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| Mas
sobre ellas, las minas. |
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Para
mí ellas son las incomparables. Para mí
antes de ellas era la nada, y después de ellas
también será la nada. Por eso cuando las
sueño o las pienso, o cuando como ahora trato de
expresarlas, se me extravía la gramática.
Y si de pronto alguien me pregunta que son las minas para
mí, le diría que son toda la sol y todo
el noche, y son también la fuego de lo infierno,
y además son el lluvia, la color del luz, la demonio
y la dios, y en especial son lo mar que le falta a este
ciudad, el galaxia que no cabe en la telescopio, y el
herida absurdo, y la cielo que soñamos un vez.
Lástima grande que van quedando pocas. Es que esta
ciudad de piedra, neurosis y ruido, se traga todo. Todo
lo mejor. Y entre todo lo mejor están ellas, las
inimi, las uni, las hechi (perdón, quise decir:
las inimitables, las únicas, las hechiceras, pero
es inútil: sólo con recordarlas se me parte
el corazón y la palabra).
Pero insisto: minas, lo que se dice minas-minas, cada
vez hay menos.
Y claro. Sucede que algunas se mueren, como se muere todo
algún día.
Otras, se pierden entre las letras del tango, para hacerse
leyenda, como Malena, la de la voz de sombra, o María,
la que llegó del otoño. Y está bien
que así sea.
Otras capitulan y se casan, y obedientes al mandato de
la bruja Celulitis, engordan, engordan, engordan, y para
mayor desgracia se hacen adictas al bolero y a la televisión,
que es el bolero interminable. Estas –dicho sin
culpa– son las peores.
Están también las que, casadas o no, aguardan
a que el tipo se duerma, y se van a llorar a la cocina,
derramando lágrimas de culpa y sollozos con algo
de fritura, por aquellas añoradas noches de caos
y maravillas. Y eso de algún modo las salva.
Otras se hacen milongueras. Pero a mi no me engañan.
Esa es una forma de camuflarse. En el fondo son como las
casadas que, sin estarlo, tienen su marido por tres minutos,
que es lo que dura la ebriedad de un tango.
Y finalmente están aquéllas que desertaron
para entrar en la locura, o convertirse en poetas, o afiliarse
al socialismo revolucionario. Pero aún así,
y cada una en su estilo, éstas siguen siendo grandes
minas.
Si, van quedando cada vez menos. El día que se
extingan también el sol se habrá apagado.
Y la corriente eléctrica dará sombra. Y
el agua sanitaria vendrá amarga. Y el aire tendrá
perfume de ataúd. Y soñar será como
morder un trapo sucio. Y cuando la parca, esa maldita
fiambrera, se lleve al olvido a la última mina,
los porteños ya no tendremos sentido.
Pero todavía las hay. Yo conozco una. La tengo
aquí conmigo, al lado de mi estruendosa Remington.
Es una vieja amiga que la sabe larga y honda, porque viene
de frecuentar todos los planetas, todos los misterios,
todos los demonios, todas las pasiones y piedades. Y le
hago preguntas:
–¿Qué es el amor?
–Para mí, hay dos. El de los cuerpos, que
es darse a fondo si ambos obedecen al delirio. Ese es
uno. El otro amor es el mundo. No sé si he sido
clara.
–¿Qué leés?
–De todo. Lo que está escrito en la piel
de los hombres. Lo que está escrito en el lado
más oscuro de la noche. Lo que está escrito
en el alma de las cosas, así las cosas estén
en silencio o exploten. Y vos te vas a reír: pero
también leo lo que todavía no esta escrito,
porque la imaginación es lo mejor que tengo.
–¿A quien odiás?
–No sé si odiar es la palabra. Pero me escapo
de los boludos. Ingenieros los llamaba mediocres. Yo les
digo boludos. Los boludos son ésos que ni bien
aparecen te roban el cerebro. Y para mí, que soy
atea, el cerebro es Dios.
–¿Qué pensás de la soledad?
–Que la soledad soy yo. Cuando me voy de algún
cuerpo, soy la soledad. Cuando falto a la cita, soy la
soledad. Cuando vacío una cama, soy la soledad.
Y cuando me muera, seré toda la soledad. Tengo
tanta soledad como para envolver a esta ciudad con moño
y todo. Y la ciudad lo sabe. Pero mi soledad es prisionera
de la ternura y de la pasión. Y la ternura y la
pasión son mi único gobierno.
Y ya me voy, pero si alguno pregunta cómo reconocer
en la calle y entre tanta mujer a una
auténtica mina, le digo que es sencillo: |
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Tiene
labios sedientos como el mar cuando lame la playa
/ en los ojos el brillo de la palabra siempre
y la sombra de la palabra nunca / en la mano la
llave que abre la puerta de los jardines del infierno
y a veces la del dormitorio del cielo / y la sigue
de cerca el fantasma de la madrugada. |
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| Ahora
cuídense porque anda suelta. |
(Dedico
ésta columna y la anterior a mi
amigo Carlos Andreoli, que cuando canta la
noche se hace mas larga, y en la mesa los
vasos se llenan solos.) |
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