Nadie
cree lo que está pasando, pero el único
feliz de la cuadra es Don Gregorio.
Ahí va, con su carrito destartalado, –ese
de hacer las compras– con un alero cósmico,
dispuesto a conquistar Buenos Aires. Ha cambiado el oficio
de ciruja (o recolector de ilusiones) por el de “fabricante
de sueños”. Ahora Don Gregorio, el hombre
más viejo del barrio, fabrica sueños con
formas de hojalata. La gente, si lo conoce, se pregunta
adonde va pero la mayoría desconcertada, murmura:
“Es el, que no es, ¡Que va a ser...!, éste
es un señor, el otro... hablé con él:
es él” (y se escuchan tantas versiones como
vecinos hay).
Lo cierto es que, casi de casualidad, revisando el otro
día un contenedor de basura, Don Gregorio encontró
un papelito que hablaba de trocar talentos por audacias,
descubrió un lugar.
Hace como treinta días que el abuelo hace el mismo
recorrido: toma derechito por Bolívar y no hay
empedrado que lo detenga, ni a él ni a su changuito.
Con toda la hojalata que lleva podría enchapar
media Capital. Cada noche regresa con el carrito vacío.
¿Vender? ¿Adónde va a vender? Vender,
no creo... con esta crisis...
Cada vez que escucha algo del “corralito”
aclara: “Carrito, señor..., Carrito”.
–Y se va refunfuñando cosas acerca de la
juventud y del ‘30 y que se yo. ¡Silba!, canta...
esos tanguitos bailadores que le hacen tan bien a San
Telmo. Anda bien empilchado, huele lindo. Dicen que abrió
un tallercito en la casa de su hija. Ahora resulta que
Don Gregorio es aquel tan famoso Gregorio Funes, “EL
PLATERO DE BS. AS."
Cada vez que le veo creo que no está todo perdido,
que todavía podemos salir; si él pudo...
En el fondo... ¿No seremos los argentinos un poco
como Don Gregorio?
El otro día, en su habitual recorrido hacia ese
lugar donde vende sus cosas mientras cien ojos desde la
panadería paralizaron la faena y lo veían
pasar como quién mira una esperanza, iba con su
paso lento pero me llamó la atención la
ausencia de aquel chango fantástico y sus gladiadores
de lata. Claro, dicen en el almacén de al lado
del trueque que Don Gregorio ya no necesita créditos
para vivir porque encontró a un corazón...
que le da fiado. |