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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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Mi reino por la amistad.
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En la peor de las derrotas, Shakespeare le hace decir a Ricardo III: ¡Mi reino por un caballo!

En la peor de las soledades, la Ciudad le hace decir al porteño: ¡Mi reino por la amistad!

Y no importa qué clase de reino posean uno y otro; ni siquiera importa si ese reino es verdadero o de ficción. Lo que esencialmente une a Ricardo III y al porteño, en esas circunstancias límites, es que ambos piden lo mismo. Piden la salvación. Y para el caso del porteño, la salvación es la amistad. Porque un porteño sin amistad es como un perro sin luna, como charco sin luna, como noche sin luna, como lado oscuro de la luna que cubrió toda la luna. Y si digo tanta luna, es porque el porteño es hombre de luna. No de sol. Bajo el sol somos todos iguales. Todos corremos hacia la nada detrás de los panes y los peces de siempre. Todos afilamos los colmillos para morder al otro antes de ser devorados por ese otro. Todos, en fin, somos hijos de la sobrevivencia que no da respiro bajo el sol. Por eso el porteño es hombre de luna, así el dueño del circo del cielo decrete eclipse. Por eso, también, la unión de la sobrevivencia y el sol es mortal para la amistad del porteño. ¿Alguien sabe de una auténtica amistad practicada al mediodía? ¡Por favor! A mediodía la amistad es un fracaso, un orsay, un amague inútil después del partido. O dicho de otro modo: la amistad a mediodía es apenas un saludo de vereda a vereda. Es decir: un instante sin alma. Y esto es así porque en una ciudad hermosa pero terrible como ésta, la sobrevivencia no da tregua, y encima el sol, que es su cómplice, nos quema los talones.

¿Qué hace entonces el porteño? Muy simple: ni bien siente la voz de la noche que le ordena Levántate y anda, allá va él, a hacer la amistad con las calles solitarias, porque las calles son las arrugas del mundo, y en esas arrugas está una parte de la sabiduría; o allá va él, a hacer amistad con un cuerpo de mujer, hasta que de ese cuerpo y del suyo no queden mas gemidos; o allá va él, hacia el café mas próximo, a sumergirse en el culto de la charla, ese reino de la amistad donde por unas horas nadie compra y nadie vende, y todo es lucidez, y todo es confesión, y hasta es posible descubrir la verdad profunda de las cosas, aún cuando, como dicen los chinos, el conocimiento de la verdad pueda llegar a matarnos.

Pero veamos, con algunos ejemplos, el comportamiento del porteño frente al azar y la pasión que llamamos amistad.

PRIMER EJEMPLO: (Dos nocturnos en mesa de café. Es medianoche. Dialogan:)
Porteño Uno: –¿Y Juan? ¿Qué se hizo de él?
Porteño Dos: –Lo maté.
Porteño Uno: –No entiendo...
Porteño Dos: –Quiero decir que lo borré de mi amistad.
Porteño Uno: –¿Cómo fue?
Porteño Dos: –Pasa que el tipo se casó. Y la otra noche, más o menos a esta hora, empezó a mirar el reloj. ¡En cinco minutos lo miró tres veces! Un gil. Resultó ser un gil. Tuvo miedo de volver tarde a la casita.
Porteño Uno: –Hiciste bien. Un porteño no puede mirar la hora a esa hora en que la hora no existe. Eso es una traición a la secta de la nocturnidad.
Porteño Dos: –Tal cual.

SEGUNDO EJEMPLO: (Cuatro porteños junto a vidriera de bar. Uno, de veinticinco, dos de cuarenta, el otro de setenta. Siempre a medianoche. Sobre la mesa el rito: vino, whisky, café, cenicero al tope. De pronto, por la calle, pasa gran elefanta y deja caer ojazos sobre la mesa. Elefanta, porque en el ABC de las minas, también están la gacela y la caballa. Pero ésta es elefanta, una montaña para alpinistas. Entonces el porteño más viejo pregunta: “¿Quién va?”. Uno de los de cuarenta, dice: “Voy yo”. Y va.)
El de 25: –¿Para que fue, si estábamos lo mas bien conversando de todo?
El de 70: –Fue porque un porteño debe ser buen cazador de animales grandes. Animales chicos caza cualquiera.
El de 25: –También pude haber ido yo...
El de 70: –No. Vos sos muy tierno todavía. Mejor alguien que la haya vivido y que tenga buena parla. En estos casos la parla es fundamental. Porque cuando vuelva, hoy o mañana, tendrá que contarnos todo, absolutamente todo, hasta el último detalle. Esa es la regla de la auténtica amistad: que la fiesta sea un poco de todos, y no de uno solo. ¿Me explico?
(El de veinticinco entrecierra los ojos y bebe un trago lento. Acaba de entender que con el tiempo será un buen porteño, porque está entre sabios.)

ÚLTIMO EJEMPLO: (Medianoche. Dos por la calle. Uno, Raúl, es porteño; el otro, Esteban, no.)
Raúl: –La dejé...
Esteban: –¿A Mariana? ¿A la mina más linda del mundo? Vos estás loco...
Raúl: –La dejé porque era virgen. ¡Virgen, en estos tiempos, virgen! Y una virgen, vos sabés, es una virtuosa. Y una virtuosa sabe cocinar, sabe calentar las sábanas en invierno, y perfumarlas en verano, y lo que más sabe es cómo ubicarse para que venga el primer hijo, y después el otro, y el otro, y el otro.
Esteban: –¿Y que más querías?
Raúl: –¡Pero no te das cuenta, boludo, que eso me iba a robar la noche?
(Hay un silencio muy triste, pero muy significativo también. Se abrazan.)

Y ahora cuídense, porque ésa que yo digo que anda suelta, no duerme.
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