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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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Exámen para saber si usted es un buen gardeliano.
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Supongamos que Usted se muere. Sí, sí, se muere. Un día viene la recaudadora de mortales, quiero decir, la Flaca Siniestra, lo toca de chanfle con la guadaña de hacer silencio y (lo siento en el alma, amigo mío) Usted se muere. Pero se le concede el glorioso consuelo de elegir el destino que le va a dar a su nueva vida en el otro lado, es decir, si prefiere ir al cielo o al infierno. Ahora bien: el cielo es un territorio manso como una siesta donde, por supuesto, está Dios; y el infierno viene a ser algo así como el último barrio que visitan los reos, y allí, por supuesto, está Gardel, pero hecho un fuego total, y cada vez que alguien entra (Usted, por ejemplo) él va y lo abraza para siempre. ¿Cuál de los dos hospedajes elige Usted?
   
Imaginemos que Usted es un gato. Sí, un gato, ¿y qué? Un gato ignorado por las piadosas viejitas solteras que ya no vienen, como antes, a dejarle sus envoltorios con trocitos de almuerzo. Usted es un escaldado y miserable gato de baldío que desde hace dos semanas anda queriendo morderse la cola para aplacar la hambruna. Y de repente, ahí, al alcance de su salto, se le aparece un bocado de los dioses: nada menos que un zorzal, un cantarín y regordete zorzal cuya figura es la réplica exacta, pero en miniatura, de Gardel. ¿Qué hace Usted? ¿A ver, que hace? ¿Se lo come? ¿O prefiere morir de inanición?
   
Su mujer lo abandonó. ¿Qué importa si se fue con su mejor amigo o se refugió en un convento? Lo cierto es que, sin una despedida, con su valijita y un portazo, igual a esas minas de 200.000 letras de tango, lo abandonó. Usted la amaba profundamente, no porque ella fuera hermosa (la pobre era gorda, cincuentona y se la veía bastante vapuleada por los usos y costumbres del tiempo), sino porque ella era una ferviente coleccionista de discos de Gardel. ¿Cómo reacciona Usted, entonces? ¿Va a tirar la vida por los cafetines? ¿O la reemplaza por la vecinita de al lado, esa adolescente bellísima que está bestialmente enamorada de Usted, pero colecciona discos de rock?
   
Digamos que después de dura faena, Usted consigue fabricar la Máquina del Tiempo, con la que retrocede hasta el 1920, para cumplir su deseo más ardiente: seguir de cerca la trayectoria del troesma. Pero entonces Usted va descubriendo, horrorizado, que Gardel usa peluca, que su sonrisa es comprada porque lleva dentadura postiza y no está bien ajustada, y que además su arte se basa en una mímica grotesca ya que es mudo, sí, mudo, mudo de mudez absoluta, y la célebre voz proviene de la garganta de uno de sus guitarristas. ¿Qué hace Usted? ¿Destruye la Maquina del Tiempo y se cose la boca para no defraudar la memoria del pueblo? ¿O se convierte en millonario divulgando los atroces secretos del cantor?
   
Por obra y gracia de un milagro, del sueño o de la magia, a Usted se le otorga la extraordinaria facultad de devolverle la vida a algún célebre personaje de los que conmovieron al mundo. Pero entiéndase bien: nada mas que a uno, solamente a uno. ¿A quien elige Usted? ¿A Gardel, a Cristo, a Einstein o a Marilyn?
   
Usted es un idólatra de la voz de Gardel. Lo escucha cantar y se siente en el cielo abanicado por las nubes. Por eso va una tarde a agradecerle a la estatua que el Único tiene en el cementerio. Está por encenderle un cigarrillo y dejárselo en la boca cuando la estatua le dice: “Todos vienen pero después me dejan solo, y a la noche hace frío y tengo miedo. Si vos te quedás, te canto sin parar hasta que amanezca”. ¿Qué hace Usted? Aclaro que ya empezó a anochecer y el silencio duele. ¿Se queda? ¿O pensando en sus hijos, en la cena y una buena cama, lo deja a Don Carlos más solo que nunca?
   
Todas las noches Usted sueña. Sueña el sueño imposible, el mejor, el más, el todo. Sueña que es Gardel. Y no sólo sueña. Además, una mañana, al despertarse, se mira en el espejo y descubre, con asombro e ilusión, que Usted, en efecto, es Gardel. Pero sucede que ese día es el 24 de Junio de 1935, y Usted se encuentra en Medellín, y ya se dispone a subir al F-31 que hará de su vida fuego y leyenda. Con una mano en el corazón, ¿qué hace entonces? ¿Sube al avión? ¿O rompe el espejo y sigue durmiendo?
   
Usted, de pronto, dobla una esquina, una esquina cualquiera, pero preferentemente la de Corrientes y Esmeralda, y se le aparece Gardel. Hay dos mil febriles anónimos que en ese mismo momento pasan por allí, pero Gardel sólo se le aparece a Usted: pinta imbatible, sonrisa imbatible, y voz imbatible porque a nadie en el mundo más que a Usted le está cantando “El día que me quieras”. ¿Qué hace Usted entonces? ¿Se le arrodilla como buen católico? ¿O sigue de largo, como buen ateo que está harto de espejismos e ilusiones? 
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Los que aprueben este examen, habrán ganado un lugar de privilegio en esas misteriosas funciones del Teatro de la Imaginación, donde Gardel regresará para homenajear a sus amigos, entre los cuales estará Usted.

Los que no lo aprueben, ocuparán también el mismo lugar de privilegio, pero estarán sordos, y sus aplausos sonarán tan tristes que serán desalojados de la sala, y no verán el final de la función donde Gardel se tutea con Dios. No lo verán ni esa vez ni nevermore (nunca más).

Ahora cuídense porque la sin alma anda suelta.
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