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NPorteñísimas
por Eugenio Mandrini »n
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El tango es un aforismo absurdo.
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Puedo imaginar al hombre sin el tango. No puedo imaginar al tango sin el hombre.

SI camino la ciudad y no tropiezo con el tango, miento cuando digo que camino la ciudad.

Lo admito: una desdicha me une más al tango que dos alegrías.

Decir que el tango ha muerto, es admitir que el tango ha muerto, en uno, no en otros.

¿Sólo para ser escuchado? ¿Sólo para ser bailado? El tango es como un rostro. Y no hay rostro de un solo perfil.

Si arrojo alguna piedra contra el tango, es para que huya de quienes lo arrojarían contra las piedras.

¿Quién no escribió, alguna vez, su propio tango? ¿Quién no habló alguna vez, tres minutos con el espejo?

He visto morir un tango, otro y aún muchos. Pero no he visto nunca morir al tango.

Si el tango cae, importa saber qué y cuanto ha caído de nosotros.

Tango descarnado: es cuando al que canta no le vemos los labios, pero padecemos sus dientes.

Tan grande los poderes del sol, y sin embargo es en las sombras donde mejor me acecha el tango.

Una melancolía dominada, es un poco un tango derrotado.

Aseguran que lejos de la tierra el tango produce añoranzas. Pregunto: ¿debajo de la tierra, también?

Epitafio para quienes escriben epitafios sobre el tango: “Aquí yace: no recordamos quien”.

¿Pero qué clase de sangre tiene usted que Cobián no lo deja frío?

EL tango no es el universo. Pero es un universo el universo del tango.

No, no es puro fervor ni puro dolor el tango. Lo puro no existe.

El trabajo de letrista de tango es como el del equilibrista: angustiado o sosegado. En este último caso, el letrista trabaja con red.

¿La niñez del tango? ¡Qué pregunta! Su futuro.

El crepúsculo, el otoño y la lluvia, ¿son antecesores del tango? ¿O nacieron después y lo homenajean, imitándolo?

El tango no es una cuestión de vida o muerte. En toda cuestión de vida, la muerte está demás.

Mi fidelidad hace que el tango no me lleve adonde quiere ni donde no quiere. Hace que yo lo lleve donde quiero, y nunca donde no quiero.

Las miradas de los perros vagabundos... ¿intuyen al tango... o lo sugieren?

Si el tango está en el corazón y el corazón es un infierno, no lo traicionen pidiendo paraísos para el.

Bueno es que haya tangos para una ciudad actual, y además tangos para una ciudad desaparecida. Malo es que haya para una ciudad actual, sólo tangos de una ciudad desaparecida.

Troilo no tocaba el bandoneón. Tocaba el corazón.

Los dados del tango, los tira la noche.

“Para mí el tango ha muerto”, dijo un cadáver.

Un auténtico cantor es aquel que de su boca sale fuego y hacia allí va la ciudad a entibiarse la sangre.

El tango no mata. Pero su balazo infalible duele toda la vida.

He descubierto algo terrible: el bandoneón es un ojo que persigue mi lágrima.

Las fotografías familiares, la lluvia, los baldíos, los espejos empañados, los árboles flacos, los ceniceros repletos, las cartas que nunca han de llegar, los patios atardecidos, la penumbra de los cines, los cabellos que se lleva el peine... ¿no es como si acechara un tango detrás de todo eso?

El tango, esa diablura de Dios.
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