|
| |
| . |
| Cronotina
de argento. |
| . |
Buenos
Aires es para gente especial.
En Bs. As. No hay forma de saber el tiempo, no hay relojes.
Y si los hay son los de los colectivos que suelen estar
parados o de rodillas.
El tiempo no pasa, a veces retrocede o va para abajo.
Abundan, eso sí, los relojes sin agujas. En la
ciudad porteña no hay agujas grandes y pequeñas
simplemente son de igual tamaño distanciadas por
el tiempo, dispuestas en perspectiva.
No hay maquinas de sol, ni de arena, ni radios. Apenas
la TV muestra en el costado inferior derecho de la pantalla
un horario inútil porque todos los programas son
repetidos. El Big Beng de Retiro marca una sola hora:
la de Londres. No hay forma de calcular el día
porque nos ha abandonado desde el principio de la noche.
Sin embargo la luna es fiel. Nos guiña el costado
oscuro para que nuestras miserias no se marchiten con
él frío sabiendo de antemano nuestros más
ruines deseos de sol y de día. Jamás Bs.
As. fue luz. No lo fue en la fundación mucho menos
hoy. Por eso el tango es negro, no es azul ni anaranjado.
Y aquí no hay gente negra porque alcanza con lo
oscuro que somos. Pero la oscuridad de la gente no es
natural: es una cuestión de tiempo también.
No pasa nada en el día vetusto, todo pasa en la
noche clara.
No nos quedan semanas a pesar de saber que es un pecado
faltar a la iglesia los sábados de mañana.
Los cumpleaños los festejamos cuando podemos y
nos alcanza la plata. Hubo años en los que festejamos
tres veces la navidad. Perdimos la noción de días,
meses, lustros. Sabemos que somos hijos de Dios y que
el tiempo de la cosecha final esta cercano pero no sabemos
cuanto falta. Mas o menos nos damos cuenta que pasaron
nueve meses cuando seguimos de cerca el embarazo de una
mujer hasta el parto pero los cálculos lunares
nunca nos dan. De todos modos ya nos acostumbramos a caminar
sin maquinas en nuestras muñecas. Las jornadas
de trabajo son adivinadas al tun-tun y las vacaciones
duran hasta que nos cansamos.
Nos jubilamos cuando nos sentimos viejos y nos morimos
cuando ya no hay nada que hacer. No hay historia porque,
después de escribirla, nos pareció más
grotesco que una historieta sin fin.
Al no tener parámetros y estar libres de ataduras
y condicionamientos logramos ser el mejor país
del mundo. Porque descubrimos que somos vivos y ante los
extranjeros actuamos como si tuviéramos todo bajo
control y los uruguayos no dejan de sorprenderse de nosotros.
Por eso los turistas llaman a la Argentina como “el
triangulo de la locura” y se la pasan mostrando
sus relojes para convencernos que esa es la hora Argentina.
Nosotros no hacemos caso (que saben ellos de nuestras
cosas) y actuamos como los Coreanos: decimos a todo que
si pero igual les vendemos nuestros famosos relojes sin
agujas.
La fiesta empieza pero no se sabe cuando termina. La cátedra
de endocrinología comienza esta noche y puede durar
hasta que nos crezca la joroba y se nos caigan los ojos.
Pero lejos de pasarla mal es súper divertido vivir
en Argentina porque sin tiempo no hay olvido y sin olvido
no hay tristeza. Bs. As. no duerme, las chicas cada vez
se ponen mas lindas. Casi somos Brasil... pero sin sol.
Casi somos Paris... pero sin tanta niebla. Casi somos
Ángeles, genios, malabaristas de utopías,
exportadores de talentos, el país más rico...
casi. Pero eso no nos importa porque somos como niños
en medio del gran patio infinito de la vida jugando la
más nefasta payana que; tanto incrementa piedras
como acorta dedos.
Por eso y por muchas cosas más Buenos Aires es
para gente especial; gente que no necesita corona, ni
horarios, ni sol.
El corazón argentino late su latido letal, no es
un reloj...
...es una bomba de tiempo. |
| m |
|
| m |
|
|