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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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Don Gregorio
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Nadie cree lo que está pasando, pero el único feliz de la cuadra es Don Gregorio.

Ahí va, con su carrito destartalado, –ese de hacer las compras– con un alero cósmico, dispuesto a conquistar Buenos Aires. Ha cambiado el oficio de ciruja (o recolector de ilusiones) por el de “fabricante de sueños”. Ahora Don Gregorio, el hombre más viejo del barrio, fabrica sueños con formas de hojalata. La gente, si lo conoce, se pregunta adonde va pero la mayoría desconcertada, murmura: “Es el, que no es, ¡Que va a ser...!, éste es un señor, el otro... hablé con él: es él” (y se escuchan tantas versiones como vecinos hay).

Lo cierto es que, casi de casualidad, revisando el otro día un contenedor de basura, Don Gregorio encontró un papelito que hablaba de trocar talentos por audacias, descubrió un lugar.

Hace como treinta días que el abuelo hace el mismo recorrido: toma derechito por Bolívar y no hay empedrado que lo detenga, ni a él ni a su changuito. Con toda la hojalata que lleva podría enchapar media Capital. Cada noche regresa con el carrito vacío. ¿Vender? ¿Adónde va a vender? Vender, no creo... con esta crisis...

Cada vez que escucha algo del “corralito” aclara: “Carrito, señor..., Carrito”. –Y se va refunfuñando cosas acerca de la juventud y del ‘30 y que se yo. ¡Silba!, canta... esos tanguitos bailadores que le hacen tan bien a San Telmo. Anda bien empilchado, huele lindo. Dicen que abrió un tallercito en la casa de su hija. Ahora resulta que Don Gregorio es aquel tan famoso Gregorio Funes, “EL PLATERO DE BS. AS."

Cada vez que le veo creo que no está todo perdido, que todavía podemos salir; si él pudo...

En el fondo... ¿No seremos los argentinos un poco como Don Gregorio?

El otro día, en su habitual recorrido hacia ese lugar donde vende sus cosas mientras cien ojos desde la panadería paralizaron la faena y lo veían pasar como quién mira una esperanza, iba con su paso lento pero me llamó la atención la ausencia de aquel chango fantástico y sus gladiadores de lata. Claro, dicen en el almacén de al lado del trueque que Don Gregorio ya no necesita créditos para vivir porque encontró a un corazón... que le da fiado.
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