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NEl otro adoquín
por Marcelo Meza »n
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Cronotina de argento.
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Buenos Aires es para gente especial.

En Bs. As. No hay forma de saber el tiempo, no hay relojes. Y si los hay son los de los colectivos que suelen estar parados o de rodillas.

El tiempo no pasa, a veces retrocede o va para abajo.
Abundan, eso sí, los relojes sin agujas. En la ciudad porteña no hay agujas grandes y pequeñas simplemente son de igual tamaño distanciadas por el tiempo, dispuestas en perspectiva.

No hay maquinas de sol, ni de arena, ni radios. Apenas la TV muestra en el costado inferior derecho de la pantalla un horario inútil porque todos los programas son repetidos. El Big Beng de Retiro marca una sola hora: la de Londres. No hay forma de calcular el día porque nos ha abandonado desde el principio de la noche. Sin embargo la luna es fiel. Nos guiña el costado oscuro para que nuestras miserias no se marchiten con él frío sabiendo de antemano nuestros más ruines deseos de sol y de día. Jamás Bs. As. fue luz. No lo fue en la fundación mucho menos hoy. Por eso el tango es negro, no es azul ni anaranjado. Y aquí no hay gente negra porque alcanza con lo oscuro que somos. Pero la oscuridad de la gente no es natural: es una cuestión de tiempo también. No pasa nada en el día vetusto, todo pasa en la noche clara.

No nos quedan semanas a pesar de saber que es un pecado faltar a la iglesia los sábados de mañana. Los cumpleaños los festejamos cuando podemos y nos alcanza la plata. Hubo años en los que festejamos tres veces la navidad. Perdimos la noción de días, meses, lustros. Sabemos que somos hijos de Dios y que el tiempo de la cosecha final esta cercano pero no sabemos cuanto falta. Mas o menos nos damos cuenta que pasaron nueve meses cuando seguimos de cerca el embarazo de una mujer hasta el parto pero los cálculos lunares nunca nos dan. De todos modos ya nos acostumbramos a caminar sin maquinas en nuestras muñecas. Las jornadas de trabajo son adivinadas al tun-tun y las vacaciones duran hasta que nos cansamos.

Nos jubilamos cuando nos sentimos viejos y nos morimos cuando ya no hay nada que hacer. No hay historia porque, después de escribirla, nos pareció más grotesco que una historieta sin fin.

Al no tener parámetros y estar libres de ataduras y condicionamientos logramos ser el mejor país del mundo. Porque descubrimos que somos vivos y ante los extranjeros actuamos como si tuviéramos todo bajo control y los uruguayos no dejan de sorprenderse de nosotros. Por eso los turistas llaman a la Argentina como “el triangulo de la locura” y se la pasan mostrando sus relojes para convencernos que esa es la hora Argentina. Nosotros no hacemos caso (que saben ellos de nuestras cosas) y actuamos como los Coreanos: decimos a todo que si pero igual les vendemos nuestros famosos relojes sin agujas.

La fiesta empieza pero no se sabe cuando termina. La cátedra de endocrinología comienza esta noche y puede durar hasta que nos crezca la joroba y se nos caigan los ojos. Pero lejos de pasarla mal es súper divertido vivir en Argentina porque sin tiempo no hay olvido y sin olvido no hay tristeza. Bs. As. no duerme, las chicas cada vez se ponen mas lindas. Casi somos Brasil... pero sin sol. Casi somos Paris... pero sin tanta niebla. Casi somos Ángeles, genios, malabaristas de utopías, exportadores de talentos, el país más rico... casi. Pero eso no nos importa porque somos como niños en medio del gran patio infinito de la vida jugando la más nefasta payana que; tanto incrementa piedras como acorta dedos.

Por eso y por muchas cosas más Buenos Aires es para gente especial; gente que no necesita corona, ni horarios, ni sol.

El corazón argentino late su latido letal, no es un reloj...
...es una bomba de tiempo.
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