Es
notable el poder de transformación que la noche
ejerce sobre los porteños, esa rara tribu de ciudad
dada a lo sentimental, lo anarco y lo surrealista.
Ya al atardecer, es decir, a la hora en que al día
se le van apagando las fogatas y en los árboles
los gorriones comienzan a soñar con otros cielos,
el porteño siente el llamado de la noche.
El llamado de la noche viene por el aire, y trae aromas,
olores y fragancias.
• Aromas románticos de rosas aún no
nacidas
• Olores incitantes de mujeres vestidas solo con
la sábana
• Fragancias embriagadoras de barricas de roble
donde habitan los duendes del Cabernet Sauvignon.
Es que la noche para el porteño es una fiesta.
Tan milagrosa es que a los porteños calvos le nacen
crenchas de león, y los porteños obesos
sienten que la rueda de tractor de su abdomen se reduce
a los tiempos de la adolescencia, y los miopes ven hasta
el más allá, y los sordos oyen la respiración
de los ángeles, y los que pisan planos como osos
se vuelven sutiles y aéreos como en un ballet de
Chaicovski, y los muy bajos se agachan al pasar por debajo
de las puertas, y los espejos juran que ya no quedan porteños
feos en la ciudad, y algo como un Gardel hay en la sonrisa
de todos.
Es que en la noche todos los porteños son solteros.
Y así caigan diluvios con Noe incluido y truenos
y relámpagos vaticinen que el mundo se partirá
en mil, para el porteño siempre habrá luna
y estrellas.
Porque el día es sobrevivencia. Brutal sobrevivencia
que no nos deja tiempo para preguntarnos adonde vamos
con los dientes apretados y el corazón vendido
a los demonios, corriendo como quien huye del pez gordo
que vendrá a engullirnos como a cardúmenes
que somos en esta ciudad paradójicamente sin mar.
En cambio la noche nos detiene y nos contiene, y hace
de cada uno de nosotros, por fin, un mortal que se confiesa,
que repite gozoso el rito sagrado de la amistad, y sin
movernos de la mas insignificante mesa del más
desconocido y atroz de los bares, nos concede la ilusión
de hacer el amor con las mujeres más hermosas del
mundo, aunque después llegue la madrugada, esa
siniestra aparición, y todos los castillos de arena
se derrumben, pero aun así, en ese breve e irresistible
ejercicio de la noche alcanzamos a tocarle la cola a la
cobra de la inmortalidad, nos tuteamos con los dioses
y la muerte, somos más sabios que todos los filósofos,
poetas, locos y profetas juntos y, vino reinante, entramos
en otro mundo, un mundo que alguna vez será el
nuevo mundo.
Ah, qué noche la noche. Antes de entrar en ella
como el amor en el grito, el porteño suele mirarla
y pensar:
• Noche, prestame tu mujer con pantorrilla de florero
de amapolas jóvenes (como dijera Huidobro)
• Noche, te siento más buena que Malena a
quien le dije que la sentía más buena que
yo (como dijera Manzi)
• Noche, mujer con lengua de hostia apuñalada,
piernas de cohete y nalgas de lomo de cisne (como dijera
Breton).
¿Usted nunca se perdió en la noche para
encontrarse con si mismo? ¿Nunca salió a
caminar después de medianoche y sintió que
las estrellas le abrían paso y la calle era el
mar y usted el navegante de un barco que jamás
encallaría? ¿Nunca salió de noche
a comprar media hora de amor, y lo encontró en
la esquina, y tenía ojos grandes y piernas largas,
y usted pagó, y se acostó, y dejó
el aliento allí, pero no pudo, e igual se supo
feliz porque era de noche y la noche todo lo consuela?
Al menos, estoy seguro de que habrá sido testigo
o protagonista de alguna de las patéticas y románticas
e insólitas historias de la noche. Como estas dos:
Historia uno: Junto a la mesa de un bar, un tipo solo.
En eso llega otro, se sienta, le pregunta cómo
está. "Ahora mejor. Estuve un rato con ella.
Recién se fue", le cuenta el que estaba solo.
"¿Con quién?", pregunta incrédulo
el que llegó recién. "Con Marta, con
quién va a ser", responde el primero. "Pero
si Marta, tu mujer, murió el mes pasado",
le contesta el que llegó recién. Y el que
estaba solo, torciendo la boca en un clásico gesto
de desprecio, le estampa: "Vos, aunque te acostés
a la seis de la mañana, nunca serás un buen
porteño". "¿Y por qué no?",
pregunta el otro, intrigado. "Porque no sabés
soñar", le contesta el tipo que no estaba
solo.
Historia dos: La mina pasa taconeando baldosas con ese
ritmo de octeto de Piazzolla: provocativo y dramático.
Y un tipo le dice: "¿Me llevás?".
"¿Adónde querés ir, al cielo
o al infierno? Al infierno sale dos pesos. Al cielo, doscientos",
le responde la taconeadora. "¿Y por qué
tanta diferencia?", indaga el tipo. "Es que
en el cielo vos y yo somos Adán y Eva, y en el
infierno no somos mas que una pareja cualquiera, sin importancia
como hay millones". Y es seguro que se fueron al
cielo porque ella se zarandeaba como una serpiente, el
tipo tenia una especie de paraíso en los ojos,
y la luna brillaba como manzana recién lustrada,
tentadora.
Digamos de paso que no siempre la noche es una fiesta.
Que a veces en la noche se hacen cosas que nunca se sabe
como terminan. Como por ejemplo los golpes de estado y
los hijos. Pero esas son otras historias.
Y ahora basta que está amaneciendo.
Cuídense porque anda suelta. |