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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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Fueye
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Parte 1

Buenos Aires tiene otros mundos.

Yo puedo decirlo sin ningún pudor. Pues soy parte de la desnudez de sus calles empedradas.
En cada esquina soy suspiro y cuando toco, sin querer, la cal vieja –de crema pastelera– de las paredes (con mi costado), me resigno al paso del tiempo.
Buenos Aires esconde sus palacios entre la montaña de hombres acurrucados. Es la siesta cuyana y la sombra de parra. Por la mañana: el café con leche se mezcla con el grito azorado del canillita, jubilado ya, que compite con la frenada del Bondi frente a un Tacho con su parsimonia; digna de los que van ganando la batalla.
El mundo se cae pero la ciudad va a la fiesta y, de gala, sigue con su ritmo atolondrado de comparsa, milonga y tango de la calle Corrientes junto a la coreografía del hormiguero pateado de Florida.
En cada portal, una historia. Y no una historia cualquiera, no. Es el amor y su ausencia los que llevan la delantera a la soledad de la pensión humedecida y sin teclas afinadas.
Es así señor... “Ni Pichuco, ni Astor”. Quizás un tarareo del Polaco... pero nada más: el adoquín es reemplazado con los años. Así es: la piedra también se gasta. ¿Y qué somos sin la Madreselva y el jazmín?
–¡Y nuestra Argentina es una mierda!– dicen.
No hacemos más que cruzar el charco para saber que la estupidez no nos deja ver el paraíso en el que vivimos y el oro-gente que tenemos. Que el corazón es grande, pero oxidado de tanta televisión extranjera.


Parte 2

Un día Humberto Iº y Perú me jugaron una carrera hasta Belgrano y perdí... que lindo fue olerte como una novia nueva, mi querida Buenos Aires. Otro yo, otra vos. Con el aire fétido del abandono, con los malos aires de malos administradores que hemos padecido...
Y no estoy enojado, el dolor no produce enojo, y la pobreza, desazón. Solo estoy un poco cansado de esperarte en el zaguán: que ya no existe, pensándote doncella, que ya no sos.


Parte 3

Las vías me conducen siempre al olvido de lo cierto; al despilfarro del saber.
Cuando me siento subterráneo me da ganas de gusanear todos tus cielos. Sin embargo, cuando voy por Palermo, no veo la hora de –con la punta de mi estrella– regalarte una hoja de primavera.
Muchos mundos pasan por la vereda de la radio y muchos otros se funden en los bancos de las plazas y los únicos testigos son las palomas y los farolitos que se fugan, indiferentes, hartos de la trivialidad del desamor.
¿Es Buenos Aires la ciudad de la melancolía y de corazones rotos? Sería correcto responder que sí. Pues es lo único verdaderamente nuestro que nos anda quedando. No hay música progresiva de nuestro país sin zamba, baguala, milonga y bandoneón.
¿Quién puede tentarse a no ser?


Parte 4


Los chicos te sonríen: obelisco fragmentado de delirios.
¡Y que hermosas mujeres!
¡Argentina! La del gorro alto, a galera, de copa, frigio, de ala ancha, de mimbre, boina, coya, de pañuelo con cuatro nuditos, de papel...

Un país disfrazado de provincia despierto por la noche.
Una ciudad que es todo y no es nada.
Es metro y no mide la distancia de donde provenís. Pensar que tus ojos se reflejan en un puerto de fantasías y glorietas. El progreso te ha estancado con residuos la vieja zanja que antes funcionaba, Industria Argentina, pero funcionaba. El teléfono da ocupado filosofando angustias irresponsables. No se puede hacer cola para amar. No se puede, en Buenos Aires, estar muriendo sin previo aviso.
Dale lumbrera linda... dame una alegría. ¿No ves que estoy muriendo con vos cuándo te descubro en un cara sucia?
Yo soy tu cara sucia con mocos de tanto llorar ausencias...
Y me redimo en el barcito de la esquina tomándome un café vacío y fileteado por el Pilín. Meza con su armónica anticipando una zambita desafinada.
Un corazón como un fueye.
Un fueye como cada argentino que suspira la aventura de vivirte y de morirte.
Y en ese rincón está mi alma arrugada y feliz.

¿Quién dijo que la tristeza es triste?
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