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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
m
Motivos para escribir una letra de tango (o mil).
.
(A un vecinito de mi barrio, Constitución,
catorce años él, rockero y con poca noche
aún, que sin dejar de mirar pibas de doce,
me dijo: Lo lamento, tío Eugenio, pero el
tango, para mí, se quedó sin temas.)
.
En la viejas fotografías familiares
En las cartas que nunca han de llegar
En la lluvia, en cualquier lluvia, en todas las lluvias
En los baldíos donde siempre hay un perro que se muere de luna
En los ceniceros repletos de distancias y esperas
En los vidrios empañados (que en realidad están llorosos)
En la llama de un fósforo que se apaga, se apaga
En los árboles flacos y en las intemperies más flacas aún
En los pañuelos donde secretamente guardamos una lágrima
En los charcos y sus brillos de botellas rotas
En los bares, pero sólo en aquellos donde siempre habrá un solitario
esperando hasta el fin del mundo el regreso de la mujer imaginada,
así ella traiga de la mano la Desilusión, que es la Muerte
¿No hay un tango acechando en todo eso?
En los patios atardecidos (los que quedan, claro, los últimos, esos,
que brillan con nostalgia propia)
En la penumbra de los cines
En los andenes desiertos donde siempre es otoño
En los cabellos que saquea el peine
En un silbido cualquiera, siempre que se oiga de noche, en una calle
arbolada, y los pasos de su autor resuenen como un misterio que gotea
En la humedad, esa lenta baba gris de un ángel tonto
En las esquinas que están solas y esperan, imperturbables esperan
porque saben que finalmente alguien vendrá, así sea el viento
que antecede a los mítines
En algunas cosas inolvidables como los tranvías, el barrilete, los arrabales,
la madre, las Madres de la Plaza, los colores del vino, la garúa, el Sur,
las calesitas que siguen dando vueltas en la memoria
En la amistad que se reúne en el paraíso de las mesas y llena los vasos
de bondadosos ángeles de fuego
En ese meteoro de meteoros caído en Medellín
En los hoteles por hora donde los sobrevivientes engañan a la vejez
haciendo rugir las sábanas y olvidando la paz de los dormitorios
donde otras sábanas bostezan
En los gatos anarquistas que desdeñan el regazo de ancianas señoritas
para espiar la gorda rata blanca del zócalo del cielo
En la infancia, única edad que sabe desvestir una fruta con los dientes
En los balcones, telescopios para descubrir si el horizonte existe todavía
a pesar de tantos saqueos y olvidos
En los parques cuando de pronto llueve y huyen humillados los pobres
amantes
¿No hay un tango acechando en todo eso?
En el cielo, cuando es agujereado por algún pájaro
En la lluvia, otra vez la lluvia, que huele en la noche a mujer no nacida
de madre sino de sueños
En las praderas del cuello de Troilo, por donde cabalgan, relinchantes,
los más encabritados bandoneones
En los goces del pan durante las oceánicas salsas de los domingos, y más tarde,
en la tristeza de esos mismos domingos
En los otoños, únicos otoños los de esta ciudad en que llueve de los árboles
plumas de gorrión
En los espejos adonde vamos a monologar con ese otro que tanto se nos
parece
En la nostalgia, hechicera que revive el pasado para ahuyentar el tiempo,
el polvo, la soledad y la muerte
En el bambolear de los pechos de ella que me recuerdan el balanceo
de trepidantes tranvías
En el sonido inquietante de la puerta que al cerrarse de golpe nos hace
pensar si es el viento o es el último amor que se perdió para siempre
En el tiempo, a cuyo paso hasta la tristeza se entristece
En el gorrión, único tizne que no mancha la ciudad
En el desgaste de las ropas, de las paredes, de las promesas y de la tarde
cuando pierde luz y se extingue
En la angustia que viaja con nosotros al mudarnos de casa, porque el barrio,
los días y aún el aire ya no serán los mismos
En esas ráfagas de alcohol donde por un instante el cielo vuelve a ser azul
en la noche más ciega
En la lágrima con que nos miran los perros vagabundos
¿No hay un tango acechando en todo eso?
Y si así fuera:
¿la vida y la muerte no son un mismo tango?
.
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