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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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El último porteño.
A Humberto Costantini, que anda por aquí nomás.
.
Soy el último porteño y estoy vivo.
No visto bronce como los próceres. Ni aureola como los santos.
Ni medallas como los generales que mueren en la cama. Y nadie habla de mí en las fechas patrias. Por lo tanto estoy vivo.
Sin embargo juran algunos que estoy muerto.
Historiadores sensibles como estatuas. Sociólogos que no han derramado ni una sucia lágrima sobre esta ciudad. Pálidos poetas con esa palidez de los que temen al vino. Y esposos virtuosos que a las diez de la noche se acuestan a morir (o a dormir que es lo mismo).
Todos ellos juran que estoy muerto.
Que me mató el amor por las calles lloviznadas, por la luna entre los árboles en las noches sin rumbo, por los saltos del gorrión en los patios de la infancia, por el beso en los umbrales.
¿Pero cuándo yo amé solamente esas bellas y pequeñas formas de la nostalgia?
Más que todo eso yo amé, amo y amaré, la noche. Y seguiré amándola aún en esa otra noche donde siempre será noche. Porque para mí lo único y lo todo, lo soñado y lo imposible, aquello en fin que está más allá del aire y del tiempo, es: la noche. Esa mezcla de virgen perversa y santa ramera. Por eso en la noche me siento como el cazador que en la selva persigue sin descanso al desamor, la tristeza, la soledad y otros tigres.

Y hablando de la noche...
Puedo escribir los versos más tristes esta noche,
escribir por ejemplo:
los bares de mi alma se quedaron sin luna
y llueve solamente en los vasos vacíos.

Y como todo sigue siendo triste muy triste,
puedo escribir de nuevo los versos más tristes esta noche,
escribir por ejemplo:
la soledad me ha tocado con su dedo de fuego
y yo no sé otra cosa más que aullar o seguirla.

Es cierto que hoy la ciudad es otra. Que está invadida por anacondas de cemento llamadas autopistas, y bares de tránsito donde nunca entrarán los amados fantasmas a levitar dulcemente. La ciudad es otra, pero la noche es la misma. Y nada en este mundo, ni los estragos del tiempo ni la herrumbre del olvido, me harán apartar de la noche, ese árbol de la vida regado por la oscuridad que es otro sol.
Soy el último porteño y estoy vivo.
En la noche sé del imprevisto amor.
En la noche sé para que oído es furia el llamado de alguien que tirita en la intemperie.
En la noche sé que si los perros aúllan a la luna es porque se les han apagado todas las estrellas, todos los huesos, todos los baldíos.
En la noche sé que el vino es tan hondo que puede inundar el infierno, y el tabaco puede llegar tan alto que haría toser a Dios.
Además en la noche nacen, o merecen nacer, los magos (algunos), los locos (todos), los poetas (algunos), los soñadores (todos), los dioses (algunos), los revolucionarios (todos).
Además en la noche los pobres de bienes y los ricos en lágrimas entran por fin al Reino de la Tierra con sólo hechizar una mesa y convocar a los espíritus de la amistad.
Además en la noche las iglesias me envidian: todas las confesiones vienen a mí.
Además en la noche, y esencialmente, la muerte me pierde las pisadas.
Porque soy el último porteño y estoy vivo.
Estoy vivo como los amantes que ahora mismo, en algún lugar cerca de aquí, le roban la cuchilla a la muerte y con ella se matan la lágrima y después, hasta el alba, se pulen el amor.
Es que la palabra noche suena misteriosa. Quien la pronuncie convencido de que en ella está el secreto de la vida, habrá descubierto que el tesoro oculto que buscaba está en su ardiente corazón.
Para mí entonces la noche, nunca el día.
A la luz del día se abren las ventanas y el paisaje derrota a la imaginación.
A la luz del día la pasión retrocede y en las sábanas se apaga el incendio y ya no queda allí ni un simulacro de humo.
Para mí entonces la noche.
La noche llena el camino de visiones, los ojos de fábulas, la palabra de asombros.
Además toda noche esconde una noche más vasta.
Cuando hartos de este mundo, de esta tierra injusta, todos huyan a otros planetas y yo quede solo en mi ciudad amada, crearé con un puñado de suaves penumbras una nueva pareja, y juntos iremos hasta el bar más cercano, el más parecido a la salvación, a festejar las noches venideras.
Soy el último porteño.
Soy, también, el primero.
Soy, tal vez, todos los hombres.
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