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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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Salmo de Buenos Aires.
(A San Juan de Patmos, autor del
más poético de los Evangelios)
.
El recienvenido apareció de pronto. Llegó desde el Bajo, por Corrientes, y al cruzar la avenida 9 de Julio, los automovilistas frenaron a un tiempo, como si hubieran muerto. El recienvenido no traía alforjas, ni pan, ni dinero para el camino. El recienvenido apenas calzaba sandalias y una túnica maltratada por el tiempo, que para algunos era de una blancura enceguecedora, y para mi, tenia el color de la tierra, esa otra tierra con la que sueñan mis amigos. El recienvenido era alto y delgado, tan delgado que parecía no caberle una flacura más. Tenia manos largas, quizás hermosas, tal vez mágicas, acaso hambrientas. La barba era escasa, tenue; en cambio los cabellos le habrían llegado a los hombros, si no danzaran al conjuro del viento de la Gran Avenida. Sus ojos eran profundos, o afiebrados, o anhelantes, o definitivos. Una mujer lo vio y se arrodilló de pronto. Unos niños, sencillamente, fueron hacia él, como si supieran. Un hombre de portafolios raído y pantalones cilíndricos, empezó a cantar. Otro, intuyó que estaba frente a alguien de dos mil años, y la leyenda lo paralizo de miedo. Otro comenzó a parpadear como si le hubiera entrado un dolor o un asombro o un milagro en la mirada. Otro cerró un puño (el izquierdo) y lo elevó al cielo como una bandera o un ladrillo. Otro, de dura mandíbula y cintura bien alimentada, comenzó a retroceder. Un pájaro que estaba en plena emigración, regresó. El recienvenido llegó al Obelisco, soltó sobre la Ciudad una mirada que pareció abrigarla o traspasarla, y dijo:
.
Bienaventurados los bebedores de vino, porque cantan, y los ascensoristas, porque no es cierto que ellos suban.
Bienaventurados los que lustran zapatos como si fueran los pies de Dios, y los que roban un diario para taparse la noche.
Bienaventurados los mudos y los desdentados que sueñan ser Gardel.
Bienaventurados los pobres de letras que se traspapelan en tus librerías y lloran como niños en un laberinto, oh ciudad.
Bienaventurados los empleados de oficina que por obra de una silla no llegan a las ventanas, y un día las olvidan, y más tarde las lloran.
Bienaventurados los bandoneonistas que extraviaron sus piernas bajo el último tren, y la criatura de la noche ya no llora en sus regazos.
Bienaventurados los que al apagar el televisor sienten frío, como si hubieran apagado la antigua fogata que en la intemperie abrigaba los ojos e iluminaba el mundo.
Bienaventurados los que no matan ni un tizne para no sangrar tus paredes, oh ciudad.
Bienaventurados los hastiados esposos que se traicionan, porque aún creen en el amor.
Bienaventurados los vecinos cuando gritan, porque aún están vivos.
Bienaventurados los que muerden un tango como si silbaran un pan.
Bienaventurados los solitarios a esa hora de la sábana helada, en que no hay para ellos un susurro turbador en la sombra, ni el recuerdo de un perfume que sería el fin de las penas, ni siquiera el tañido lejano de un taco de mujer en tus esquinas, oh ciudad.
Bienaventurados los oscuros poetas que se arrojan desde las altas terrazas para que alguien o algo, así sea el asfalto, venga por fin a homenajearlos.
Bienaventurados los que todavía creen en los Reyes Magos, aunque les roben los zapatos y los pies y aún las huellas, y les dejen de regalo un silencioso vacío.
Bienaventurados los que llevan cara de desolados perros, como los taciturnos, los insomnes, los humillados, los súbitos locos, los pálidos jóvenes de suaves ademanes, y los viejos que llevan su pasado a llorar en las plazas, porque todos ellos buscan un hueso de luz entre las sombras, como desolados perros que son.
Bienaventurados los que siguen ansiosos el vuelo de los pájaros, porque no hay en las calles otra forma de ver tu cielo prometido, oh ciudad.
Bienaventurados los que se comen las uñas para no arrancarles pedazos de carne al prójimo.
Bienaventurados los meteoros que caen a tierra, y sufren, y se rompen, y ya no se levantan, como los albañiles cuando caen a tierra, y sufren, y se rompen, y ya no se levantan.
Bienaventurados los que temen despertarse porque la vida, otra vez cautiva de la época, viene dando dentelladas de jauría por las calles, y quien se despierta comienza a ser roído y a morir, oh ciudad.
Bienaventurados los que no tienen nada, ni la agonía de un asombro, ni el fantasma de un sueño, ni una gota de vino para brindar en la mesa vacía, ni un fósforo para calentarse las manos, ni una mujer de piernas heladas para tiritar abrazados, ni siquiera una fotografía del cielo para presentir a los ángeles.
Bienaventurado Borges que confesó no haber sido feliz, Discépolo que escribió sobre esas cosas que nunca se alcanzan, Tuñón que en algún sentido siempre fue un hambriento, De Lellis que tuvo un viejo amor por todo lo que amarga, y Roberto Arlt que se trepó a un árbol para ver hacia dónde escapaba la felicidad.
Bienaventurados todos porque de ellos serán tu reino o tus escombros, oh ciudad de duro corazón,
por ahora.
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