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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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La voz azul.
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“Eugenio –me recrimina un amigo–, ya son varias las columnas que escribiste y nunca le dedicaste una al Morocho. Y eso, disculpa que te lo diga, es casi una irresponsabilidad”. Tiene razón mi amigo. Hablé de la naturaleza del porteño, de la penumbra de los bares, del misterio de la noche, del porqué de las minas, y lo postergué a Gardel, nada menos que a él, que es a los porteños, lo que Dios a los teólogos. Porque a Gardel se refería mi amigo cuando mencionó al Morocho, apodo éste con el que estoy en absoluto desacuerdo. ¿Cómo le va a decir morocho si su voz es azul?.

Hay quien prefiere llamarlo el Mago. Y eso sí le cae justo, porque cuando canta, de la galera de la garganta le salen luces, pájaros, milagros, entresueños y hasta algún póster de sí mismo.

Otros le dicen el Mudo, notable metáfora de contraste, ya que es como decirle a Borges el Estudiante, cuando que él es el Maestro, o llamarlo Tronco a Maradona, justo a él que fue el Rey del bosque.

Yo al Gardel lo llamaría Shakespeare, por lo inmortal. Y como buen inmortal que es, no sólo cada día canta mejor, sino que cada día nuevos interrogantes aumentan la leyenda. Veamos algunos:

¿Era francés o uruguayo? / ¿Nació en 1882,1885, 1887 o en 1890? / ¿Por qué no hay fotografías suyas junto a su madre Berta Gardés? ¿O no era realmente su madre, y el hijo que ella tuvo, inscripto en Toulouse como Charles Romuald Gardés no tenía ninguna relación con el verdadero Gardel, sino que éste era hijo de una uruguaya llamada Manuela Bento que murió demente en un asilo? / ¿Existe un prontuario policial? / ¿Fue un gigoló prostibulario mantenido por diferentes mujeres? / ¿Está comprobado que sus viajes a Europa y sus películas fueron financiadas gracias a la generosidad de una millonaria norteamericana conocida como Madame Chesterfield? / ¿Qué hay de cierto en que tenía un problema físico o psíquico que lo alejaba de las mujeres? / ¿Qué misterio encierra el desastre de Medellín? ¿Hubo un balazo que alguien le disparó a alguien en el avión de la tragedia?

Todavía hoy, tanto biógrafos e investigadores, como curiosos en general, continúan preguntándose: ¿quién era, realmente, Carlos Gardel? Lo cierto es que todos los interrogantes pierden interés y desaparecen con la misma instantaneidad del humo en el viento, cada vez que se oye la voz del Inmortal. Por mi parte creo que la verdad de su vida hay que buscarla en esos salvajes desgarbados que saben ver lo invisible y volar alto sin despegarse de la tierra: los poetas. Vayan como ejemplo estos fragmentos del poema “Gardel” de Humberto Costantini.
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Para mí, lo inventamos.
Seguramente nos sentimos de golpe
terriblemente solos,
muy huérfanos, muy niños.
Entonces, que se yo,
nos pasó algo rarísimo.
Nos vino como un ángel desde adentro,
nos pusimos proféticos,
nos despertamos bíblicos.
Miramos hacia las telarañas del techo,
nos dijimos:
“Hagamos pues un Dios a semejanza
de lo que quisimos ser y no pudimos”.
Y claro, lo deseamos, y vino.
Se entreabrieron los cielos de costado
y su voz nos cantaba: mi Buenos Aires querido...
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De todos modos quiero develar uno de aquellos interrogantes, el más atroz, ése que se refiere al misterio sobre su verdadera muerte. Y como sólo yo tengo el secreto, y dado que además soy un buen tipo, lo compartiré con ustedes, sabiendo desde ya que todos me van a creer, salvo aquellos que no saben soñar. Lo hago en forma de cuento con título y todo:
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La sonrisa
Como todos saben, Gardel tenía una sonrisa blanca, tenaz e implacable. Una sonrisa que llevaba a todos lados, colgada de la cara como un cuadro famoso, como un lujo estridente o como un tajo de luz.
Si caminaba, sonreía; si dormía, sonreía; si hacia el amor, sonreía; si lloraba, también sonreía; y hasta cuando se ponía serio, también sonreía.
Era la suya una sonrisa tan fulminante que quienes la miraban de cerca quedaban con la frente marchita y las sienes plateadas por las nieves del tiempo.
Era su sonrisa algo así como la sonrisa de Dios, si Dios sonriera. Y Gardel lo sabia.
Por eso una vez, una única vez, atacado por un biandazo de hastío, de locura o de humor negro, se quitó la sonrisa, la escondió en el bolsillo y subió al avión.
Fue tan grande el espanto del piloto al descubrir que en el lugar de la famosa sonrisa había un horrible pozo negro, que perdió el dominio de sus manos, provocando el desastre conocido como “la tragedia de Medellín”.
Así, y no de otro modo, murió Gardel.
Pero cosa extraña: muerto y todo, su sonrisa permanece imperturbable. Su sonrisa cada día sonríe mejor.
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Yahora cuídense, que la que ustedes saben anda suelta, y no es azul.
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