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| Ellas,
las minas. |
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El
vocabulario del lunfardo, tan rico en hallazgos, oscuridades
y hermetismos, contiene para nuestra curiosidad un nutrido
repertorio de sinónimos y apelativos sobre la mujer.
Veamos algunos:
lora / carro / vagón / taquera / fulana / sultana
/ beba / paica / grela / catriela / garaba / garabita
/ percanta / percantina / dona / fémina / jermu
/ brame / bagre / bagayo / cosa / chancleta / china /
chuchi / papa / papusa / papirusa / budín / mujica
/ naifa / pendeja / pollera / leona / adorada / bestia
/ chata / feba / patrona /
potranca / pebeta / chiruza / percalera.
Claro que entre uno y otro término hay matices.
Por ejemplo: china es la mujer de campo; pendeja y pebeta
son las muchachas, lo mismo que garaba y garabita, y también
lo es chiruza, salvo que en este caso la apelación
es despreciativa; carro es mujer de la vida, y por extensión
la que yuga, la que tira del carro; papa, papusa y papirusa,
es la hermosa; percalera, claro, es la pobre; brame es
vesre (revés) de hembra, como lo es darique de
querida; y en cuanto a catriela, ¿quién
no se da cuenta que alude a la que está para la
catrera, es decir, la cama?
Habrán notado también que no incluí
para nada, entre tanto inventario, el vocablo mina, como
tampoco a sus derivados: nami, minushia, minón,
minerva. Y no lo hice porque para los auténticos
porteños –esos dioses envarados y soberbios
que hacen de la noche el paraíso– la mina
no es equivalente de mujer. Mina y mujer son cosas distintas.
Es mas: mina y mujer son lo distinto.
Aclaro además que cuando digo minas, no pienso
en aquellas que, originalmente, siglo atrás, laburaban
para un canfinfle (léase proxeneta) que las explotaba
como a verdaderas minas de oro o de plata. Cuando digo
minas me estoy refiriendo a las de hoy, mis incomparables
Ellas, tan endiabladamente diferentes del resto de las
mujeres, como si vinieran de otro mundo. Y vienen, yo
sé que sí. Anotemos algunas diferencias:
Hay mujeres que son lobas; las minas también, pero
además les sobra estepa, y cuando muerden no dejan
ni los huesos. Hay mujeres que tienen su filosofía;
las minas también, pero además son eruditas
en la ciencia de las veredas y de los barrios. Hay mujeres
que leen a Kafka; las minas también, pero además
se metamorfosean. Hay mujeres a las que siempre les duele
algo; a las minas también, pero en especial el
mundo. Hay mujeres que lo hacen a oscuras; las minas también
lo hacen, pero dejan encendida una lucesita para ver como
se contorsiona el cuerpo del amor. Hay mujeres sensibles:
se levantan con el sol, riegan las plantas, les hablan;
las minas también riegan y les hablan, pero a los
dioses del Olimpo, para que sean mejores y sirvan para
algo. Hay mujeres que son artistas de la cocina; las minas
también, pero sólo de vez en cuando, no
sea que el olor a cebolla les dure toda la vida.
Es que las minas tienen alma. Y una mina con alma no perderá
ni un segundo de su vida en avivar giles y se cruzará
rápido de vereda, o de país, cada vez que
vea llegar a un chanta. Una mina con alma, si está
solitaria en su casa, no despreciará el televisor,
pero preferirá encender la imaginación.
Una mina con alma jamás compartirá el edén
de su cama con alguien que no sepa quien es Neruda, Picasso
o el dios aquél de la boina inmortal. Y aunque
no quieran creerlo, una mina con alma también quiere
vivirla bien, como cualquier otra, pero si llegan esos
tiempos del brillo, ella pasará por allí
sin detenerse, porque sabe muy bien que tanto el confort
como la mishiadura, roen mas hondo que un río de
nutrias.
Y como me gustan los ejemplos, aquí doy uno, con
el fin de insistir en las diferencias de las que vengo
hablando.
ESCENA: Un tipo y una mujer comparten una mesa. De pronto
el tipo grita, desesperado: “¡Se acabó
el vino, Dios mío, se acabo el vino!”. Y
la mujer le contesta: “Mejor, así mañana
te levantás despabilado”.
LA MISMA ESCENA: Un tipo y una mina comparten una mesa.
De pronto el tipo grita, desesperado: “¡Se
acabó el vino, Dios mío, se acabo el vino!”.
Y la mina le contesta: “Tranquilo, negro, que en
el placar tengo dos botellas más”.
Pero yo pienso que la gran diferencia que existe entre
unas y otras, radica en el hecho de que las mujeres, cuando
nos abandonan, no dejan huella, como si nosotros fuéramos
invisibles, algo así como un tatuaje en el aire.
En cambio, cuando las minas se van, nos dejan una bala
en la boca de la soledad, un cuchillo que una mano invisible
afilará sin pausa en las curvas del corazón,
un frío de Siberia en la mitad de la cama, un fósforo
que en la oscuridad siempre alumbrará la esquina
del dolor y la nada. Es que cuando una mina se va, el
aire que respiramos tiene gusto a desolado Manzi, y la
sonrisa de Gardel se nos llena de cenizas, y entonces
llueve todo el tiempo en la ciudad y el único que
camina sin paraguas es uno, sos vos.
El porteño sabe que las minas son terribles, como
abrazo de boa. Pero igual las ama, y no puede vivir sin
ellas. Está ligado a esa fatalidad como el náufrago
a la isla, el pan al diente del hambriento, o la lluvia
al ojo del melancólico. El porteño las ama
tanto que vive y sueña con ser el amante de la
mina mayor que es Buenos Aires. Aunque sepa que ser amante
de una mina es desgraciarse la sangre, los sentidos, el
calendario, el tiempo, la historia, el clima, el vino,
todo. Pero, ¿que importa?, si el porteño
sabe también que en este mundo no hay amantes felices.
Ya lo dijo aquel Discépolo galés, llamado
Dylan Thomas, cuando escribió que en la noche silenciosa
los amantes yacen en el lecho con toda la tristeza de
los siglos en sus brazos.
Y ahora cuídense porque anda suelta. |
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