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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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Mas sobre ellas, las minas.
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Para mí ellas son las incomparables. Para mí antes de ellas era la nada, y después de ellas también será la nada. Por eso cuando las sueño o las pienso, o cuando como ahora trato de expresarlas, se me extravía la gramática. Y si de pronto alguien me pregunta que son las minas para mí, le diría que son toda la sol y todo el noche, y son también la fuego de lo infierno, y además son el lluvia, la color del luz, la demonio y la dios, y en especial son lo mar que le falta a este ciudad, el galaxia que no cabe en la telescopio, y el herida absurdo, y la cielo que soñamos un vez.

Lástima grande que van quedando pocas. Es que esta ciudad de piedra, neurosis y ruido, se traga todo. Todo lo mejor. Y entre todo lo mejor están ellas, las inimi, las uni, las hechi (perdón, quise decir: las inimitables, las únicas, las hechiceras, pero es inútil: sólo con recordarlas se me parte el corazón y la palabra).

Pero insisto: minas, lo que se dice minas-minas, cada vez hay menos.

Y claro. Sucede que algunas se mueren, como se muere todo algún día.

Otras, se pierden entre las letras del tango, para hacerse leyenda, como Malena, la de la voz de sombra, o María, la que llegó del otoño. Y está bien que así sea.

Otras capitulan y se casan, y obedientes al mandato de la bruja Celulitis, engordan, engordan, engordan, y para mayor desgracia se hacen adictas al bolero y a la televisión, que es el bolero interminable. Estas –dicho sin culpa– son las peores.

Están también las que, casadas o no, aguardan a que el tipo se duerma, y se van a llorar a la cocina, derramando lágrimas de culpa y sollozos con algo de fritura, por aquellas añoradas noches de caos y maravillas. Y eso de algún modo las salva.

Otras se hacen milongueras. Pero a mi no me engañan. Esa es una forma de camuflarse. En el fondo son como las casadas que, sin estarlo, tienen su marido por tres minutos, que es lo que dura la ebriedad de un tango.

Y finalmente están aquéllas que desertaron para entrar en la locura, o convertirse en poetas, o afiliarse al socialismo revolucionario. Pero aún así, y cada una en su estilo, éstas siguen siendo grandes minas.

Si, van quedando cada vez menos. El día que se extingan también el sol se habrá apagado. Y la corriente eléctrica dará sombra. Y el agua sanitaria vendrá amarga. Y el aire tendrá perfume de ataúd. Y soñar será como morder un trapo sucio. Y cuando la parca, esa maldita fiambrera, se lleve al olvido a la última mina, los porteños ya no tendremos sentido.

Pero todavía las hay. Yo conozco una. La tengo aquí conmigo, al lado de mi estruendosa Remington. Es una vieja amiga que la sabe larga y honda, porque viene de frecuentar todos los planetas, todos los misterios, todos los demonios, todas las pasiones y piedades. Y le hago preguntas:

–¿Qué es el amor?
–Para mí, hay dos. El de los cuerpos, que es darse a fondo si ambos obedecen al delirio. Ese es uno. El otro amor es el mundo. No sé si he sido clara.
–¿Qué leés?
–De todo. Lo que está escrito en la piel de los hombres. Lo que está escrito en el lado más oscuro de la noche. Lo que está escrito en el alma de las cosas, así las cosas estén en silencio o exploten. Y vos te vas a reír: pero también leo lo que todavía no esta escrito, porque la imaginación es lo mejor que tengo.
–¿A quien odiás?
–No sé si odiar es la palabra. Pero me escapo de los boludos. Ingenieros los llamaba mediocres. Yo les digo boludos. Los boludos son ésos que ni bien aparecen te roban el cerebro. Y para mí, que soy atea, el cerebro es Dios.
–¿Qué pensás de la soledad?
–Que la soledad soy yo. Cuando me voy de algún cuerpo, soy la soledad. Cuando falto a la cita, soy la soledad. Cuando vacío una cama, soy la soledad. Y cuando me muera, seré toda la soledad. Tengo tanta soledad como para envolver a esta ciudad con moño y todo. Y la ciudad lo sabe. Pero mi soledad es prisionera de la ternura y de la pasión. Y la ternura y la pasión son mi único gobierno.

Y ya me voy, pero si alguno pregunta cómo reconocer en la calle y entre tanta mujer a
una auténtica mina, le digo que es sencillo: 
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Tiene labios sedientos como el mar cuando lame la playa / en los ojos el brillo de la palabra siempre y la sombra de la palabra nunca / en la mano la llave que abre la puerta de los jardines del infierno y a veces la del dormitorio del cielo / y la sigue de cerca el fantasma de la madrugada.
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Ahora cuídense porque anda suelta.
(Dedico ésta columna y la anterior a mi
amigo Carlos Andreoli, que cuando canta la
noche se hace mas larga, y en la mesa los
vasos se llenan solos.)
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