En
la peor de las derrotas, Shakespeare le hace decir a Ricardo
III: ¡Mi reino por un caballo!
En la peor de las soledades, la Ciudad le hace decir al
porteño: ¡Mi reino por la amistad!
Y no importa qué clase de reino posean uno y otro;
ni siquiera importa si ese reino es verdadero o de ficción.
Lo que esencialmente une a Ricardo III y al porteño,
en esas circunstancias límites, es que ambos piden
lo mismo. Piden la salvación. Y para el caso del
porteño, la salvación es la amistad. Porque
un porteño sin amistad es como un perro sin luna,
como charco sin luna, como noche sin luna, como lado oscuro
de la luna que cubrió toda la luna. Y si digo tanta
luna, es porque el porteño es hombre de luna. No
de sol. Bajo el sol somos todos iguales. Todos corremos
hacia la nada detrás de los panes y los peces de
siempre. Todos afilamos los colmillos para morder al otro
antes de ser devorados por ese otro. Todos, en fin, somos
hijos de la sobrevivencia que no da respiro bajo el sol.
Por eso el porteño es hombre de luna, así
el dueño del circo del cielo decrete eclipse. Por
eso, también, la unión de la sobrevivencia
y el sol es mortal para la amistad del porteño.
¿Alguien sabe de una auténtica amistad practicada
al mediodía? ¡Por favor! A mediodía
la amistad es un fracaso, un orsay, un amague inútil
después del partido. O dicho de otro modo: la amistad
a mediodía es apenas un saludo de vereda a vereda.
Es decir: un instante sin alma. Y esto es así porque
en una ciudad hermosa pero terrible como ésta,
la sobrevivencia no da tregua, y encima el sol, que es
su cómplice, nos quema los talones.
¿Qué hace entonces el porteño? Muy
simple: ni bien siente la voz de la noche que le ordena
Levántate y anda, allá va él, a hacer
la amistad con las calles solitarias, porque las calles
son las arrugas del mundo, y en esas arrugas está
una parte de la sabiduría; o allá va él,
a hacer amistad con un cuerpo de mujer, hasta que de ese
cuerpo y del suyo no queden mas gemidos; o allá
va él, hacia el café mas próximo,
a sumergirse en el culto de la charla, ese reino de la
amistad donde por unas horas nadie compra y nadie vende,
y todo es lucidez, y todo es confesión, y hasta
es posible descubrir la verdad profunda de las cosas,
aún cuando, como dicen los chinos, el conocimiento
de la verdad pueda llegar a matarnos.
Pero veamos, con algunos ejemplos, el comportamiento del
porteño frente al azar y la pasión que llamamos
amistad.
PRIMER EJEMPLO: (Dos nocturnos en mesa de café.
Es medianoche. Dialogan:)
Porteño Uno: –¿Y Juan? ¿Qué
se hizo de él?
Porteño Dos: –Lo maté.
Porteño Uno: –No entiendo...
Porteño Dos: –Quiero decir que lo borré
de mi amistad.
Porteño Uno: –¿Cómo fue?
Porteño Dos: –Pasa que el tipo se casó.
Y la otra noche, más o menos a esta hora, empezó
a mirar el reloj. ¡En cinco minutos lo miró
tres veces! Un gil. Resultó ser un gil. Tuvo miedo
de volver tarde a la casita.
Porteño Uno: –Hiciste bien. Un porteño
no puede mirar la hora a esa hora en que la hora no existe.
Eso es una traición a la secta de la nocturnidad.
Porteño Dos: –Tal cual.
SEGUNDO EJEMPLO: (Cuatro porteños junto a vidriera
de bar. Uno, de veinticinco, dos de cuarenta, el otro
de setenta. Siempre a medianoche. Sobre la mesa el rito:
vino, whisky, café, cenicero al tope. De pronto,
por la calle, pasa gran elefanta y deja caer ojazos sobre
la mesa. Elefanta, porque en el ABC de las minas, también
están la gacela y la caballa. Pero ésta
es elefanta, una montaña para alpinistas. Entonces
el porteño más viejo pregunta: “¿Quién
va?”. Uno de los de cuarenta, dice: “Voy yo”.
Y va.)
El de 25: –¿Para que fue, si estábamos
lo mas bien conversando de todo?
El de 70: –Fue porque un porteño debe ser
buen cazador de animales grandes. Animales chicos caza
cualquiera.
El de 25: –También pude haber ido yo...
El de 70: –No. Vos sos muy tierno todavía.
Mejor alguien que la haya vivido y que tenga buena parla.
En estos casos la parla es fundamental. Porque cuando
vuelva, hoy o mañana, tendrá que contarnos
todo, absolutamente todo, hasta el último detalle.
Esa es la regla de la auténtica amistad: que la
fiesta sea un poco de todos, y no de uno solo. ¿Me
explico?
(El de veinticinco entrecierra los ojos y bebe un trago
lento. Acaba de entender que con el tiempo será
un buen porteño, porque está entre sabios.)
ÚLTIMO EJEMPLO: (Medianoche. Dos por la calle.
Uno, Raúl, es porteño; el otro, Esteban,
no.)
Raúl: –La dejé...
Esteban: –¿A Mariana? ¿A la mina más
linda del mundo? Vos estás loco...
Raúl: –La dejé porque era virgen.
¡Virgen, en estos tiempos, virgen! Y una virgen,
vos sabés, es una virtuosa. Y una virtuosa sabe
cocinar, sabe calentar las sábanas en invierno,
y perfumarlas en verano, y lo que más sabe es cómo
ubicarse para que venga el primer hijo, y después
el otro, y el otro, y el otro.
Esteban: –¿Y que más querías?
Raúl: –¡Pero no te das cuenta, boludo,
que eso me iba a robar la noche?
(Hay un silencio muy triste, pero muy significativo también.
Se abrazan.)
Y ahora cuídense, porque ésa que yo digo
que anda suelta, no duerme. |