Pero,
¿qué es el Tiempo? Según el diccionario,
Tiempo (del latín “tempus”) es:
Duración de las cosas sujetas a mudanza. / Época
durante la cual vive alguna persona o sucede alguna cosa.
/ Estación, parte del año. / Edad de una
persona o período de la vida humana.
Pero vayamos más lejos.
Para Platón “el Tiempo es eternidad en movimiento”.
Para Quevedo es “ese enemigo que mata huyendo”.
Para Marco Aurelio “es un río que arrastra
rápidamente todo lo que nace”
Para Blake “es una dádiva de la eternidad”.
A su vez, Sófocles nos advierte que “el Tiempo
todo lo borra”.
San Agustín, por su parte, admite saber qué
es el Tiempo, pero confiesa ignorarlo cuando se lo preguntan.
Séneca, mordaz, sentencia que “el Tiempo
es peor al día siguiente”.
También sentencia un proverbio chino cuando sombríamente
aconseja: “Disfruta hoy, es más tarde de
lo que crees”.
Goethe no pierde el tiempo, y ruega: “Detente, ¡eres
tan hermoso!”
Robert Frost vaticina que “con el Tiempo nada dorado
puede resistir”.
Bacon, sin embargo, le otorga porvenir al Tiempo al decir
que “es el primer innovador del mundo”.
Y para refrenar este inventario de aproximaciones, transcribo
un ingenioso anónimo leído en un muro: “El
Tiempo está lleno de veces”. ¡Já!
Pero no hay nadie como el porteño para saber qué
es el Tiempo, esa materia invisible que filósofos
y gramáticos se encargaron, para facilitarnos el
tiempo de comprensión, en dividirla en tres partes
y definirlas como: Pasado, Presente y Futuro. Y en ese
sentido, el tratamiento que el porteño sabe darle
a esos tres estadios, es muy particular, muy propio de
un auténtico porteño.
Veamos cómo es eso. Y empecemos por el Pasado.
El Pasado no es para el porteño sólo el
recuerdo de la madre, como han querido convencernos multitudes
de letras de tango (y no de las mejores); ni es sólo
el recuerdo del barrio donde nacimos y que ya no es el
mismo, transfigurado o desfigurado por los años;
ni es tampoco sólo la visión neblinosa de
la primera novia o de esa otra mujer, veterana ella, que
nos enseño los relinchos del amor en los campos
de la sábana. No. El Pasado, para el porteño,
además de todo eso es, esencialmente, la infancia.
Ese Tiempo en que hasta el llanto era una alegría.
Ese Tiempo en que éramos tan inmortales y audaces
que si el viejo nos preguntaba “¿No te parece
que a los seis años ya sos demasiado grande para
seguir durmiendo con tu madre?”, podríamos
contestarle: “Mas grande sos vos, papá”.
Si, ese tiempo de maravilla en que el patio, de pronto,
nos quedó chico, y por eso descubrimos la calle,
y no sólo la descubrimos sino que también
la ganamos, y entonces supimos que, con el Tiempo, gracias
a la calle que era el mundo, íbamos a ser buenos
porteños.
Eso en cuanto al Pasado. Vayamos ahora al Presente.
El Presente, para el porteño, es mucho mas que
el Presente. Es hacer que el Tiempo se sienta morir por
unas horas durante la noche. Porque es precisamente durante
la noche, en esas horas de los bares y la amistad memorable,
entre vino y tabaco y sueños rotos que se recomponen
y risas estruendosas y lágrimas auténticas
y confesiones ardientes como hondos infiernos, en esas
horas que se inician cuando se apaga la tarde y perduran
hasta los primeros fósforos del amanecer, en esas
horas justamente, las horas donde los dráculas
bondadosos de la nocturnidad despiertan para vivir ya
liberados de la lápida de la sobrevivencia cotidiana,
en esas horas entonces, es cuando el Tiempo, el Tiempo
y los Relojes, dejan de morder, dejan de joder, dejan
de oxidar, dejan de existir, y todo se transforma en eterno
Presente, en luminoso Presente aún en las noches
sin lunas ni estrellas. Y si en esas circunstancias se
le diera a la Muerte por irrumpir allí, pobrecita
ella, porque se le derretiría la guadaña,
y no faltaría el porteño de ese grupo de
amigos que, sobrador y de costado, le dijera: ¿Qué
clase de muerte sos vos, vieja boluda, que no sabés
que de noche somos inmortales?
Ya hablamos del Pasado y del Presente. Ahora es el tiempo
del Futuro.
El Futuro, para el porteño, es que Buenos Aires,
aunque cambie para mejor, siga siendo el lugar donde se
honre a la nostálgica garúa, a las esquinas
solitarias que proveen las sorpresas de la felicidad o
el espanto, a los hoteles melancólicos donde los
gemidos se oyen como lágrimas, a los bares penumbrosos
en los que siempre es posible convocar a algún
amado fantasma para ahuyentar juntos a la malparida soledad
y que, en fin, siga siendo Buenos Aires el lugar exacto,
único en el cosmos, donde alcanzar a la mujer inalcanzable,
la que lleva escrita en la mirada la palabra Salvame,
aunque después, invariablemente, fatalmente, desastrosamente,
tengamos que separarnos de ella, porque como dijo cierta
vez uno de esos sabios de la noche: “Podés
compartir la cama con la mejor mina del mundo, pibe, pero
si los dos sueñan distinto todo se va al carajo”.
Aunque tal vez esa reflexión no sea mas que una
oportuna excusa para seguir esperando del Futuro una nueva
mujer inalcanzable.
Creo que ya se acabó el tiempo de hablar del Tiempo.
Sólo me falta decir algo de mucha agudeza que repite
un amigo en circunstancias parecidas a éstas: Al
Tiempo es mejor dejarlo para más adelante.
Ahora sí: cuídense porque la que anda suelta
viene del Pasado, juega a la resta con el Presente, y
hace de nuestro Futuro un tango triste, sin música,
sin letra ni canto. Sólo sombra y silencio. |