucede con Poe: Internet nos llevará
hasta el mismo vaso con que el gran aterrorizador se emborrachaba
hasta el delirio; pero solo por la vidriera del bar sabremos
cómo Poe le enseñó a hablar y escribir
a las pesadillas que llevaba dentro. Es que Internet es
solo conocimiento. Y la vidriera del bar es revelación.
Por eso a estos bares se entra para pensar y no para pasar
el rato. Pero además de la penumbra, y el estaño,
y la vidriera, y la araña aquella que persiste
en tejer su viejo sueño, están los personajes
funambulescos cuyas historias completan el cosmos de esos
bares y los eternizan. Les cuento tres:
Primera historia: En aquella mesa, una pareja discutiendo.
De pronto el tipo le manda un biandun de zurda, que suena
como un escopetazo. Enseguida va otro y otro más.
Hasta que alguien, apiadado, dice: "¡Pobre
mina!". Y entonces el tipo le contesta: "¡Que
pobre mina si es un travesti, y encima me cornea!".
Un rato después los dos se van, despacito, abrazados
y besándose. Ahí es cuando el de la mesa
contigua a la mía, porteño él, dictamina:
"¿Vio? El amor es como la religión:
o te embrutece o te cura todos los males". Un sabio.
Segunda historia: De pie junto al estaño, un flaco
con cara de insomnio, se vacía una ginebra y pide
tres más. ¡Está solo y pide tres más!
Se la sirven, las traga como el aljibe a la lluvia y pide
cinco más. No lo puedo creer y me le acerco. "¿Se
puede saber porque de una ginebra pasó a tres y
de tres a cinco?", le pregunto. "Y de cinco
paso a siete –me contesta–, porque yo soy
un hombre impar: voy de uno a tres, de tres a cinco, y
así sucesivamente". Un loco imperdible, me
digo. Y cuando estoy por la tercer ginebra y él
por la séptima, ya somos viejos amigos.
Tercer historia: El tipo entra desorbitado: la boca abierta
igual que un sediento y el pecho roncándole de
agitación. Todos le hacemos paso. Entonces llega
al mostrador y pide: "¡Pronto, un vaso de agua!".
Y cuando el mozo se lo alcanza el tipo dulcemente, enamoradamente,
becquerianamente, introduce en el vaso una rosa roja ya
medio mustia. Lo aplaudimos.
Esto es lo que quería decir sobre ciertos bares,
los míos, los nuestros. Y algo más. En esos
días en que usted se sienta como sepultado en el
fangal de la vida y quiera asomar la cabeza para mirar
las estrellas, hágalo desde una mesa que esté
junto a la vidriera de uno de esos bares. Y verá
que las estrellas son más. Y hasta es posible que
el duende de Gagarin, desde lo más azul de allá,
lo salude pulgar en alto.
Y ya me fui. Pero cuídense porque anda suelta. |