Los
poetas porteños son irreverentes, como los que
roncan en los conciertos, estornudan en el minuto de silencio,
se mueren de risa en los velorios, lloran en las fiestas,
fuman en las iglesias, o bostezan en los discursos presidenciales.
Los poetas porteños tienen trastornado el corazón:
aman a esas mujeres que trepadas a encabritados zapatones
salen en las noches a desabrochar las penas de los hombres;
aman a los melancólicos de todo, a los alegres
de nunca, a los humillados de siempre; aman al pobre gato
que no posee ni un miserable plato de gorrión,
al suicida ahogado en océanos de uva barata, al
mortecino oficinista que está por incendiar el
escritorio, y al viejo ladrón en cuyo esqueleto
no cabe un nuevo puñetazo de la ley. Y además
me aman a mi, que nunca escribiré un poema a favor
del oro, ni una línea elogiando a las estatuas
mansas como pantuflas, ni una palabra que no tenga, al
menos, el color de la lava líquida.
De la lengua de los poetas porteños salen voces
como rosas de carbón, explosiones originales y
tremendas como bombas dentro de una panera. Por ejemplo:
a la Muerte le dicen “vieja reventada”; a
Dios, “tío que nos desheredó”;
al Demonio, “hermano de sangre”; a la Vida
(si viene torcida), “grandísima turra”.
A la calle, le dicen “mar de los tiburones”,
y a los pechos de mujer, “almohadas para bienmorir”.
A la noche, le dicen “madraza”; a Gardel,
“Gilgamesh”; al agua, “óxido
mortal”; al vino, “río bendito”;
y a la nostalgia no le dicen nada, pero a veces le abren
la puerta de la sábana para que ella entre y los
colme.
Los poetas porteños son amantes diabólicos:
se especializan en las viudas, a las que enamoran con
tal ardor que en una noche, acaso en unas horas, ellas
incendian su luto y bailan desnudas sobre las cenizas
del difunto. Pero en general codician a toda mujer del
prójimo, y también a aquéllas que
todavía no fueron concebidas.
Los poetas porteños son malditos como los que abren
las ventanas en invierno, o silban en los pasillos de
los hospitales, o suben al escenario y roban la peluca
del famoso cantante, o regalan bandoneones a los mancos
y espejos cóncavos a los enanos. Tan malditos son
que cuando atrapan a un fantasma, lo sueltan en los dormitorios
de los matrimonios felices.
Los poetas porteños son incultos como aquel poeta
lunfardo que escribió “campaneando un cacho’e
sol en la vedera”, en vez del académico y
refinado “visualizando un trozo de Febo en la vía
pública”.
Los poetas porteños son espiantados porque se afeitan
con un añico de botella de ginebra gastada entre
mujeres de estridentes gemidos que un día los traicionarán.
Y además porque en las noches abren las jaulas
de las cárceles, hospicios y zoológicos,
para que los inefables compañeros retocen enardecidos
bajo los astros.
Los poetas porteños son el revés de las
cosas. Son esas lunas que aúllan a la blanca redondez
de los perros.
Los poetas porteños son populares como esas grutas
llamadas baches, como goteras en resonantes palanganas,
como yerba de anteayer, panes de anteayer o la última
moneda de anteayer; son populares como las casas de lata
que devora la inundación, las casas de madera que
devora el incendio, y todas las casas que devora el desalojo;
son populares como las dudas, los adioses, la Muerte,
Dios, las plazas, los niños en las plazas, la indiferencia
y la estupidez; son populares como los solitarios, como
la sabiduría popular, como el zumbar de los mosquitos
en la cama del verano, como los anticonceptivos, como
el terror a la guerra nuclear, como las miradas furtivas,
como derrumbarse en la silla con los huesos deshojados,
y como la frase “cuándo será el día”.
Los poetas populares son simples como el pan en el diente,
el agua en las manos, el caldo humaredoso hasta el techo,
los diversos colores del vino, la baraja doblada. Simples
como decir buenas noches y darse vuelta y soñar.
Simples como un cuchillo desnudando una manzana. Simples
como abrir una ventana y sentirse atrapado por el sol.
Los poetas porteños son tan cotidianos que se resfrían,
pagan los impuestos como pacíficos zombies (pero
con espuma en la boca), se lavan debajo del ombligo después
de interpretar las escenas del amor, y arrojan veneno
sobre las atroces manchas marrones que corretean por los
zócalos. Tan cotidianos son como la melancolía
(esa plaga), como el hambre en los platos agujereados,
como la humedad en los huesos y el reuma en las paredes,
o como el esgunfio de los lunes y los martes y los miércoles
y.
Y como todos los poetas, si son verdaderos, llevan la
Muerte consigo para siempre. Por eso le mienten con un
golpe de truco, la duermen con un golpe de tinto, la desnudan
con un golpe de viento, la violan con un golpe de furca,
y la destronan con un golpe de estado que la lleve al
paredón.
Alabados entonces sean ellos, con sus terribles dedos
de papel de lija cuando acarician al pájaro esquivo
de la palabra.
Alabados sean ellos, mis entrañados amigos, los
poetas porteños, que no usan corbata para no colgarse
de una acacia y arrugar con su balanceo la bella intemperie. |