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| Exámen
para saber si usted es un buen gardeliano. |
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Supongamos que Usted se muere. Sí, sí,
se muere. Un día viene la recaudadora de
mortales, quiero decir, la Flaca Siniestra, lo toca
de chanfle con la guadaña de hacer silencio
y (lo siento en el alma, amigo mío) Usted
se muere. Pero se le concede el glorioso consuelo
de elegir el destino que le va a dar a su nueva
vida en el otro lado, es decir, si prefiere ir al
cielo o al infierno. Ahora bien: el cielo es un
territorio manso como una siesta donde, por supuesto,
está Dios; y el infierno viene a ser algo
así como el último barrio que visitan
los reos, y allí, por supuesto, está
Gardel, pero hecho un fuego total, y cada vez que
alguien entra (Usted, por ejemplo) él va
y lo abraza para siempre. ¿Cuál de
los dos hospedajes elige Usted? |
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Imaginemos
que Usted es un gato. Sí, un gato, ¿y
qué? Un gato ignorado por las piadosas viejitas
solteras que ya no vienen, como antes, a dejarle
sus envoltorios con trocitos de almuerzo. Usted
es un escaldado y miserable gato de baldío
que desde hace dos semanas anda queriendo morderse
la cola para aplacar la hambruna. Y de repente,
ahí, al alcance de su salto, se le aparece
un bocado de los dioses: nada menos que un zorzal,
un cantarín y regordete zorzal cuya figura
es la réplica exacta, pero en miniatura,
de Gardel. ¿Qué hace Usted? ¿A
ver, que hace? ¿Se lo come? ¿O prefiere
morir de inanición? |
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Su
mujer lo abandonó. ¿Qué importa
si se fue con su mejor amigo o se refugió
en un convento? Lo cierto es que, sin una despedida,
con su valijita y un portazo, igual a esas minas
de 200.000 letras de tango, lo abandonó.
Usted la amaba profundamente, no porque ella fuera
hermosa (la pobre era gorda, cincuentona y se la
veía bastante vapuleada por los usos y costumbres
del tiempo), sino porque ella era una ferviente
coleccionista de discos de Gardel. ¿Cómo
reacciona Usted, entonces? ¿Va a tirar la
vida por los cafetines? ¿O la reemplaza por
la vecinita de al lado, esa adolescente bellísima
que está bestialmente enamorada de Usted,
pero colecciona discos de rock? |
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Digamos
que después de dura faena, Usted consigue
fabricar la Máquina del Tiempo, con la que
retrocede hasta el 1920, para cumplir su deseo más
ardiente: seguir de cerca la trayectoria del troesma.
Pero entonces Usted va descubriendo, horrorizado,
que Gardel usa peluca, que su sonrisa es comprada
porque lleva dentadura postiza y no está
bien ajustada, y que además su arte se basa
en una mímica grotesca ya que es mudo, sí,
mudo, mudo de mudez absoluta, y la célebre
voz proviene de la garganta de uno de sus guitarristas.
¿Qué hace Usted? ¿Destruye
la Maquina del Tiempo y se cose la boca para no
defraudar la memoria del pueblo? ¿O se convierte
en millonario divulgando los atroces secretos del
cantor? |
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Por
obra y gracia de un milagro, del sueño o
de la magia, a Usted se le otorga la extraordinaria
facultad de devolverle la vida a algún célebre
personaje de los que conmovieron al mundo. Pero
entiéndase bien: nada mas que a uno, solamente
a uno. ¿A quien elige Usted? ¿A Gardel,
a Cristo, a Einstein o a Marilyn? |
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Usted
es un idólatra de la voz de Gardel. Lo escucha
cantar y se siente en el cielo abanicado por las
nubes. Por eso va una tarde a agradecerle a la estatua
que el Único tiene en el cementerio. Está
por encenderle un cigarrillo y dejárselo
en la boca cuando la estatua le dice: “Todos
vienen pero después me dejan solo, y a la
noche hace frío y tengo miedo. Si vos te
quedás, te canto sin parar hasta que amanezca”.
¿Qué hace Usted? Aclaro que ya empezó
a anochecer y el silencio duele. ¿Se queda?
¿O pensando en sus hijos, en la cena y una
buena cama, lo deja a Don Carlos más solo
que nunca? |
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Todas las noches Usted sueña. Sueña
el sueño imposible, el mejor, el más,
el todo. Sueña que es Gardel. Y no sólo
sueña. Además, una mañana,
al despertarse, se mira en el espejo y descubre,
con asombro e ilusión, que Usted, en efecto,
es Gardel. Pero sucede que ese día es el
24 de Junio de 1935, y Usted se encuentra en Medellín,
y ya se dispone a subir al F-31 que hará
de su vida fuego y leyenda. Con una mano en el corazón,
¿qué hace entonces? ¿Sube al
avión? ¿O rompe el espejo y sigue
durmiendo? |
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Usted, de pronto, dobla una esquina, una esquina
cualquiera, pero preferentemente la de Corrientes
y Esmeralda, y se le aparece Gardel. Hay dos mil
febriles anónimos que en ese mismo momento
pasan por allí, pero Gardel sólo se
le aparece a Usted: pinta imbatible, sonrisa imbatible,
y voz imbatible porque a nadie en el mundo más
que a Usted le está cantando “El día
que me quieras”. ¿Qué hace Usted
entonces? ¿Se le arrodilla como buen católico?
¿O sigue de largo, como buen ateo
que está harto de espejismos e ilusiones? |
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Los que aprueben
este examen, habrán ganado un lugar de privilegio
en esas misteriosas funciones del Teatro de la Imaginación,
donde Gardel regresará para homenajear a sus amigos,
entre los cuales estará Usted.
Los que no lo aprueben, ocuparán también
el mismo lugar de privilegio, pero estarán sordos,
y sus aplausos sonarán tan tristes que serán
desalojados de la sala, y no verán el final de
la función donde Gardel se tutea con Dios. No lo
verán ni esa vez ni nevermore (nunca más).
Ahora cuídense porque la sin alma anda suelta. |
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